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Mucho más que una simple derrota militar de una potencia

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Para comentar la caída de Kabul, el 15 de agosto de 2021, me parece pertinente recuperar un texto que publiqué en mi blog MundoPosmuro en 2014; lo declaré “inédito” porque no se llegó a imprimir más en alguno de los diarios en que publicaba.

Bastaron dos décadas de guerra para que los fundamentalistas, ahora los Talibanes, volvieran a entrar triunfantes a Kabul, como fue en 1991, después de vencer a las tropas soviéticas.

Occidente deberá revisar de arriba abajo toda la estrategia pensada para el mundo de la Pax Americana alguna vez concebida al final de la era de confrontación bipolar.

MUNDO POSTORRES

Publicado en (13 mayo, 2014) por ZoneMapa

(INEDITO)

El resto de nuestra vida todos nosotros recordaremos el momento y lugar en que tomamos noticia y vimos por vez primera imágenes de los abominable ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001, el llamado “martes negro”. Al menos yo tendré ese momento tan presente como la mañana del 11 de septiembre de 1971, cuando conocí las primeras noticias sobre el golpe militar en Chile contra el gobierno de Unidad Popular y la muerte de Salvador Allende.

Ambas tragedias, los atentados terroristas contra gente inocente y el golpe militar de Pinochet, patrocinado por AT&T y el gobierno de los Estados Unidos, fueron asesinatos colectivos delante de nuestros ojos. Pero ambos tuvieron lugar en situaciones completamente diferentes. El segundo fue un movimiento perfectamente enmarcado en el enfrentamiento de la guerra fría, el primero un crimen aberrante a la altura del mundo que vivimos a partir del fin del esquema bipolar.

Signo de los tiempos es el vínculo que une ambos acontecimientos: la CIA contribuyó indirectamente a ellos; en el primer caso apoyó en todo lo posible a Pinochet, organizador del golpe militar en Chile; en el segundo, fomentó, impulsó y entrenó (contra la ocupación soviética de Afganistán) a Ossama Bin Laden, el principal sospechoso de organizar los atentados del “martes negro”. La serpiente ex bipolar se muerde la cola unipolar.

En los tiempos que corren, reflexionar lo sucedido con las dos simbólicas torres del World Trade Center de Nueva York (también fue tocado el Pentágono, centro del poder militar, y por poco se escapó la Casa Blanca, centro del poder político) es tomar las primeras notas para el análisis de una historia que empieza y está lejos de concluir, para tratar de captar apenas lo que esta sucediendo.

Sin embargo, bajo el dictado de una orientación dominante, se imponen las conclusiones “políticamente correctas” ya antes de comenzar la reflexión. La sentencia elemental y contundente sale incluso de pensadores brillantes: “El mundo es muy distinto a lo que era antes del 11 de septiembre. Quien no entienda esto no entiende nada”.

Si se pregunta qué es exactamente “muy distinto”, se obvia la respuesta, ante la urgencia del contraataque fundamentalista en marcha, la operación llamada “libertad duradera”, que se llamaba originalmente “justicia infinita”. La Casa Blanca, el Pentágono y los consorcios internacionales golpeados por los avionazos se declararon Santísima Trinidad ejerciendo, como Dios, justicia infinita.

Pocas ventajas se agradecen tanto como el apoyo que los adversarios ofrecen con su generosa estupidez. Los ataques recibidos le han ofrecido a Washington una oportunidad única de repensar esquemas de acción con rumbo al proyecto para el cual sus centros de poder no hallaban bien a bien como emprender.

El “martes negro” equivale en su absurdo a las atrocidades criminales del general Antonio Noriega (otro ex colaborador de la CIA) en Panamá, que le facilitaron a Estados Unidos el pretexto ideal para invadir ese país con el fin de hacer justicia extra territorial. De la misma manera que la invasión militar de Iraq sobre Kuwait, organizada por Sadam Hussein, le permitió a la Casa Blanca organizar la guerra llamada “Tormenta del Desierto”, con todo y la venia de la Organización de Naciones Unidas y su Consejo de Seguridad. Ambas acciones, aprovechando la parálisis y posterior desaparición de su contrapeso, el bloque socialista y la Unión Soviética, contribuyeron a iniciar el camino hacia el mundo unipolar. Pero, ¿a quién le importan ahora semejantes nimiedades?

Aprovechando la comprensible indignación y reclamo de justicia del pueblo estadounidense, la Casa Blanca declara que si el golpe fue en su contra es porque representa lo mejor de la civilización occidental, la democracia, la libertad, la justicia y los derechos humanos, y se apresta a combatir “el terrorismo internacional” encarnado por lo pronto en el fundamentalismo islámico. El mensaje que lo acompaña no podía ser más consecuente: todos las naciones y regiones del mundo deben entenderlo: quien no está con ellos está en su contra. Sálvese quien pueda.

Es tal la presión estadounidense sobre todo el orbe, que supuestamente alcanzó al reino de los cielos. Según memorable discurso de Bush ante el Congreso, ensayado durante horas ante expertos en comunicación, “Dios no es neutral” en esta lucha entre el bien y el mal. Ni siquiera el Señor tiene margen para reflexionar, ¿por qué habría de concedérsenos semejante gracia a los mortales?

Como si no fuera posible estar inequívocamente contra el terrorismo y oponerse, al mismo tiempo, a la manera en que Washington se propone combatirlo; posición que no se distancia pasivamente por igual de las partes enfrentadas y, por tanto, no tiene nada de “neutral”. Pero, admitiendo sin conceder que, efectivamente, no es posible una posición tan razonable, ¿cabría mejor descripción de la situación actual?

Frente al maniqueísmo totalizador que se cierne sobre el planeta, ante el mundo que se configura, incluso la guerra fría —con su cerrazón bipolar, en donde hasta las más insignificantes expresión de la vida cotidiana pasaban por el tamiz de la confrontación de dos grandes paradigmas ideológico-políticos— queda como un reino de pluralismo y libertad de pensamiento.

La “primera guerra del siglo XXI”, así ha sido llamada por los medios internacionales esta expedición punitiva, que el presidente estadounidense definió en palabras de un conflicto difícil, de múltiples acciones y prolongado, pero por igual contra el enemigo y sus supuestos apoyadores. La característica de esta “nueva guerra” es que el enemigo concreto y los objetivos se deberán definir en el camino. De esta manera, el mundo podría avanzar a pasos agigantados hacia el orden unipolar, mediante un concepto estratégico que justifica e instrumenta, sistemática y selectivamente, numerosas guerras “viejas” de eliminación de Estados “rebeldes”, como Washington califica a sus detractores.

Hoy es Afganistán, mañana podría ser Libia, Iraq, Irán, Cuba o quien sea. En estas condiciones no extraña la paradoja que significa la coalición bélica más amplia de la historia (supuestamente más de 130 naciones), en donde casi nadie sabe que hace allí, pero se tiene que estar para escapar a la excomulgación geopolítica más terrible de la historia.

Según encuestas confiables de opinión pública estadounidense sobre la “nueva guerra”, al comenzar ésta el 90% de los consultados opinaba que el Jefe de la Casa Blanca se había desempeñado bien o muy bien durante esta crisis, e incluso 25% pensaba que su reacción no ha sido “suficientemente fuerte”; un 62% opinó que era correcto declarar una guerra; pero el 61% estaba indeciso acerca del destinatario de las represalias; por otro lado, si bien el 92% aceptaba las sospechas sobre Bin Laden, sólo el 10% pensaba que se debería atacarlo y un 75% dijo temer que tal ataque conduciría a un conflicto con países de Levante.

Por otra parte, a pesar de que más del 80% aprobaba francamente la muerte (es decir, el asesinato sumario) de los responsables de los ataques terroristas, sólo 48% estaba a favor de bombardeos indiscriminados, mientras que el 46% estaba en contra. Mas del 85% favorecería esta “nueva guerra”, pero claramente en función de ataques masivos aéreos contra blancos previamente determinados.

Estos datos revelaban que la opinión pública estadounidense, independientemente de su deseo de justicia mediante una pronta reacción militar, dura y ejemplar, no estuvo nunca por una guerra vieja rebautizada, cuyo sólo anuncio inquietaba a sus principales aliados y socios, los cuales para involucrarse demandan lo mínimo indispensable que exige la acción militar: definición clara del enemigo y precisión de los objetivos.

Demagogia y engaños aparte, una guerra así implica objetivos de gran escala, con desembarcos, largas líneas de apoyo logístico, ocupaciones de territorio y, por sobre todo, acción de tropas de tierra. El presidente estadounidense planteó un cuadro de conducción militar que difícilmente podrá cumplir sin empujar al orbe en una dinámica bélica imprevisible.

La merecida solidaridad de casi todo el orbe para Estados Unidos fue en aras de la justicia, no de la venganza. Pero casi desde el principio la Casa Blanca aprovechó este apoyo como cheque en blanco para acciones indiscriminadas, en lugar de oportunidad para consolidar la coalición internacional contra el terrorismo a la que tantas veces convocó. Tal coalición, si ha de ser verdaderamente sólida y valedera, tendría que construirse sobre la base del derecho internacional y la colaboración en plano de igualdad con otras naciones. Pero, a la luz de la sangre derramada en los atentados, el ambiente guerrero y la sed de venganza nacida en el pueblo estadounidense, y con una dirigencia proclive a las medidas de fuerza, eso era demasiado pedir.

En lugar de una urgente alianza global concertada contra la barbarie terrorista, sobre la base de las normas reconocidas del derecho internacional y la convivencia civilizada, todo se centra en una peculiar campaña militar-policíaca de largo alcance, pero de carácter y rasgos imprecisos, en todo caso de consecuencias imprevisibles para la paz y la estabilidad mundiales. Una guerra que implicará no sólo batallas espectaculares televisadas, sino operaciones encubiertas, que incluso cuando tengan éxito “permanecerán en secreto”, probablemente también para los gobiernos de los países en donde se lleven a cabo.

Mediante esa campaña, el gobierno estadounidense ni siquiera da prioridad a atraer a la justicia estadounidense a los criminales que persigue, la lleva a donde lo considere necesario. No se dibujan ni veladamente los límites de esta “nueva guerra”, que lo mismo podría incluir asesinatos selectivos que golpes masivos con armas nucleares. No se hace la menor referencia a la autoridad de las Naciones Unidas; ni siquiera a la resolución 1368 de su Consejo de Seguridad (con la cual los europeos fundamentan su apoyo casi ilimitado a Washington), para no hablar del Tribunal Internacional o de cualquier otra instancia de justicia reconocida por la comunidad mundial.

El mensaje implícito es que si los Estados Unidos son la víctima (en esta ocasión no victimario) de un ataque, no debe haber consideraciones, reservas, ni normas del derecho internacional que limiten o condicionen la fuerza que éste país se disponga a aplicar en respuesta. Así, sugerir por ejemplo, una estructura supranacional de inteligencia ad hoc o una fiscalía internacional persecutoria de los criminales de terrorismo internacional, queda como ocurrencia de ingenuos insufribles.

Los aliados militares de Washington, especialmente los de la Unión Europea y la OTAN, han tenido que jugar en este asunto un papel entre penoso y triste. Debieron contentarse con las pruebas verbales de la culpabilidad de Bin Laden, que no se les permitió presentar a sus propios pueblos.

Ya entrados en gastos, la primera potencia mundial optó por un esquema viejísimo y asombrosamnte pobre. Se decidió por la alianza con las fuerzas afganas de Alianza del Norte, opuestas al gobierno talibán, para aprovisionarlas con armas, logística e información y enviarlas “por delante” hacia Kabul. Precisamente esta faceta de la guerra en marcha revela que no tiene nada de “nueva”. Es precisamente esta variante la que resulta más inquietante para la estabilidad de toda la región y probablemente para la paz mundial. La guerra podría encenderse con su “afganización” inicial, después podrían aplicarse golpes militares quirúrgicos masivos y ejemplares a algunas bases de apoyo enemigas, coronándolos con la eliminación física de Bin Laden y sus lugartenientes; la guerrilla antitalibán podría encargarse de llevar las cosas hasta el final.

Así, Afganistán no tendría así que ser reducido indiscriminadamente a cenizas. Al final se entronizaría un gobierno “títere” agfano, probablemente encabezado por el rey de ese país, cuya expulsión de Afganistán por su pueblo se remonta a largos años, y del cual nadie quiere saber nada en ese país. Para coronar esta empresa, se trata ahora de involucrar, ahora si, a la ONU.

El gran problema es que está programada la repetición puntual de terrible error estadounidense del pasado, cometido durante la guerra fría para contener al comunismo. Al aprovecharse de la aventura de Moscú al invadir Afganistán, Estados Unidos apoyó sin reservas a los “combatientes de la libertad” del fundamentalismo islámico, que una vez cumplida su “tarea” —no pocos de estos tienen ya más de veinte años viviendo de la guerra— se volvieron contra Occidente. Pero al fundamentalismo y el terror no se les combate fomentándolos. Ningún fin justifica de por sí los medios, esa es la gran lección del siglo XX.

El numero de damnificados por los atentados brutales del “martes negro” y sus secuelas amenaza con tomar indirectamente proporciones desmesuradas. Los “efectos colaterales”, como se llama a los civiles muertos en los ataques, podrían alcanzar millones de seres humanos. Debido a la tensión mundial generada por la “nueva guerra”, la Organización de la ONU para la Agricultura y la Alimentación (FAO) decidió posponer de seis meses a un año la Cumbre Mundial sobre Alimentación, prevista al inicio de noviembre de 2000. Este encuentro hubiera sido el más relevante en la materia, después de la Cumbre de 1996, que se propuso la meta de reducir a 400 millones el número de personas hambrientas en el mundo a más tardar en 2015.

¿Cuantas personas mueren diariamente por hambre y sus secuelas a nivel mundial? Según un relator especial de las Naciones Unidas para el derecho a la alimentación, son 100 mil, que sería una cantidad casi 17 veces mayor que el número de víctimas en los ataques del 11 de septiembre. Si se conservadoramente se la reduce esta cifra a la mitad, o cuarta parte, basta sacar cuentas para hablar de todos modos de un cotidiano “genocidio silencioso”, a pesar de que —conforme datos del Programa Alimentario Mundial— hay suficientes recursos materiales para alimentar al doble de la población actual del orbe.

Las víctimas cotidianas por hambre y mal nutrición no han merecido una urgente coalición internacional que violente alineaciones sin reserva, ni obligue a gastos millonarios urgentes; mucho menos una “guerra” contra el hambre, que sí sería de verdad “nueva y prolongada”, pero no requeriría de acciones “secretas”, y tendría enemigo claro y objetivos precisos, al menos confesables.

De todas las condiciones sociales al comenzar el siglo XXI, la más indigna e inhumana es la del hambre y mal nutrición, evidentemente ligada con la pobreza, el subdesarrollo, la explotación y la marginación, es decir, con la manera anárquica, caótica e injusta en que se distribuyen los alimentos o los medios para producirlos. Cabría preguntarse si, a partir del fin del mundo bipolar, los “dividendos de la paz” de la última década del siglo XX han dado todo lo podían contra el hambre mundial. En ese caso, estaríamos ante una situación desesperada para millones de seres humanos, abono de violencia y terrorismo, y la Cumbre Mundial sobre Alimentación no debió haberse suspendido; todo lo contrario, tendría más importancia que nunca. Pero esta es sólo una de las consecuencias de lo sucedido hasta ahora.

Incluso el movimiento ecológico pacifista más importante de Europa, el Partido de los Verdes en Alemania, ha tenido que someterse a esta dinámica del negro y el blanco, del todo o nada y se vio obligado a votar en el parlamento a favor de la entrada en acción de tropas alemanas en Afganistán, so pena de suicidarse políticamente en las próximas elecciones y perder sus escaños parlamentarios.

De esta manera, los pacifistas más consecuentes del pasado se volvieron los mejores apoyadores de la clase política alemana de posguerra en busca del ingreso de su país al Consejo de Seguridad de la ONU, para lavar sus heridas del pasado (dos guerras mundiales provocadas) y entrar con pie firme en el nuevo reparto del mundo en mercados y esferas de influencia que tendrá lugar durante la primera mitad del siglo XXI.

Los talibanes (esos que el Jefe de la Casa Blanca confundió con un grupo de rock) parecen ya derrotados en la primera batalla. Las carnicerías que tienen lugar a partir de su retroceso y salida de Kabul casi no se conocen, porque esta es la guerra más secreta del mundo. Era perfectamente previsible el aplastamiento de los talibanes entre las pinzas de la maquinaria militar más poderosa del mundo y de sus enemigos locales acérrimos. Lo que nadie puede prever es lo que vendrá después, en forma de guerrillas, violencia, sangre, nuevos atentados terroristas, etc., que conduzcan a llevar la operación “libertad duradera” allende las fronteras afganas. El “mundo postorres” acaba apenas de comenzar.

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Un comentario a partir de la evolución de los acontecimientos entre México y los Estados Unidos

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Mexicanos en Estados Unidos: las cifras que muestran su verdadero poder  económico - BBC News Mundo

A la vista de los acontecimientos históricos desde la Conquista de México, la Colonia Nueva España y las condiciones en que tiene lugar la independencia del Imperio Mexicano (posteriormente Estados Unidos Mexicanos), todo siempre al lado de la surgente nación estadounidense, resulta inevitable, prácticamente fatal, la sobredeterminación del vínculo entre México y los Estados Unidos.

Se puede decir que la historia de México hubiera sido bastante diferente de lo que ha sido sin la presencia vecina de EEUU. Ciertamente, pero igual a la inversa, el devenir de las trece colonias originales hubiera sido también muy distinto con una nación vecina diferente.

La historia de EEUU se levanta sobre tres pilares: su independencia, su guerra de conquista contra México y su posterior Guerra Civil. El segundo arrebata la mitad del territorio mexicano; el último, la conflagración interna y su resultado: el mantenimiento de la unidad nacional “de los otros”, es lo que da el puntillazo a la asimetría entre ambas naciones.

Ningún otro país del orbe se las vio desde el principio y hasta la fecha con la mayor potencia económica, política y militar de la historia.

(foto: BBC, internet)

Infectado por el virus

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Ademas de la conocida pandemia de covid-19 se presentan pandemias diversas, como la de expertos en epidemiología (“epidemologemia”), hasta llegar a la “demagogiademia”, pasando por una pequeña pero intensa epidemia de cargos diplomáticos (“diplodemia”), que asume con gusto gente no debidamente calificada. En ese contexto parece surgir la “estradademia”, epidemia de gente experta en la Doctrina Estrada, uno de los baluartes de la política exterior de México.

En tales circunstancias no puedo extraerme a las fiebres propias de la discusión, que sólo pueden paliarse, en parte, liberándose del malestar generado por encontrar tanta mención tóxica y contaminante acerca de la citada doctrina.

Por tanto, me permito insertar a continuación algo comentado por mi sobre este tema hace algunos años. Quien desee verlo, puede dar click en el enlace siguiente (https://mundoposmuro.wordpress.com/2014/05/06/ni-mas-ni-menos/). Si todavía le quedan ganas de completar la idea, volver a lo que agrego en el presente blog. Vale.

Existe una gran confusión entre “la Doctrina Estrada” (DE) y el principio de “no intervención”, al igual que con el principio “autodeterminación de los pueblos”. En verdad, es asombroso como gente pensante e “intelectualmente formidable” sale con afirmaciones que sólo revelan su ignorancia sobre el tema.

La DE es una doctrina que ordena la país no asumir actitudes imperiales de “no reconocimiento” o “reconocimiento” de Gobiernos. México nada tiene que ver con esas prácticas. El hecho de que en calidad de “política de Estado” se haya adoptado y formulado esta Doctrina, para evitar y combatir esas prácticas, es un gran mérito nacional.

En suma, México no “reconoce”, ni “desconoce”, Gobiernos, ni Gobernantes, ni nada de eso. México asume soberanamente su posición ejerciendo sus relaciones exteriores de la manera que mejor convenga a los intereses nacionales, entre otras cosas, retirando o dejando presentes a sus agentes. No se deja arrastrar a esa trampa del dilema “reconocimiento-no reconocimiento” inventada por los países poderosos para extorsionar países más débiles. La DE está hecha para evitarle al país ser llevado al terreno de las potencias imperiales.

Problema con la Doctrina Estrada es que, como decía Oscar Wilde acerca de otro tema, es “un amor que no se atreve a decir su nombre”, es en el fondo una doctrina militante y proactiva. De hecho podría concebirse como “antimperialista”, como se podía decir antes sin sentir temor o vergüenza.

La DE es más comprensible cuando se revisa el contexto de su surgimiento y las razones históricas que la generaron. No ha perdido su vigencia, porque no es doctrina hecha para denunciar la ausencia de entidades supranacionales que ahorren el dilema “reconocimiento-no reconocimiento” o para buscar una que resuelva por nosotros tal “dilema”. Esta hecha para ajustarse a un principio que preserva la soberanía nacional y permite defender los intereses nacionales, existan o no entidades supranacionales y aparte de lo que dichas entidades dictaminen.

Por eso resulta tan difícil de manejar atinadamente por los conservadores en materia de política exterior, ya sean del gobierno o de la oposición. Por eso se tergiversa primero, se le “descafeína” y luego se le toma descafeinada. De hecho así ha sido manejado por gobiernos mexicanos de diverso signo partidario. Si no sabemos que hacer o decir, explicamos que nos atenemos, supuestamente, a la DE.

La idea de “no intervención” es una idea profunda, con la cual acaban de complicar todo los comentarios superficiales, que denuncian que se ha “intervenido” en el pasado y por tanto pisoteado la Doctrina Estrada, buscando en el fondo no invalidar tanto determinada acción, sino la DE como tal.

Al respecto, vale señalar que nunca dejamos de “intervenir”. Nadie deja de “intervenir”, de interactuar, reaccionar, etc. Es como la “abstención” en una votación: no existe la “abstención” pura, ya que al fin y al cabo es un “voto en abstención”. Por ejemplo, ha sucedido que, con respecto a un tema crucial, sobre el cual siempre se ha votado a favor o en contra, el gobierno ha instruido abstención; en realidad ha cambiado su voto, solo que “en abstención”. La única manera de “abstenerse” en todo y “no votar”, “no tomar posición”, “mantenerse neutral”, etc., es salir del mundo, no existir como país.

Así que son equivocados los comentarios sobre un supuesto imperativo de la DE de extraernos ante un resultado electoral de importancia política mundial. Tan equivocados como cuando se ha acusado a México de presunta “pasividad” o alineamiento con una “dictadura” determinada. En ambos casos resulta artificial apelar a la DE, que no es, ni ha sido nunca, un buen pretexto para evadir responsabilidades o guiarse por miedo en política exterior.

Enarbolar la Doctrina Estrada por el lado de uno de sus aspectos fundamentales, la “no intervención”, suele presentarse incluso como postura valiente en el mundo de hoy. Pero en realidad no lo es cabalmente, si la aplicación de dicho principio no se ve acompañado de la denuncia de las políticas concretas del intervencionismo. Por ejemplo, la amenaza abierta o velada de represalias por tomar posiciones soberanas e independientes, ya sea que provengan de gobiernos entrantes o salientes del poder.

No es suficiente repetir como cantinela los principios del Artículo 89 constitucional, se requiere precisar que con su Doctrina Estrada México evita y combate actitudes imperiales, intervencionistas, agresivas, invasivas, propias de grandes potencias e imperios; y desde luego evita asumirlas. De dejar claro que esa es su convicción de país libre y soberano que no se deja arrastrar por presiones.

Por si lo habían olvidado con tanta discurso, aquí de nuevo el enlace para ver aquel comentario sobre la DE de hace algunos años:

https://mundoposmuro.wordpress.com/2014/05/06/ni-mas-ni-menos/

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Premios de la paz que nada significan

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¿Recuerdan el Premio Nobel de la Paz para Barack Obama, por haber hecho NADA? ¿Se tomaron tiempo para leer su discurso de aceptación? Dijo más o menos: gracias por este premio, pero si creen que con esto me amarran las manos para ejercer el militarismo de mi país, están muy equivocados. Allá ustedes. ¿Por que habría de verlo distinto el Presidente de Etiopía?

La peor leyenda urbana elevada al rango de “verdad histórica”

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El resurgimiento de la Alemania Nazi (primera parte) - LaTrompeta

Esta entrada esta dedicada a corregir siempre, de manera respetuosa, pero enfática, una de las peores leyendas urbanas, elevadas al rango de “tesis histórica”. Se trata de una afirmación fácil, rápidamente formulada y de uso corriente incluso por gente ilustrada y respetable. Pero es completamente falsa.

Me refiero a la idea de un presunto ascenso de los nazis al poder por la vía democrática. Es una de las leyendas más difundidas, uno de los errores más comunes, salir con que Hitler “Llegó al poder en 1933 gracias a una elección democrática…”.

Esta afirmación es en el fondo un argumento de discusión política ideológica de aquellos que de manera más o menos velada o tibia simpatizan en algo con el nazifascismo y buscan darle al menos el mérito, la “disculpa” de una elección democrática; o de aquellos que en realidad otorgan ninguna confianza a la democracia y desean “demostrar” que puede generar dictaduras monstruosas, como la de Hitler.

Así formulado, la gente se imagina que hubo elecciones, Hitler era candidato de su partido nazi (NSDAP, el Nationalsozialistische Deutsche Arbeiter Partei; es decir, el Partido Nacional Socialista Obrero Alemán), consiguió más votos y ganó.

No fue así. Decir eso es tan falso como decir que ese partido era “socialista”, “obrero”. Nacional si era, al igual que alemán. La principal agrupación que impulsó a esta fuerza política extremista terrorista de derecha, el NSDAP, fue precisamente una asociación que llamada Partido Nacional del Pueblo Alemán (DNVP, Deutschnational Volkspartei) liderado por el rico magnate de la prensa, Alfred Hugenberg.

El NSDAP sí que era “nacional alemán”. Probablemente asumió en su nombre el atributo de “socialista” y “obrero”, porque esa tendencia política encabezaba cada vez más y mejor la causa de los asalariados alemanes. Un robo de identidad, como se dice ahora.

Pero me estoy apartando un poco de lo principal, vuelvo a ello.

El hecho es que en las últimas elecciones democráticas libres antes del ascenso al poder por Hitler, los nazis NO consiguieron la mayoría que buscaban.

Hitler fue designado Canciller del Reich por Hindenburg, el 30 de enero de 1933, en el marco de una crisis política prolongada posterior a esas elecciones. Llega al cargo de Canciller del Reich por acuerdo políticos de cúpulas, con un gabinete donde los de Deutschnational “le permiten” nombrar dos Ministros, uno sin cartera. Pero con eso le bastó al habilidoso político marrullero Hitler.

El problema del NSDAP era, precisamente, que las elecciones no le funcionaban para llegar “democráticamente” al poder, incluso perdió votos en la última elección previa a su ascenso al poder.

En la fecha citada Joseph Goebbels –el principal ideólogo político-electoral de Hitler–, conmovido hasta las lágrimas, escribe en su diario “Hitler es Canciller del Reich… Manos a la obra. El Reichstag (el parlamento del Reich alemán) será disuelto”.

Un mes después, el edificio del Reichstag, ya disuelto, estaba en llamas y ya se había aniquilado toda libertad, ley y orden medianamente democráticos que impedía al NSDAP hacerse del poder total.

Una de las medidas tomadas fue formalizar como “policías auxiliares” a cerca de 50 mil SA/SS, que no eran otra cosa que estructura partidaria paramilitar del NSDAP.

Información adicional: los “SA” eran los matones de la Sturmabteilung (“Sección de Asalto”, golpeadores puros) del NSDAP; mientras que los “SS” eran los Schutzstaffel (escuadrones de protección), asesinos de élite integrantes de la guardia pretoriana personal de Hitler.

En suma:

  1. Hitler llega sin golpe de Estado, pero de ninguna manera gracias a una elección democrática-electoral. Fue una designación “de arriba”, una entrega negociada del poder detentado por los sectores dominantes que ya no tuvieron la paciencia de esperar a que el NSDAP ganara democráticamente las elecciones. Es tan clara esta condición, que en la historiografía oficial alemana se llama a este momento “Die Machtergreifung”, que va más allá de “toma del poder” y significa cuando menos “la incautación”, pero más bien el “arrebato” del poder.
  2. Una vez en el poder, el NSDAP procede inmediatamente a desmantelar los mecanismos y estructuras democráticas que, precisamente, le impedían ascender democrática y legalmente al poder. Esa destrucción de la democracia es a punta de ordenes, decretos y con la violencia física más brutal y vulgar posible, desde las golpizas hasta la muerte, pasando por la prisión.
  3. Con el control de todo e iniciada la guerra que siempre se propuso emprender, el NSDAP se mantiene en el poder hasta su final. Naturalmente que barre en las siguientes elecciones entre 1933 y 1945, ya bajo el poder de su dictadura terrorista y prácticamente sin oposición. En ese sentido esta historia es un precedente de aquel Presidente de México del que se decía que “ganó de nuevo la presidencia, desde la presidencia”, no menos de otro que afirmaba obsesivamente que había ganado las elecciones “haiga sido como haiga sido”.

Cuantas veces sea necesario volveré a estas notas como respuesta a cuantas veces alguno afirma, erróneamente, que “Hitler “Llegó al poder en 1933 gracias a una elección democrática…”. Que quede claro, NUNCA fue así.

 

 

 

FALASHAS

Publicado en

2 de junio de 1991

Para quien pensaba haberlo visto y oído todo deber haber resultado asombroso enterarse de que existe un grupo de “judíos negros”, que no es de ayer ni apareció por casualidad y que se llaman falashas, que significa “extraños” o “emigrantes”.

En medio del tiroteo generalizado por guerra civil etíope, esta curiosa comunidad fue desalojada de Etiopía ante los ojos complacientes y asombrados de prácticamente todo el mundo. En un tiempo record de 36 horas, 15 mil falashas fueron apresuradamente concentrados en Addis Abeba por sus hermanos de religión de Israel para ser enviados al aeropuerto Ben Gurion. Cada media hora despegaba y aterrizaba una nave de este puente de 34 avioes de la fuerza aérea y de líneas privadas de Israel, en una operación supervisada por el servicio secreto y de espionaje israelí, el Mossad, así como por la Agencia Hebrea, que costó 100 mil millones de dólares.

Transportados literalmente como pollos y sólo con lo que tenían encima, la mayor parte semianalfabetos, los falashas fueron instalados en hoteles, casas particulares y bases militares. Cuarenta de ellos llegaron enfermos, dos terceras partes eran niños, de los cuales dos nacieron en pleno vuelo a la “tierra prometida”. El mismísimo jefe de gobierno, Issac Sahmir, fue al aeropuerto a recibir a algunos de ellos, al tiempo que agradeció “la ayuda prestada” por Washington para esta operación, que nunca quedó claro en qué consistió exactamente. Operación Salomón fue el nombre de esta extraordinaria y provocativa acción, realizada sorpresiva y velozmente, para adelantarse así a cualquier tipo de protesta internacional.

De esta manera, terminó, en menos de dos dura un fin de semana, una historia de 2 mil 500 años, plenos de acertijos, de esta comunidad judía de raza negra distribuida en aproximadamente 500 comunas, que fue descubierta en la edad media europea por el judaísmo internacional, y acerca de la cual los primeros informes serios se remontan apenas a la mitad del siglo XIX, por medio del orientalista francés Josef Halevi.

De todas las hipótesis y leyendas acerca del origen de los falashas, la más fascinante es la que sostiene que los integrantes de este grupo son descendientes de los seguidores del emperador Menelik I, hijo del rey Salomón y de la reina de Saba, la antigua reina de Etiopía, que después de procrear a Menelik en Jerusalén volvió a su tierra bien escoltada por judíos. Más increíble nos parece otra historia, según la cual se trata de uno de los grupos de emigrantes israelís que, al salir de Egipto, en lugar de seguir a Moisés al norte, tomó su propio rumbo hacia lo que ahora Sudán, hasta llegar al norte del Lago Tana en las montañas de Semien y Dembiya, provincia de Begemdir, en la actual Etiopía. Como quiera que sea, el hecho es que sólo hasta 1975, después de que por fin se pusieron de acuerdo, sefaradíes y los asquenazíes, cuando el Estado de Israel decidió declarar a los falashas como descendientes de la doceava tribu de los judíos, los Dan, concediéndoles así desde entonces el derecho de “regreso a la tierra prometida”.

El antecedente más inmediato de lo sucedido en la Operación Salomón  es la Operación Moisés, realizada en 1984-1985 que, como en las buenas películas de acción, resulto medio exitosa y medio fracasada. Sólo que entonces aquel operativo súper secreto de “pollerismo” internacional a penas si pasó a los medios de comunicación, mientras este se preparó y ejecutó abiertamente, aprovechándose de la situación de guerra interna en Etiopía, y contando con la bendición de Washington, que por lo visto es la única que se necesita en el esquema del mundo unipolar en plena consolidación.

No sólo las costumbres y el protocolo, también el respeto al derecho internacional y la soberanía han “aflojado” en estos tiempos de modernidad. Fue evidente que los organizadores de este operativo no consultaron para nada a ninguna de las partes etíopes en conflicto, ni tampoco a ningún organismo internacional, para no hablar de un órgano de las Naciones Unidas (ni siquiera el Consejo de Seguridad, que últimamente vota a favor de lo que le digan). La audacia de este acto solo se puede medir con su irresponsabilidad. ¿Qué se supone que debería haber pasado, si uno de los aviones militares o civiles israelíes hubiera resultado derribado por alguno de los contendientes de la guerra civil en Etiopía? Lo que no puede creerse nadie es que, tal y como declaró el gobierno israelí, ninguno de los falashas será enviado a las zonas ocupadas. El derecho a la autodeterminación de las etnias, nacionalidades y agrupaciones debe ser respetado sin duda, pero no a costa de pisotear impunemente las más elementales normas del derecho internacional y el respeto a la soberanía de los Estados.

 

 

 

VENCEDORES FRACASADOS

Publicado en

20 de mayo de 1991

No cabe duda que la fastuosidad con que los estadunidenses festejas sus victorias es sólo comparable a la discreción con que ocultan sus fracasos. Dentro de poco tiempo veremos uno de los “desfiles de la victoria” más impresionantes de los últimos tiempos, cuyo costo ascenderá a varios miles de dólares. Sin embargo, lo más importante de una guerra, el orden de paz que se deriva de ella, está aún muy lejos de haber sido alcanzado, a pesar de los esfuerzos emprendidos por el Secretario de Estado de EU, James Baker, durante tres largas semanas de entrevistas en el Oriente Cercano, pletóricas de viajes relámpago y negociaciones frustradas.

“Tierra por paz”, fue la razonable consigna lanzada por el presidente Georg Bush, apenas había terminado el conflicto bélico. Esta idea sorprendió a muchos y entusiasmo apresuradamente a otros, pero excepto un desorden generalizado en la diplomacia de los países árabes, en realidad no ha traído nada concreto. Hay que pensar un poco en lo que significa esto de que después de una guerra en toda forma no se haya logrado absolutamente nada nuevo respecto de uno de los problemas de Levante que están pendientes de solución desde hace décadas. A la opinión pública internacional parece importarle poco el hecho de que sin solución al problema israelí-palestino no hay ni podrá nunca paz verdadera en la región.

Por otro lado, además de la “cuestión palestina”, el diálogo entre Tel Aviv y todos sus vecinos árabes es una condición más para que después de “habérsela jugado” (lo que sea de cada quien, con mucha audacia) el gobierno de las barras y las estrellas puede establecer, a su modo, las primeras piedras del “nuevo orden mundial” tan inquietante. La verdad no es que Washington haya descubierto súbitamente la justeza de los reclamos mundiales por la desocupación israelí de los territorios de Jordania occidental o la franja de Gaza, ni mucho menos que en la grandeza su triunfo militar padezca de gestos de nobleza con los vecinos. De lo que se trata sencillamente es de que ahora una intransigencia demasiado acendrada por parte de los israelíes le estorba a la Casa Blanca para afianzar lo “construido” con aquellos Estados árabe que el aventurerismo y la ambición de Saddan Hussein lanzó ─con mucho gusto─ en brazos del Tío Sam. Pero Baker no logrará lo que tampoco consiguió su antecesor Georg Schultz, ni siquiera ahora que está ─a diferencia de Schultz─ con las manos libres, ya que los soviéticos tienen aquí mucho que decir, pero casi nada que hacer.

Por un momento pareció que Israel estuvo por fin dispuesto a aceptar “la idea” de una conferencia de paz en el Oriente Cercano. Sin embargo, al pasar a los detalles (fundamentales) de su organización y carácter, quedó claro que Tel Aviv no piensa ni en broma admitir la conclusión principal e inevitable de tal encuentro: la firma de una especie de “acuerdo de Campo David” con todos los Estados árabes, con el correspondiente retiro de sus tropas de los territorios palestinos ocupados, así como alguna vez lo hizo de la Península de Sinaí.

Cada quien confunde las cosas como puede; los israelíes y árabes lo hacen muy bien. Tel Aviv aceptó por fin “negocia” con una representación jordano-palestina, pero de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) no quiere saber nada, mucho menos la proveniente de territorios ocupados. Igualmente, admitió la presencia en las negociaciones de representantes de la Comunidad Europea, pero la asistencia de una delegación de la ONU le parece intolerable, ya que admitiría a todos los países árabes posibles. Por lo pronto, Arabia Saudita y las otras naciones del golfo Pérsico no desean meterse en este lío, del que no esperan nada en realidad, mientras que Siria y Jordania han dejado en claro que no piensan tomar en serio el asunto si no se admite la presencia de la ONU. Un diplomático saudita dijo: “es importante que conversemos, pero más importante es que no nos creamos todo lo que decimos”.

Qué curioso resulta este objetivo que aparentemente todos comparten, la eternamente propuesta conferencia regional de paz, pero que nadie puede poner en marcha. Lo que ya está claro es que ni Busch ni Baker podrán lograrlo, tampoco mientras no consigan romper la cerrazón del gobierno israelí, al que por otra parte necesitan muchísimo para mantenerse como potencia decisiva en la región. Cuanto más risible resulta que al regreso de Baker el presidente Bush argumente que una “diplomacia callada”, y para evitar dar cuentas de “importantes progresos en las negociaciones”, que simplemente no existieron.

¿De qué “acuerdo bastante importante” habla Baker a su regreso, si al mismo tiempo admite que este acuerdo no conducirá a la indispensable conferencia de paz reclamada por todo el mundo? ¿Por qué dice que “si hubiera acuerdo sobre todos los puntos no sería necesaria” tal conferencia? ¿Se oculta un fracaso o se esconde un cambio de posición radical respecto a la construcción del “nuevo orden mundial” a su manera en Levante?

ALMA INCOMPRENDIDA

Publicado en

26 de mayo de 1991

No es sorprendente que un checoeslovaco de Bratislava, orgulloso desde luego de la herencia que dejó Franz Kafka a la literatura universal, al referirse entusiastamente a sus obras, se sienta obligado a agregar que el autor de La Metamorfosis lamentablemente tenía un grave defecto: “no comprendió nunca” el alma eslovaca.

Los incomprendidos eslovacos tienen ahora misma impresión por parte de otro grande la literatura universal proveniente de su país, el checo Vaclav Haver, quien además de ser escritor es el actual presidente de Estado, cargo que en Checoeslovaquia no es ningún título de ornato. Por eso es que el pasado 14 de marzo se atrevieron a gritar en su cara las consignas “liberales de Praga”, “fuera los checos” y “tenemos suficiente de Havel”, además de zarandearlo como sólo a Kohl lo ajetrean los alemanes del Este.

Todo movimiento siempre tiene varias banderas; la de los eslovacos son francamente dudosas y le hacen muy mal favor a su causa. ¿Si no, de qué otra manera podemos considerar la demanda de rehabilitación pública ─durante el 52 aniversario de la proclamación de la Eslovaquia libre y soberana─ del líder fascista eslovaco Josef Tiso, ajusticiado en 1947? En todo caso, el hecho es que ahora que prácticamente en todo el mundo se despiertan las inquietudes nacionalistas, que parecían estar superadas, esta comunicad de más de 8 millones de habitantes deja también oír sus inquietudes de independencia.

Como en todos los países ex socialistas, en la nueva República Checa y Eslovaca (RChE) ─como ahora se llama─ el problema más grave es en qué medida puede este movimiento nacionalista dar al traste con la revolución de terciopelo, quitándole así toda su tersura. Lo cierto es que es una minoría reducida, aproximadamente el 15 por ciento de la población eslovaca, la que se pronuncia por la creación de un Estado soberano e independiente. Para la mayoría de la gente realista, de lo que se trata es más bien de cómo habrán de introducirse cambio y cuáles serán, para poder seguir hablando de “Checoeslovaquia”.

Una nueva Constitución que establezca una Federación Checoeslovaca es la demanda maximalista de los nacionalistas de Eslovaquia. Al respecto, los checos coinciden en todo, pero no en lo fundamental, es decir, en las competencias y facultades que harían de ser otorgadas a las autoridades centrales. Mientras que los checos desean mantener una estructura esencialmente igual a la que existe actualmente, según la concepción eslovaca dominante sólo hace falta ponerse de acuerdos en cuestiones de política monetaria, exterior y de defensa. De esta manera y sin proponérselo, el Estado ideal de Jefferson (el que ni se siente que existe) se concretaría al borde del siglo XXI en una pequeña república centroeuropea entre los Cárpatos y Ucrania. ¡Increíble!

Bien aconsejado, el presidente Havel propone resolver las cosas mediante un referendo y de esta manera de evitar por lo pronto hacer uso de medidas represivas de consecuencias inciertas. Por otro lado, también así deja al sabio tiempo aclarar cuál de los dos principales movimientos políticos se debilita más en el futuro inmediato: el eslovaco Opinión Pública contra la Violencia (OPV) o el checo Foro Cívico, ambos divididos y en crisis.

Por lo pronto, el presidente eslovaco Meciar ─sin deslindarse de todo del todo de los nacionalistas de su república, y en vista de lo debilitado de su coalición de gobierno democristiano OPV─ funda una “plataforma para una Eslovaquia democrática” encabezada nada más ni menos que por Alexander Dubcek, quien junto con Havel es el único en ese país que conserva, si así se puede decir, algo de inmaculatura política.

Lo que la comunidad internacional deberá tener presente es el vínculo entre estas tendencias nacionalistas y el declive de la producción de una de las industrias más importantes de la RChE y la más importante de Eslovaquia: el armamento convencional. Diversos factores, que van desde la distensión hasta la disolución del Pacto de Varsovia, pasando por la línea “de Praga” (Havel) de reducir al mínimo la industria del armamento y sus exportaciones e introducir la “conversión” civil, han provocado que el valor de la producción de armas haya disminuido de 20 mil millones a 2 mil millones de coronas, en solo tres años; la consecuencia directa de esto es un desempleo previsible de 70 mil trabajadores, que se sumarían a los de otras ramas industriales hasta alcanzar probablemente una cifra de 350 mil desocupados eslovacos al final de este año. Quien no conozca esto, no podrá entender la incomprendida alma eslovaca y sus problemas actuales.

Una buena intervención

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Como ustedes bien saben, no suelo distribuir materiales oficiales, sencillamente porque en general se distribuyen solos y por sus canales previstos. Además, no suelen ser interesantes para muchos lectores. Ahora hago una excepción.

Transcribo una intervención cuyo tono, texto y sentido hacían falta desde hace tiempo. Una intervención a nombre de México en un foro mundial. Una buena intervención.

Esta letra y espíritu conviene difundirlos para contribuir a que se conviertan en conciencia social y para que queden asentados tal como fueron formulados. Vale la pensa “clavarlos” en el tiempo, porque todavía harán falta durante un largo periodo en los posicionamientos de México ante los Estados Unidos y, por cierto, otros países también.
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INTERVENCIÓN DEL SUBSECRETARIO PARA ASUNTOS MULTILATERALES Y DERECHOS HUMANOS

34º periodo ordinario de sesiones del Consejo de Derechos Humanos

02 de marzo de 2017

Gracias señor Presidente,

Es para mí un honor dirigirme a este Consejo, piedra angular del sistema internacional de protección de los derechos humanos.

Este sistema, que hemos construido conjuntamente a lo largo de varias décadas, se basa en la firme convicción de que las instituciones multilaterales son una herramienta esencial para salvaguardar y promover los principios y valores reflejados en los documentos fundacionales de las Naciones Unidas y en la Declaración Universal de Derechos Humanos.

Por ello, es preocupante escuchar voces que hoy cuestionan las bases de las instituciones internacionales que con esfuerzo hemos forjado, y que ignoran o tergiversan los principios universales y los compromisos que hemos establecido para su defensa.

Los derechos humanos son universales, interdependientes e interrelacionados. No es posible defender unos e ignorar otros, ni defenderlos para algunas personas y negarlos para otras.

En este sentido, debemos valorar con seriedad el impacto que los mensajes y las políticas impulsadas por líderes políticos, religiosos y comunitarios tienen en la población. Las figuras públicas tienen la responsabilidad central de observar que sus palabras y acciones promuevan la tolerancia, el respeto y la cultura de la paz.

Las normas internacionales que colectivamente hemos establecido, señalan claramente que tenemos la obligación de defender los derechos humanos y promover la inclusión de todas las personas, independientemente de su origen, nacionalidad u otras características.

Debemos por ello condenar el ultranacionalismo populista que, al ser explotado como herramienta política, impacta a las democracias pluralistas y afecta severamente las libertades y los derechos fundamentales de todos los individuos.

De igual manera, la comunidad internacional no puede aceptar medidas unilaterales regresivas y debe promover que el ser humano se mantenga en el centro de toda política y regulación.

En esa línea, México comparte la profunda preocupación expresada por diversos mecanismos internacionales sobre la situación de vulnerabilidad en la que se encuentran los migrantes, quienes, muy frecuentemente son objeto de medidas que, bajo el argumento de la protección de la seguridad, atentan contra sus derechos humanos más fundamentales y su integridad. No nos equivoquemos, detrás de estos discursos se esconden el racismo y la xenofobia;

Subrayo que las medidas de seguridad mal concebidas no sólo no detienen la movilidad humana, sino que además fomentan riesgos y vulnerabilidad de los migrantes, poniendo en peligro sus vidas. Se trata de medidas equivocadas tanto desde un punto de vista moral como práctico, dado el altísimo costo social que conllevan.

En esa línea, deseo recordar que, bajo cualquier circunstancia, se mantiene la obligación de los Estados de garantizar que todas sus políticas, incluyendo las medidas para salvaguardar la seguridad, se enmarquen plenamente en el derecho internacional, particularmente el derecho internacional de los derechos humanos, el derecho internacional humanitario y el derecho de los refugiados.

Se trata de los valores más fundamentales de la humanidad que, como indicó recientemente el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, debemos defender sin descanso.

En ese contexto, la generalización de medidas de seguridad dirigidas a un grupo específico de la población, o la criminalización de ciertos grupos, contravienen el estado de derecho, violan el debido proceso y son actos severamente discriminatorios.

La estigmatizacion o criminalización generalizada de ciertos grupos es contraria a la dignidad intrínseca del ser humano. Recordemos que los estándares internacionales de derechos humanos y el combate a la discriminación y estigmatizacion resultaron de grandes tragedias del siglo XX, precisamente para evitar su repetición

Por ello, el Gobierno de México reitera su compromiso con la defensa de nuestros connacionales en el exterior. Reitero en este foro el compromiso ya expresado por mi Gobierno, de que para ello nos valdremos de todos los medios jurídicamente viables.

En primer lugar, emprendimos un despliegue de información sin precedentes a los mexicanos, para que conozcan sus derechos y sepan cómo reaccionar ante posibles violaciones a esos derechos y a su dignidad.

En segundo lugar, recurriremos a las instancias multilaterales y jurisdiccionales pertinentes para promover activamente la defensa de los migrantes y revisar, tanto casos individuales, como colectivos.

De igual manera, reitero la convicción de México de que los muros entre las naciones son también muros entre las personas, y materializan el extremismo y la intolerancia en barreras físicas e ideológicas, que no aceptaremos bajo ninguna circunstancia.

México continuará fomentando el respeto y protección de nuestros nacionales en Estados Unidos, pero también nos seguiremos esforzando para asegurar que los derechos de los nacionales de otros países en México sean observados plenamente.

Señor Presidente,

México ha depositado su confianza en el multilateralismo como la vía idónea para promover iniciativas globales en favor del bien común.

En congruencia con ello, el Estado mexicano firmó la semana pasada un Acuerdo con la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, para la continuidad de sus actividades en nuestro país.
Dicho Acuerdo, es sin duda trascendente para la política nacional de derechos humanos. Es, además, un refrendo de nuestra cooperación y apertura hacia los mecanismos internacionales de derechos humanos.

En ese mismo tenor, estamos ciertos de que este Consejo ha constituido un foro central para el diálogo y monitoreo de la situación mundial de los derechos humanos, y ha sido el
espacio idóneo para impulsar estándares internacionales progresistas en la materia.

Como lo señaló el Secretario General en su discurso, el papel del Consejo será clave para hacer frente al panorama adverso de indiferencia e intolerancia que prevalece.

Como miembros de la comunidad internacional, es nuestra responsabilidad capitalizar el trabajo realizado y no dilapidar el esfuerzo y el tiempo invertido en este proyecto en pro de la humanidad.

Con base en ese compromiso, México presentó su candidatura para formar parte del Consejo de Derechos Humanos nuevamente en el periodo 2018-2020. Al postularnos, lo hacemos con la firme convicción de preservar y robustecer nuestro marco internacional de protección, e implementar los estándares existentes, tanto a nivel nacional como internacional.

Finalmente, reitero que México seguirá apoyando plenamente los trabajos de este Consejo y sus mecanismos, como las vías aptas para velar por que en el mundo se promuevan y respeten los derechos humanos sin cortapisa alguna, especialmente entre las poblaciones más vulnerables y marginadas, y, desde luego, aplicando siempre una perspectiva de género.

Muchas gracias.

Si, nada más eso, por favor.

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Si algo es meritorio de la cultura anglosajona es la sinceridad, lo cual contribuye a un buen grado de claridad, si señor.

Esta sucinta declaración de la Secretaría de Estado de los Estados Unidos, contribuye a mucha aclaración. Es un texto breve, directo, puntual. Lo interesante y positivo de esta declaración es que se ve casi como un “retorno a la normalidad”. En nombre del Titular del esta Secretaría, el gobierno de los Estados Unidos comunica que continuará haciendo… lo que siempre ha hecho.

No estoy haciendo un comentario sarcástico para exponer alguna banalidad.

Lo digo sinceramente, qué más quisiéramos que así fuera todo como aquí lo dice el declarante. Nada más

Press Statement
Rex W. Tillerson
Secretary of State
Washington, DC
March 1, 2017

As the President laid out in his address to Congress, the State Department will continue to engage to advance U.S. interests in the world in cooperation with our partners and allies. We will also continue to support policies and institutions that keep Americans safe, including a robust NATO where Allies meet their responsibilities, an immigration process that vets those coming into our country, and borders/ports of entry that are secure. We will work with allies to counter nations that threaten their neighbors or destabilize their regions. American foreign policy must promote our core values of freedom, democracy, and stability.

Para entrar en materia

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bomba-nuclear-explosion

http://nuclearsecrecy.com/nukemap/

Es como un simple GoogleMap. Den “click” al enlace transcrito. Abran la aplicación y busquen, por ejemplo, Ciudad de México. Luego escogen ustedes su bomba nuclear “favorita”. Eligen la amplitud de los datos, puede ser número de bajas, número de heridos, extensión de la onda expansiva y de la onda de calor, así como contaminación radiactiva. Se puede optar por conocer otros efectos. NUKEMAP es una aplicación sencilla.

Por ejemplo, una “pequeña” y emblemática, la clásica bomba de Hiroshima de 15 kilotones, puesta en el Zócalo, estallando a 600 metros de altura, tendría como resultado instántaneo 102,680 muertos y 332,250 heridos. 24 horas más tarde estarían muriendo muchísimos más*. Hay por allí una bomba rusa cuyo impacto llegaría hasta la costa oriental mexicana.

Hubo un tiempo en que este tipo de datos había que buscarlos en bibliotecas especializadas, institutos de estudios estratégicos, agencias de inteligencia, Ministeriors de Defensa o de plano servicios secretos.

Eran los tiempos en que algunos meticulosos diplomáticos enviaban en valija diplomática, clasificados como “reservados”, recortes de periódicos que se podían encontrar en los quioscos de la calle el día anterior. Cuando algunas municipalidades europeas obligaban que la construcción de las casas habitación tuvieran su “bunker atómico” o no se autorizaba la construcción. Estupideces de la humanidad. Al respecto hay infinidad de anécdotas de la casi olvidada guerra fría.

Ahora, cualquiera de nosotros puede hacer sus cálculos muy facilmente. Si una sola bomba nuclear pequeña puede paralizar de un golpe un país, basta un poco de imaginación lo que sería la aplicación de varias al mismo tiempo. Cualquiera puede estimar cuantas son necesarias en qué ciudades y regiones de un país para organizar un plan de ataque nuclear.

¿Que no es tan fácil? ¿Porque hay que “hacer llegar” las bombas? Aja. ¿Que si no se cuenta con misiles juegan un papel las defensas antiaéreas? Aja. ¿Que esta el problema de la “destrucción mutua asegurada”? No me digan.

Bueno, eso me gusta. Sería entrar en materia. Estaríamos superando la era de superficialidad e ilusión tipo “dividendos de la paz”, o peor aún “fin de la historia”, que nunca se dejaron sentir realmente. Breve espacio que tanto entusiasmó a los felices porque terminó la guerra fría y la confrontación de sistemas.

Ahora olvídense de confrontación de sistemas, se tratarça del reacomodo de fuerzas entre imperios. Eso es, en buena parte, lo que anuncia el reciente arribo del nuevo Presidente de los EEUU.

¡Esas armas deben ser prohibidas!

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*Estimated fatalities: 102,680Estimated injuries: 332,250

In any given 24-hour period, there are approximately 1,074,544 people in the 1 psi range of the most recent detonation.Modeling casualties from a nuclear attack is difficult. These numbers should be seen as evocative, not definitive. Fallout effects are ignored. For more information about the model, click here.
Effects radii for 15 kiloton airburst* (smallest to largest): ▼

Fireball radius: 180 m (0.1 km²)
Maximum size of the nuclear fireball; relevance to lived effects depends on height of detonation. If it touches the ground, the amount of radioactive fallout is significantly increased. Minimum burst height for negligible fallout: 160 m.

Air blast radius (20 psi): 340 m (0.36 km²)
At 20 psi overpressure, heavily built concrete buildings are severely damaged or demolished; fatalities approach 100%. Optimal height of burst to maximize this effect is 450 m.

Radiation radius (500 rem): 1.2 km (4.51 km²)
500 rem radiation dose; without medical treatment, there can be expected between 50% and 90% mortality from acute effects alone. Dying takes between several hours and several weeks.

Air blast radius (5 psi): 1.67 km (8.78 km²)
At 5 psi overpressure, most residential buildings collapse, injuries are universal, fatalities are widespread. Optimal height of burst to maximize this effect is 0.77 km.

Thermal radiation radius (3rd degree burns): 1.91 km (11.4 km²)
Third degree burns extend throughout the layers of skin, and are often painless because they destroy the pain nerves. They can cause severe scarring or disablement, and can require amputation. 100% probability for 3rd degree burns at this yield is 8.7 cal/cm2.

*Detonation altitude: 600 m.

(foto tomada de internet)

¿De dónde saca eso?

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Mexicanos, escuchen este video, en realidad solo hasta el corte en 2:42 minutos.

En unos cuantos días será la toma del cargo de este señor. Escucho y escucho de nuevo lo que dijo aquí en su muy peculiar estilo. No puedo dejar de preguntarme, tratando de profundizar en su pensamiento, por qué, dijo lo que dijo. Todas y cada una de sus palabras.

Tengo la impresión de que hay dentro de su mensaje un contenido que no logramos desentrañar del todo, algo que va más allá de sus insultos, ataques, desprecio a México.

¿De dónde, por el amor de de Dios, de dónde saca eso de que los mexicanos hemos sido más listos que ellos y sacado ventaja del TLC en su contra? ¿A qué se refiere con eso? ¿Qué hemos hecho tan bien que incluso nos tiene de maravilla y nos hace adorables, a costa de intereses de los estadounidenses? Es algo muy contradictorio.

Bueno, por lo pronto está claro comunica al resto del mundo que seremos “el ejemplo” primero y principal de que todo lo que ha dicho es verdaderamente en serio. Pero aún así, hay más. Pensémoslo.

¡Cuando de plano te gana la risa!

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Cuando te gana la risa porque ya no puedes más con tanta simulación.

Vocero de gobierno es uno de los trabajos más dificiles del mundo.

Una cosa muy seria

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En el pasado reciente (“bipolar”) había un mundo equilibrado. Escalofriante y terriblemente equilibrado, pero equilibrado al fin. Los esfuerzos por decir que hoy en día es lo mismo al fin, son inútiles. No es igual que antes.

En ese tiempo el equilibrio mundial condenaba el “la amenaza o el uso de la fuerza en las relaciones internacionales”. Es decir, el uso y la amenaza del uso de la fuerza. Si no lo condenaba una parte lo hacía la otra. En el mundo equilibrado se hablaba también de la “solución pacífica de las controversias” y “la lucha por la paz y la seguridad internacionales”.

Ahora eso ha desaparecido, se usa la fuerza (militar), o se amenaza con usarla; se ha llegado incluso a hablar de “el componente militar de la diplomacia”. En serio. Y todo eso a principios del esperado siglo XXI.

Pues bien, ya entramos a la etapa en donde el uso de la fuerza en las relaciones internacionale es moneda aceptable en una campaña electoral. Y una que nos toca a los mexicanos muy de cerca.

Si no se retracta enseguida el candidato Trump, en adelante aquel que acepte darle su voto por la intención de levantar un muro —que, además, debe pagar el vecino—, lo haría ligado a la disposición de desatar una guerra con México. Increible.

Así que la cosa se ha complicado todavía más. El candidato Trump ha soltado la maldita palabra. Esa que en cualquier otro país serio un candidato a Presidente prefiere quemarse la boca antes que decirla: guerra.

Por último, ignoro que entiende el señor Trump, con “rejuvencer” sus fuerzas armadas. Actualmente —si, también con Obama— la Defensa y Home Land Security reciben más de 600 mil millones de dólares al año. En tres días cuentan con todo el presupùesto de la Defensa mexicana para todo el año.

No, los mexicanos de seguro “no querran jugar a la guerra”. Sabemos que la guerra es una cosa muy seria.

En entrevista difundida por la NBC, con el periodista Bob Woodward, el republicano dijo que obligará al país a pagar el muro fronterizo
excelsior.com.mx

¿Cómo no pensar en una Tercera Guerra Mundial?

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Ante nosotros, simples mortales, testigos de lejos, se escribe historia mundial. Tal vez en el peor sentido.

El Consejo de Seguridad de la Organización de Naciones Unidas se propone autorizar a los Estados Miembros “con capacidad para hacerlo”, a tomar “todas las medidas necesarias” para combatir al llamado Estado Islámico, así como a redoblar y coordinar esfuerzos para prevenir actos terroristas por éste grupo u otros vinculados a Al-Qaeda.

El proyecto es idea de Francia, lo cual es muy comprensible. Pero lo veraderamente novedoso y asombroso es que no otorga base jurídica alguna para una acción militar. Ni siquiera menciona el capítulo VII de la Carta de la ONU para el efecto.

Este resultado no parece mal de entrada. Es, por fin, la unidad del Consejo de Seguridad, tanto tiempo buscada, pero viéndolo de cerca tiene un inquietante y terrible contenido. Es un proyecto de resolución que apoya explícitamente injerencia externa militar dentro de las fronteras de un Estado soberano. ¿Cuál? El que a los autorizados les parezca.

Todos están llamados a esta fiesta. Pero la realidad es que cinco potencias con derecho a veto (EUA, Francia, Rusia, China y Reino Unido, las coaliciones que formen) se proponen darse mutuamente la libertad, sin reservas ni fundamentos legales, de acudir a todos los medios (¿armas atómicas también?) para actuar según su parecer. Incluidos en esta ocasión Rusia y China.

Desde luego que el terrorismo debe ser combatido y a fondo. Pero al haberse dado completa libertad de medios sin necesidad de acudir a fondo legal de intenciones, se prepara un coctel explosivo. ¿Qué sucederá cuando sobre el terreno de operaciones de Siria haya fuertes diferencias entre esos cinco países? ¿Cómo no pensar en una Tercera Guerra Mundial?

GRAN PROVINCIALISMO

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29 de marzo de 1992

En el caso de las elecciones en Estados Unidos, los “observadores” son todo el planeta, ya que sus resultados afectan o influyen considerablemente —ahora más que nunca— numerosas decisiones fundamentales de todos los gobiernos sobre política internacional y no pocas cuestiones de orden interno. Por lo mismo, es más que inquietante el carácter frágil, volátil e imprevisible de la opinión pública y el electorado estadounidense, cuyo abstencionismo llega a cerca del 50 por ciento o más. Más aún, es francamente preocupante el papel que juegan en el proceso electoral los medios masivos de comunicación, cuya dinámica se puede enajenar y se enajena de hecho, de la vida real económica, política o social.

Hace menos de un año, después del triunfo de Washington en la guerra del golfo Pérsico, George Bush parecía sencillamente invencible. Al comienzo de su campaña electoral se enfrentaba a un grupo de desconocidos de su Partido Republicano y del Partido Demócrata en la oposición. Hace unas cuantas semanas, Bush parecía un candidato derrotado: según una encuesta del diario The Washington Post, Bush ganaría sólo el 42 por ciento de los votos y perdería, ya sea ante el apocado demócrata Paul Tsongas (quien poco después renunció por falta de fondos para su campaña), que logaría el 47 por ciento, o ante el súper dinámico y suertudo demócrata William Clinton, que conseguiría el 44 por ciento. Sólo el 39 por ciento de los encuestados estaba satisfecho con el gobierno de Bush.

Tanto republicanos como demócratas hacen derroche de optimismo. Lo que sucede es que para un electorado que se interesa más por quién será el sheriff local que por cuestiones de política económica o geopolítica, como es el estadounidense, los debates por televisión entre los dos grandes candidatos —verdaderas variantes de los duelos a revólver del Viejo Oeste— se han convertido en el día en que millones de estadounidenses toman la decisión sobre su destino político y económico y, de pasada, de mucha gente que de otros países desconocen e ignoran hasta su existencia. También los spots propagandísticos electorales de 30 segundos directamente apuntados a las emociones del público tienen en mente esta circunstancia.

En Estados Unidos, las elecciones son limpias e irreprochables en cuanto a la certeza de sus resultados, pero contrastan con su conducción y sus métodos, apropiados sólo para estómagos fuertes. No queda nada de la definición de “americano” de De Crevecoeur: “…el que ha dejado detrás de sí todos sus viejos prejuicios y modos de conducta… el americano es un hombre nuevo, que se guía por dos principios; por lo mismo debe reflexionar sobre nuevos pensamientos y generar nuevas opciones”.

Es lamentable que en una nación tan poderosa, que es para muchos el prototipo de la modernidad y la democracia en la lista de los oficios abominables (traficantes de drogas, mafiosos, predicadores de televisión, prostitución, etcétera) se inscriba en séptimo lugar: “diputado federal”. Sólo el 20 por ciento del electorado estadounidense participa activamente en las “primarias” y de estos la mitad son pensionados que se sienten comprometidos con el Estado por el aumento de sus rentas. Cabría preguntarse de qué sirven las amplias posibilidades de acción de la sociedad civil, si lo que tiene lugar es una enajenación notable de los asuntos del Estado.

Bush y Clinton son los candidatos que pelearán hasta lo último por los votos de la clase media (dos tercios del electorado). Después de la frustración generada por la mentira de que el liberalismo económico reaganiano satisfaría las aspiraciones de bienestar de todos y sin confianza alguna en un supuesto retorno al “estatismo” anterior, el debate no será entre programas e idearios. La pelea será entre las imágenes del “padre conservador” Bush y el “renovador audaz” Clinton. El primero no tiene nada nuevo que ofrecer, el segundo realidad tampoco. Nunca como ahora la historia se había visto tan pobre en conceptos y opciones, también en Estados Unidos.

Sólo el 18 por ciento de los estadounidenses creen que su país se mantendrá el próximo siglo como la nación más poderosa de la Tierra. El giro de los estadounidenses hacia sí mismos como línea de enfrentamiento a la recesión económica y a sus efectos sobre los trabajadores y la clase media, es evidente: los contendientes por la presencia se arrebatan —con diversas tonalidades— el lema “América primero”, a contrapelo del nuevo orden mundial en construcción. Se trata de una gran nación, pero ¿qué se diría de elecciones federales en otros países igualmente poderosos en los que todos los candidatos salieran a ganar votos y agitar lemas como “Japón…, Alemania…, o Francia… primero”.

 

 

ESPEJOS ROTOS

Publicado en

(primer semestre de 1991)

Un verdadero juego de espejos ha sido la división de Corea, en donde, si se toma como referencia la antigua Alemania divida, lo que era cierto para Occidente a las orillas del Rhin se transformaba en falso en las costas del Pacifico, mientras que para el Este socialista lo que era lógico al norte de China no tenía sentido en Europa central. Es allí donde se revelaba con claridad que en el mundo bipolar lo menos importante era el sentimiento de unificación nacional de los pueblos. Pero el derrumbe del sistema socialista acabó con las posibilidades de manipular y controlar los sentimientos nacionales (lo que, como se sabe, tiene sus peligros); uno de los espejos se ha roto, nadie sabe cuántos años de mala suerte puede significar esto.

De entre los “dinosaurios” del socialismo real, merecidamente cuestionado por su sujeción a los dogmas y los viejos esquemas, destaca la República Popular Democrática de Corea (RPDC, Norcorea), cuya existencia como Estado en la milenaria nación dividida al lado de la exitosa República de Corea (RC, Sudcorea) asume características especiales muy distintas a las de la otrora Alemania dividida. Sorprende recordar que en Corea solo rige un armisticio como frágil garantía del equilibrio regional y mundial. El enorme contraste entre ambas partes de la península se refleja en el hecho de que Sudcorea tiene más del doble de habitantes que Norcorea, mismos que tienen en promedio 5.3 veces más ingresos anual per cápita, exportan 32 e importan 35 veces más. Sin embargo, Norcorea aplica el 21 por ciento de su PNB (4 mil 410 millones de dólares) para la defensa y mantiene un ejército de más de un millón de soldados, mientras que Sudcorea gasta más en términos absolutos (10 mil 350 millones de dólares), solamente 4.5 por ciento de su PNB, para dar “ocupación” a 650 mil soldados. Al parecer, las tropas estadounidenses estacionadas en Sudcorea le aligeran bastante la carga a Seúl. El hecho es que la economía de la RC se ha convertido en un primus inter pares en la competencia económica mundial.

En estas circunstancias, cuando todo indica que desde hace tiempo la occidentalizada economía de mercado del sur de Corea podría enseñorearse del norte como un territorio conquistado, sorprende que la pobre Norcorea haya sido curiosamente el precursor más tesonero de la reunificación del país. Al parecer, es al sur al que le cuesta —hasta ahora— mucho más trabajo constituir conceptos satisfactorios para el sentimiento nacional de su población, ya que, a pesar de que considera a toda la península su territorio, a sus habitantes les está prohibido por precepto constitucional referirse a la comunista RDPC, para no hablar de visitar esa tierra innombrable. Se trata de todo un muro impuesto por el mundo bipolar, pero sostenido por Occidente con curiosa insistencia, al menos hasta ahora. Esto es lo que empezará a cambiar próximamente.

A partir del plan de unificación en tres etapas del presidente Kim Dae-Jung, formulado en 1971, se han sucedido con todas las dificultades de rigor las diversas propuestas y contrapropuestas alternativas obstaculizadas por la falta de las condiciones básicas para su realización, es decir, el fin de la guerra fría, la concertación entre EU, China, Japón y la URSS, y desde luego un cambio fundamental en las políticas de ambas partes de Corea.

El comunicado conjunto Seúl-Pyongyang de 1972 le costó a Dae-Jung el exilio y el ascenso al poder de nefasto Park Chung-hee. Debieron pasar 12 años para que en 1984 se efectuaran nuevas conversaciones en la zona desmilitarizada de Panmunjun y varios años más para el primer encuentro de parlamentarios (1988) y las primeras negociaciones sobre cuestiones político-militares (1989). La primera ronda de conversaciones de alto nivel entre Roh Tae Woo y Yon Hyon Muk, de septiembre de 1990, fue algo indispensable después de las revoluciones democráticas eurorientales de 1989-1990 y los cambios radicales en Moscú. A partir de este momento, las partes se ven forzadas a presentar algo más que un saludo frío, sin sonrisa y apretón de manos, con la línea divisoria de cese del fuego pasando por en medio de la mesa de negociaciones: “Nordpolitik” efectiva por parte del sur, “reencuentro” por parte del Norte. Con todas las reservas del caso, el debate sobre la unificación nos recuerda la disyuntiva alemana entre diciembre de 1989 y febrero de 1990: confederación de Estados o Estado federado. A falta de un Lothar de Maiziére norcoreano, las negociaciones, interpeninsulares habrán de ser prolongadas y reales, es decir, difíciles, pero cimentadas sobre una base internacional más amplia y sólida a partir del ingreso de ambas Coreas a la ONU en septiembre de este año, que, según la experiencia alemana, no es obstáculo para la unificación nacional, al contrario, una edición asiática del 2+4 europeo (EU, China, URSS, Japón, RPDC y RC) puede ir preparando sus trabajos.

Sudcorea tiene ahora toda la iniciativa que surge del hecho de estar a tono con el espíritu de los tiempos. Norcorea se encuentra demasiado aislada y relativamente distanciada de sus otrora grandes aliados urgidos del apoyo económico occidental (Moscú y Beijín), para no decir de su insistencia en el modelo “suche” de confianza ilimitada en las propias fuerzas (hasta perder el realismo). La unificación de Corea será un proceso más difícil y prolongado que las de Alemania y Yemen, pero no menos inevitable.

EL MAL MENOR ANTE LA OTAN

Publicado en

(aproximadamente septiembre-octubre de 1991)

El mundo ha cambiado mucho, pero bajo ciertas concepciones no tanto como para liquidar algunos pilares fundamentales del bipolarismo la guerra fría. Al terminar la dolorosa agonía del Pacto de Varsovia, todo el mundo dirigió su mirada hacia la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), con la idea de que ésta se precipitaba a una crisis inevitable, puesto que desaparecería su razón de existir. Sin embargo, después de la guerra del golfo Pérsico, con la crisis yugoslava y con el reciente intento de golpe de Estado en la URSS, una de las conclusiones más recorridas ha sido la de que la OTAN no debe desaparecer, sino que debe mantenerse a toda costa, si bien guiándose por una doctrina militar revisada, que no acaba de presentarse nunca.

El hecho es que el “nuevo modo de pensar” de la política exterior de la URSS no tuvo nunca realmente un correlato equivalente en Occidente. En particular, la nueva doctrina de seguridad del Pacto de Varsovia, acordada en Berlín en 1987, no encontró una respuesta equivalente por parte de la OTAN, ya que los cambios introducidos en la reunión cumbre de la alianza atlántica, del 5 y 6 de julio del año pasado (abandono de la “respuesta flexible”), fueron tomados más para calmar a Moscú en vista de la unificación alemana, que como iniciativa estratégica con miras a la distensión.

En el fondo, en la OTAN se mantiene la vieja supraestrategia de “disuasión”, conocida dura durante la guerra fría mediante sus variantes dominantes (estadounidenses) de “contención” (1949-1953), “estrategia de represalia masiva” (1953-1960), de “respuesta flexible” (1961-1969), que prevé la posibilidad y necesidad de utilizar las armas nucleares como respuesta a un ataque convencional; esta última con variaciones más o menos sofisticadas (“disuasión realista” de Richard Nixon, 1970-1976, “estrategia de contrapeso”, 1977-1980, de James Carter; o la “guerra nuclear limitada”, de Ronald Reagan, 1980-1988).

El mundo ha cambiado mucho, pero la OTAN y sus miembros no tienen nada nuevo que ofrecer excepto autos de fe de su existencia. La doctrina vigente de la “defensa avanzada” desmonta la “licencia para matar” implícita en el hecho de mantener fuerzas capaces de dar el “primer golpe”, sí se considera indispensable, es decir, “preventivo”, pero no es realmente un concepto global y si implica una dislocación de superioridad militar en el frente.

A menos de resignarse el predominio de la OTAN como el bloque militar del orbe, los Estados europeos deberían pasar a la formación de nuevas alianzas regionales y subregionales en el continente. Lamentablemente, esto es muy difícil, ya que el proceso que va de la firma del Tratado de Washington sobre la eliminación de cohetes de alcance medio (eurocohetes) del 8 de diciembre de 1987, el reciente Tratado de reducción del armamento estratégico nuclear (START) del 30-31 de julio del presente año (pasando por el acuerdo para la reducción del armamento convencional en Europa, firmado en París en noviembre del año pasado), tiene un contenido contradictorio inquietante; el fin de la guerra fría y la nueva distensión se levantan más sobre un simple cambio de correlación de las fuerzas militares, que sobre una modificación radical de los motivos, conducta y prácticas de los actores principales, en todo caso de los “vencedores” de la posguerra.

Es erróneo construir toda una teoría acerca de un nuevo mundo de paz y estabilidad levantada sobre el simple desmantelamiento de las estructuras militares del Pacto de Varsovia y el retiro de las tropas soviéticas en Europa central, y ni siquiera sobre la construcción de sistemas democráticos y la transición a una economía de mercado en dicha región. Lo que está en juego es la construcción de un nuevo sistema general e integral de seguridad multilateral europea.

Una democracia no se construye con consejos contra el totalitarismo, mucho menos la democracia del libre mercado. De la crisis de la URSS depende la estabilización de los nuevos regímenes de la zona y la suerte del nuevo sistema de seguridad compartida; como dice acertadamente el presidente de Polonia, Lech Walesa, la URSS —o lo que queda de ella— es una superpotencia militar nuclear que no debe ser humillada.

Mal aconsejadas se encuentran las nuevas democracias eurorientales (y también las nuevas repúblicas bálticas) si consideran un eventual acercamiento a la OTAN y a la comunidad Europea (CE) como el gran ajuste de cuentas con Moscú. No se debe pensar en un nuevo alineamiento que generaría dos perspectivas igualmente negativas: el vacío total en lo que hoy ocupa la URSS, o el endurecimiento, tarde o temprano, de sus estructuras militares. En todo caso, se debería tomar en cuenta el dato verdaderamente nuevo y más importante de la desintegración de la URSS: el renacimiento de Rusia y sus nuevos zares como actores de la política europea y mundial probablemente al viejo estilo de la Europa del siglo pasado. Europa vuelve a ser Europa.

La cooperación de las nuevas democracias euroorientales con la OTAN debería complementarse con un acercamiento equidistante a otras instancias de alianza europeas, tales como la CE y la Conferencia sobre Seguridad y Cooperación en Europa (CSCE).

Una red de acuerdos bilaterales y multilaterales promovida por los países de Europa central y el acercamiento a la alianza militar de la Unión Europea Occidental podría sustituir a los antiguos sistemas de seguridad “bipolares” y considerarse una alternativa de “mal menor” ante una OTAN que no parece dispuesta a transformarse, pero sí a convertirse en el mecanismo del dominio unipolar en Europa.

DOS PACTOS

Publicado en

(aproximadamente agosto de 1991)

Sólo el sueño del poder ilimitado supera como ilusión descabellada al mantenimiento eterno de los secretos. Cuando ambas locuras se ven ligadas, estamos hablando de puntos culminantes en la historia de algún pueblo o grupo de Estados. Tal es el caso con la “cuestión báltica”, en el marco del famoso pacto URSS-Alemania del 23 de agosto de 1939 y de los arreglos que se le hicieron casi exactamente un mes después en vista del desarrollo de los acontecimientos. Para describir y comentar el primero se han utilizado mares de tinta, sobre los segundos prácticamente no se habló nunca, debido a una serie de intereses comunes sobreentendidos.

Esto es muy curioso, porque todo el oprobio y la indignidad contenida en las negociaciones entre Hitler y Stalin (que nunca se encontraron cara a cara) queda de manifiesto no en el primer pacto —con todo y sus “protocolos secretos”—, sino en los hechos que tuvieron lugar en el periodo inmediato posterior, mitad fijados como fait accompli, mitad establecidos en documentos. Vale la pena señalar esto, porque ahora que Lituania, Estonia y Letonia obtienen su independencia total y pasan a separarse por completo de la Unión Soviética, en la opinión pública se plantea sin más ni más este paso como una especie de desagravio histórico a los pueblos bálticos, que fueron supuestamente “regalados” a Moscú por Berlín con tal de tener las manos libres para comenzar la invasión a Polonia e iniciar con ello la Segunda Guerra Mundial. Es lamentable que asuntos tan complicados y delicados se presenten pre digeridos como un guion tipo: “historia: casos de la vida real”.

En realidad, se podría decir que no hubo un pacto soviético-alemán (el 23 de agosto de 1939), sino dos: el segundo firmado el 28 de septiembre del mismo años, 11 días después de que las tropas alemanas detuvieron un exitoso avance hacia el Este pasando sobre Polonia, una vez atravesada la línea de demarcación de la “esfera de intereses soviéticos”, establecida en los protocolos secretos del primer pacto.

En el primer pacto, las repúblicas bálticas estuvieron efectivamente incluidas en dicha esfera; con base en el segundo, Lituania pasó a integrarse a la “esfera de intereses” alemanes. Esto último tenía su lógica, no sólo porque de los “Estados limítrofes” —como despectivamente llamaban los gobiernos occidentales a los Estados bálticos— era el país situado más al Occidente, sino porque una vez que comenzó la guerra Lituania, a través del ministro Skripa, negociaba con Hitler su subordinación militar con tal de salvar su independencia estatal (si es que puede existir en realidad algo así).

El nuevo tratado, del 28 de septiembre, que en resumen implica una modificación de la línea de demarcación original, fue descrito públicamente por vez primera por historiadores soviéticos y polacos el 25 de mayo de 1989 como un conjunto de dos protocolos secretos, un protocolo confidencial, una declaración conjunta y algunas notas intercambiadas entre los Ministros del Exterior, Ribbentrop y Molotov. Son dos momentos ligados estrechamente, los cuales participaron los mismos actores, pero en situaciones históricas ya completamente distintas que merecen ser diferencias para no juzgar con emociones la decisión tomada por la diplomacia soviética en cada circunstancia.

El pacto Hitler-Stalin surgió de la imposibilidad de concretar una alianza francesa-británica-soviética para contener el peligro nazifascista (en Londres y París se escuchaba “enemigo común” pero se pensaban en el “enemigo comunista”), e igualmente, en el marco de las conversaciones secretas (no para Hitler) entre el Tercer Reich y Gran Bretaña a través de personeros suecos, que estuvieron a punto de llevar a Göring a Londres ni más ni menos que el mismo 23 de agosto de 1939.

¿Si un pacto soviético-alemán de no agresión era impensable entonces, porque habría de serlo un pacto alemán-británico? Ante la ceguera, el egoísmo y la desconfianza total de los susceptibles aliados de un pacto antihitleriano, resultó exitoso el doble juego de Berlín y “ganó” el primero que aceptó liberar a Hitler de su pesadilla de una guerra con dos frentes. Hay que dejar a los moralistas las reflexiones acerca de la indignidad de los “protocolos secretos” que entonces eran —y siguen siendo hoy— una práctica común de la diplomacia. Respecto al reparto de los países bálticos, cabe preguntarse también qué se supone que debería haber hecho Moscú, cuando el leitmotiv confesado de Hitler era aniquilar el “bolchevismo” tarde o temprano y se sabía que se preparaba un “segundo Munich” (el acuerdo Londres-Berlín que entregó Checoslovaquia a Hitler) en Londres. La falta de opciones para Moscú la reconoció hasta un trotskista tan acendrado como Isaac Deutscher en su famosa biografía sobre Stalin.

En cambio, el arreglo de la URSS del 28 de septiembre fue un pacto con el agresor que ya había iniciado sus planes expansionistas y roto sus propios compromisos con Occidente y con Polonia. Si bien la entrega de Lituania fue resultado no sólo del avance incontenible del ejército hitleriano sobre Oriente, sino de la curiosa guerra ya declarada por Francia y Gran Bretaña contra Alemania, en la que al principio no se disparó ni un solo tiro, no hay ni habrá nunca justificación alguna para la componenda de la diplomacia soviética con Berlín en el pacto del 28 de septiembre, en el que la URSS verdaderamente violó todos sus principios y entró al juego de comparsa de los invasores. Es allí donde se dio al traste para siempre con su delicadísima relación con los pueblos bálticos merecedores de un desagravio por vía de su independencia total de la URSS, pero para empezar una relación completamente nueva que retome las experiencias de la historia.

 

EL PADRE DE TODOS LOS INFORTUNIOS

Publicado en

(aproximadamente marzo de 1991)

La verdad es que ni siquiera los más optimistas estrategas de la “fuerza multinacional” contaron con una victoria así en la consecución de sus objetivos militares en la guerra el Golfo Pérsico. Fue solamente hasta el final —ya que como nunca se obstaculizó la libertad de información— cuando se pudo apreciar en serio el daño causado por el “ablandamiento” de decenas de miles de misiones aéreas sobre el enemigo. Casi no hubo enfrentamientos terrestres, y, sin embargo, los balances establecen una proporción de aproximadamente mil bajas iraquíes (entre civiles y militares) por una baja de la alianza multinacional. ¿Cómo se puede calificar este tipo de victoria? Estas proporciones son sintomáticas del carácter de la guerra frente a la que hemos estado a lo largo de todo este conflicto, sin que hayamos reparado verdaderamente en ello.

Se dice que en esta “guerra de las mil horas” Iraq perdió por las graves equivocaciones del comando de su ejército; incluso, se atribuye el movimiento principal a un error trágico en la disposición de las fuerzas iraquíes —gracias a una artimaña elemental del enemigo—; nada de eso cambia lo fundamental del resultado y sus proporciones, es decir, el hecho de que, aislado Iraq como estaba por su invasión a Kuwait, y legitimados sus enemigos por las resoluciones del Consejo de Seguridad (CS) de la Organización Naciones Unidas (ONU), el mundo testificó callado una de las guerras más desiguales y crueles de todos los tiempos. Saddam Hussein no cometió prácticamente ningún error en ese conflicto; solamente se equivocó en lo principal: el cálculo de que, bajo las nuevas condiciones del fin del mundo bipolar, era posible anexarse impunemente al vecino.

No se puede negar que las inmensas interrogantes que planteaba el nuevo orden de la posguerra fría permitían pensar en ésa y en mis posibilidades más. El “error” de Hussein fue simplemente la apuesta imponderable para sus fines a un mal cálculo; ahora tendrá que pagar por ello y pasará a la historia como el ambicioso caudillo que le hizo a su pueblo, y a todos los pueblos del Sur, el pésimo favor de poner todo de su parte para sentar el gravísimo precedente de organización de “fuerzas multinacionales” de países desarrollados, con comparsas del Sur, para frenar cualquier tendencia de uno o varios Estados que pueda ser considerada —justa o injustamente— como amenaza. ¿Amenaza a qué? Al nuevo orden mundial que acaba de comenzar.

Que este nuevo orden tiene ya desde un principio su dedicatoria, lo demuestra el hecho indiscutible de que sería imposible que se organice una fuerza multinacional para conseguir que Israel cumpla por fin las resoluciones del CS. Del mismo modo, ¿Se puede imaginar seriamente alguien que una multitud de países del Sur, digamos por ejemplo los más importantes de entre los No Alineados, estaría en condiciones de organizar una expedición punitiva en contra de alguna potencia o grupo de ellas? ¿Cómo conseguirían para ello la correspondiente legitimación, en qué “Consejo de Seguridad”?

No se trata de pensar en términos de “mientras peor, mejor”, y que por tanto debería haber muerto cuando menos un número simular de soldados aliados. La cuestión es mucho más profunda y grave: se trata de un nuevo acomodo de fuerzas en el mundo que nace de la peor manera posible: refrendado por la vía de las armas, por la violencia y por la fuerza.

Tampoco es lo importante las buenas o malas intenciones de quienes jugaron en este drama los papeles decisivos en la confrontación política o en el escenario de guerra. Lo verdaderamente trascendental es que a partir de ahora, y mientras no suceden cambios equivalentes por su profundidad a los ocurridos en Europa hace apenas unos meses, todo el esquema de relaciones internacionales de los más diversos actores deberá ajustarse al mundo unipolar con la hegemonía de Occidente, encabezado por Washington. El nuevo realismo y “pragmatismo” en cuestiones de política internacional deberá partir de ese dato. ¿O es que hay alguien que piense en serio en una próxima disolución de la Organización del Tratado, del Atlántico Norte (OTAN), a pesar de la desaparición del Pacto de Varsovia?

Es una lástima que empiece así la verdadera posguerra fría, ya que el mundo merecía mejor suerte después de haber sobrevivido sus propias tendencias autodestructivas desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Pero la verdad es que no se percibe absolutamente nada en el horizonte que permita suponer que los principales problemas globales de la humanidad, el peligro de una guerra mundial, el colapso ecológico y la catástrofe económico-social de los países más pobres, se pueden ahora resolver mejor bajo las condiciones del nuevo orden mundial unipolar; ni siquiera uno sólo de los problemas de Oriente Cercano ha adquirido visos de solución con el desenlace de esta guerra. Por el contrario, hay motivos más que suficientes para suponer que después de la fiesta por alcanzar la paz, por ahora despertamos con una resaca espantosa consientes por fin de qué fue lo que conseguimos sin darnos cuenta prácticamente.

La única vía para contravenir este sabor de triunfo de la fuerza bruta (en nombre del derecho y la justicia) es la realización de una conferencia internacional, para resolver la situación creada en Levante. Pero ¿quién se atrevería a disputarle al coloso su victoria y desafiarlo en sus planes?

PRESIDENTE CONVERTIDOR

Publicado en

9 de noviembre de 1992

A pesar de los mares de tinta que han fluido para comentar el contenido del cambio que implica la elección de William Clinton como presidente de Estados Unidos, vale la pena intentar un enfoque distinto: por asombroso que parezca afirmarlo, George Bush no tuvo que dejar el cargo por exceso de fuerza o agresividad, sino por falta de energía y calidad política suficiente para asegurar la anhelada “paz americana”. Haber sostenido a Bush más tiempo en la Casa Blanca hubiera significado mantener a la gran nación americana en un sendero equivocado y sin futuro, contrario a sus intereses.

En si es ya asombroso que Bush, vencedor de la guerra del Golfo y líder indiscutible (a la fuerza) del mundo occidental, quede como un perdedor electoral ante todo el planeta, para regocijo de sus enemigos. Además, ¿no es desconcertante que precisamente en la hora de la fiesta de la victoria sobre el socialismo, los estadounidenses sacrifiquen al hombre al que deberían atribuírsele todos los honores? Pero no se trata sólo de la pobreza política y la capacidad para ser manipulado —características del electorado estadounidense, que deja pálido de vergüenza a cualquier ideólogo defensor de la democracia a la americana— sino de algo más profundo.

Se dice que los votos a favor de Clinton fueron votos en contra de Bush, pero esta es una idea simplista y desde luego equivocada. La elección de Clinton implica el movimiento correctivo a 12 años de gobiernos con una política económica neoliberal (es decir, que sobrestima al mercado y desestima el factor “trabajo” en la producción), de carácter conservador y en el fondo antidemocrático en política interior, y finalmente con un esquema agresivo de confrontación en el exterior. En resumen: de toda una cosmovisión adecuada al esquema bipolar y a la guerra fría, correspondiente a los intereses de los sectores más chovinistas y recalcitrantes de la clase política, aliada a los nuevos ricos surgidos de la especulación financiera, el proteccionismo comercial y el negocio en grande del armamentismo. El fin de Bush es la muerte natural de la era de Ronald Reagan. Ya era tiempo que terminara.

No es casualidad que la atención principal en las campañas electorales se dedicó a los problemas del desempleo galopante, la seguridad social y la salud pública, el peligro de recesión económica, el medio ambiente, el déficit y la deuda del sector público. A Bush no le sirvió absolutamente de nada la victoria del Oeste sobre el Este, ni el papel de liberador de Kuwait en la guerra del Golfo. Clinton es el primer presidente en décadas que admite la militarización de la economía en Estados Unidos en contra de los voceros del así llamado “complejo militar industrial” y en favor de los círculos de poder más razonables que apoyan una “conversión” en gran escala de toda la industria y la tecnología de punta para fines pacíficos; tan sólo los recortes que se propone hacer al presupuesto del Pentágono y al proyecto de la “Iniciativa de Defensa Estratégica” (Guerra de las galaxias, de triste recuerdo) atestiguan un giro de 180 grados con respecto a Reagan. Los tres anteriores periodos republicanos fueron los gobiernos del armamentismo, Clinton será el de la “conversión” industrial (de la industria militar en civil), económica, política y social también, si bien este último nivel sólo al final.

Por un lado se trata ciertamente de un relevo clásico demócratas-republicanos, característico de la cultura política estadounidense (no hay más partidos, Ross Perot nunca tuvo realmente oportunidad). Pero por el otro, el “récord” de participación del 54 por ciento del electorado (que en otras democracias occidentales implicaría una crisis total del sistema político) refleja la necesidad de un giro radical en la combinación de las políticas económicas, interior y sobre todo exterior, que permita a Washington conservar su actual preeminencia mundial y desarrollarla a mediano plazo sin caer en confrontación con los viejos aliados occidentales o —de llegar a ese extremo— hacerlo con el respaldo mayoritario del pueblo estadounidense y una retaguardia económica suficiente y competitiva. Después de más de 10 años de vivir de prestado por encima de sus posibilidades y alimentar sin límites a los consorcios del armamento, la mayoría de la población estadounidense se encuentra saqueada y las finanzas públicas en una deuda sencillamente impagable. En estas condiciones no se puede exigir públicamente el liderazgo internacional (para colmo ya sin la amenaza del comunismo) ni asegurarlo, a menos de comenzar a dar a los aliados el trato que se otorgaba a los enemigos de antaño.

Para emprender la tarea de ubicar a Estados Unidos a la altura de las exigencias que implica su liderazgo en la posguerra fría, Clinton cuenta con muy buena plataforma de despegue: el 43 por ciento de los votos, 370 electores (de 538), una mayoría de 57 representantes en el Senado y de más de 250 diputados en la Cámara de Representantes, una votación negra, latina y asiática que oscila entre el 15 y 20 por ciento de su electorado, el respaldo de la clase media blanca y la neutralización del aristocracia (sin lo cual no hubiera sido posible su elección). Por si fuera poco, se ve acompañado de la novedad de un número record de diputados negros y de mujeres en el Congreso, así como un equipo de asesores excepcional.

Todo lo dicho no significa creer la tesis de un “nuevo Kennedy” favorable y tolerante para los intereses de los pueblos del Sur (Kennedy tampoco lo fue). Si hay algo en lo que Bush, Clinton y Perot estaban de acuerdo era en el America First. Clinton buscará el apoyo republicano en donde puede conseguirlo: en los aspectos decisivos de la política exterior; sin embargo, desplegará en un momento dado una línea independiente, ofensiva e incluso agresiva para con determinados frentes (Japón, Europa y los países del Sur). Si hay algo en lo que Clinton dejó la puerta abierta fue en cuestiones de política exterior cuando dijo: “ha cambiado la administración, pero no los intereses fundamentales” de su país. El electorado que llevo a Clinton al poder no es menos intervencionista ni considerado con el mundo exterior que el de Bush, pero si representa una base social mucho más amplia. Con la elección de Clinton, Estados Unidos ha dado un paso más seguro e inteligente hacia la “paz americana” que tres “guerras del Golfo”.

 

EFEMERIDES SIN CONTENIDO

Publicado en

18 de octubre de 1992

A pesar de todos los discursos sobre el quinto centenario del “encuentro de dos mundos”, sería difícil sostener que se avanzó realmente en la comprensión de su significado. Para algunos, la sensación es de alivio por haber dejado atrás esta conmemoración bastante incómoda. La iniciativa más valiosa al calor de este aniversario fue la cumbre iberoamericana, pero en realidad ésta tenía que haberse dado, quinto centenario o no de por medio.

Si se ha dicho hasta el cansancio que el fenómeno de la globalización impone enfoques planetarios, se debería ser consecuente con ello en el análisis de los últimos 500 años. El contenido real de lo que se ha llamado el “encuentro de dos mundos” (Europa-América) es sólo el capítulo del surgimiento del esquema bipolar Norte-Sur, que tuvo lugar en el continente Americano, pero al lado de otros “encuentros” equivalentes, como por ejemplo Europa-África, Europa-Medio Oriente y Europa-Asia durante los siglos XVI al XIX. En todos estos casos, siempre fue un mundo el que se encontró con los demás y les impuso su economía, su idioma, su modelo de acumulación, sus formas de gobierno, su religión y sus miserias. En ese orden.

El sentido de la expresión del Norte estribó en producir excedentes en el Sur, para transferirlos y acumularlos en las metrópolis. El subdesarrollo del Sur fue el resultado lógico del proceso histórico de expansión del Norte a nivel mundial, cuyas reglas del juego entre colonias y metrópolis rigen hasta el día de hoy las relaciones entre países desarrollados y subdesarrollados en el marco de la economía mundial. Comprender esto es esencial, porque todas las esperanzas para salir del atolladero en que se encuentran las naciones del Tercer Mundo se depositan ahora en un solo esquema: el de la economía de mercado, en cuyas raíces está precisamente el “encuentro de dos mundos”.

Lo que comenzó a suceder hace 500 años era históricamente inevitable y, en ese sentido, necesario. No se trata de reprocharle a Europa su desarrollo, en donde la industriosidad, disciplina y organización productiva de sus pueblos fue rasgo obligado para compensar la carencia de materias primas y tierras fértiles, con las que la naturaleza en cambio dotó a manos llenas al Sur. Pero, por otro lado, es inadmisible que el “encuentro de dos mundos” sea presentado sin más como una simple cita afortunada y neutral, hasta el extremo de una anécdota oficial. La manera relativamente austera y discreta en que España conmemoró el 12 de octubre de 1492 es un reconocimiento implícito de que aquel “encuentro” fue un choque sangriento, difícil y doloroso.

El atraco permanente de la mayoría absoluta de los pueblos del Sur, expresado en términos del Producto Social Bruto, de la producción industrial y agrícola, así como del ingreso per cápita, no es más que la continuación del proceso de polarización iniciado con aquel “encuentro”. Hoy en día, se mantiene el intercambio desigual entre el Norte y el Sur, se siguen deteriorando los términos de dicho intercambio y se afirma el monopolio por parte del Norte del recurso más importante: el progreso.

El subdesarrollo es no poder acumular, el atraso es su condición, la pobreza es su resultado. Según datos oficiales del último Human Development Report, publicado por el Programa de la ONU para el Desarrollo( UNDP, Oxford University Press), el 20 por ciento más rico de la población del planeta dispone del 82.7 por ciento del Producto Social Bruto mundial, del 81.2 por ciento del comercio, del 94.6 por ciento de los créditos, del 80.6 por ciento de los ahorros y del 80.5 por ciento de las inversiones autóctonas; en cambio, para el 20 por ciento más pobre de la población mundial los índices son 1.4 por ciento, 1.0 por ciento, 0.2 por ciento, 1.0 por ciento y 1.3 por ciento, respectivamente. Es decir, considerando la distribución inequitativa de la riqueza al interior de cada país, la población mundial “de primera clase” dispone 150 veces más riqueza que la de “quinta categoría” (el 20 por ciento más pobre).

Sobre la dinámica que lleva esta situación, habría que agregar que si para Latinoamérica los años 80 fueron una “década perdida”, el Sur en su conjunto ya lleva tres de estos decenios: el abismo entre el desarrollo del Norte y el Sur se incrementó, entre 1960 y 1989-90, 59 veces en terminados del Producto Social Bruto, 86 veces en términos del comercio mundial, 485 veces en cuanto a disposición de créditos bancarios y 82 veces en cuanto acumulación de ahorro interno.

No se puede intentar comprender el quinto centenario tan sólo a nivel de la identidad cultural en su sentido más amplio. Es imposible entender el contenido de esta fecha sin su secuencia lógico-histórica real: la que se establece entre lo que alguna vez se llamó “colonialismo” e “imperialismo”. Pero, ¿cómo emprender la tarea de comprensión, si pareciera que esos términos hubieran desaparecido de golpe de la faz de la Tierra —por el solo hecho de haberse derrumbado el “socialismo real”— o de plano que nunca existieron? ¿O acaso sólo tenían sentido en la medida en que existía también el “socialismo”? Hasta hace muy poco tiempo, hubo dos imperialismos y ahora ya no queda ninguno.

 

CUMBRE MONSTRUOSA

Publicado en

8 de julio de 1992

Algunas publicaciones europeas no poco influyentes llaman sin empacho alguno el encuentro del Grupo de Los Siete (G-7) “junta cumbre económica mundial”, como si se tratara de un encuentro “mundial” y se ocupará de asuntos puramente económicos. Pero la denominación admite que la reuniones de este mecanismo de concentración internacional dejaron de ser hace tiempo los encuentros breves, discretos y casi informarles, cuyas decisiones eran una parte, si bien muy importante, del sistema de las relaciones internacionales. El mundo bipolar limitaba al G-7.

Pero el monstruoso encuentro de ahora en Múnich — siete jefes de Estado, 28 ministros, cerca de mil 700 altos funcionarios y asesores, cuatro mil periodistas y una infinidad de guaruras— demuestra que esta junta de países poderosos se ha convertido, más que un mecanismo (legítimo) de concertación, en un Directorio deliberativo sobre los destinos de la humanidad, y por sobre todo, en el centro decisivo del Nuevo Orden Internacional. El G-7 involucra ahora a tres superpotencias occidentales poseedoras de armas atómicas (Gran Bretaña, Estados Unidos y Francia), que son miembros permanentes con derecho de veto en el Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas (CSONU). De las potencias restantes dos no requieren de armas atómicas para afirmar su poder e influencia; una de ellas ya reformó su Constitución para poder participar en acciones militares en el exterior (para poder “cumplir con sus responsabilidades internacionales”) y la otra también lo hará sin duda; ambas reclaman tarde o temprano alguna modalidad de participación en el CSONU con igualdad de “derechos y deberes”. Canadá ya cumple puntualmente con sus “deberes” enviando tropas a Sarajevo bajo la bandera de la ONU. Sólo Italia se ve ahora un poco al margen, pero desde luego que tendría algo que decir en el caso de que Japón y Alemania fueran muy lejos en sus aspiraciones. Exceptuando a Japón son todos los del G-7 miembros de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) o de la Unión Europea occidental (UEO).

Pero en donde más se revela el nuevo carácter adquirido por el G-7 es en la evolución de sus órdenes del día. Mientras que en las primeras cinco reuniones (1976-1979) el G-7 se ocupó propiamente de temas relativos a la coordinación de sus políticas económicas: crisis petrolera, tasas de interés, etcétera, a partir de la junta de 1980 realizada en Venecia y especialmente desde la de 1986 efectuada en Tokio, la coordinación política de las estrategias exteriores de los Estados miembros es cada vez más el punto central: combate al terrorismo internacional, carrera armamentista, crisis de la deuda del Tercer Mundo y desde luego derrumbe del sistema socialista. La última sesión de 1991 en Londres introdujo parcialmente la “membresía asociada” de la antigua Unión Soviética en el G-7 al nivel de la política monetaria, pero nada más, ya que Mijaíl Gorbachov siempre quiso reformar y mantener la URSS, que a pesar de todo nunca hubiera sido aceptada como miembro efectivo, ni siquiera como “Unión de República Soberanas”.

Con la decisión de dar a Gorbachov sólo “ayuda técnica”, pero no financiera, se contribuyó a sellar su destino, que se precipitó con el intento de golpe de Estado de agosto de 1991. Al finalizar el año, desapareció la Unión Soviética y de sus restos surgió la Federación Rusa, que por la vía del hecho consumado y con la complicidad del G-7 se proclamó heredera universal de las propiedades, posiciones e intereses de la ex URSS en todo el orbe. Seis meses después, el presidente ruso Boris Yeltsin acometió en Washington su intento más audaz para conseguir el estatus comercial de “nación más favorecida” y lograr el apoyo del presidente estadounidense George Bush ante el G-7: el acuerdo bilateral de disminución simultánea de cohetes nucleares intercontinentales más el inicio de un programa de cooperación militar ruso-estadounidense y de “otros Estados interesados” para conformar un sistema de protección conjunto contra ataques coheteriles. Los únicos Estados dignos y capaces de entrarle a algo así serían los del G-7. ¿Se trata acaso del germen de una especie de “Iniciativa de Defensa Estratégica del Hemisferio Norte” desde Alaska hasta Japón?

Cada quien tiene sus cartas propias en esta Cumbre: reducción de intereses, programa de apoyo a importaciones, programas de consolidación de las finanzas, etcétera; en general, se trata nuevamente de la coordinación de la política económica y monetaria a nivel mundial. Pero en realidad hay dos temas centrales: el desbloqueo de la Ronda de Uruguay del Acuerdo sobre Aranceles y Comercio (GATT) y ayuda para Rusia y la Comunidad de Estados Independientes (CEI). Pero Rusia y la CEI se encuentran ahora en una situación peor que la que tenía la ex URSS y Yeltsin tiene ahora menos que ofrecer de lo que en su momento pudo proponer Gorbachov, además de que cuenta con menos apoyo popular que aquél. Las exigencias de moratoria de deuda externa de Yeltsin no impresionan a nadie en Múnich. ¿Por qué habría de tenerse más clemencia con él que con Gorbachov, aunque esté dispuesto a declarar “banda criminal” a su ex partido y a cooperar como gendarme del “Nuevo Orden Internacional”?

A lo más, para Rusia y la CEI se aprobará un paquete por cerca de mil millones de dólares para el saneamiento de sus reactores atómicos (se requieren 12 mil). Su reconstrucción económica es demasiado costosa y su futuro demasiado incierto. Producto como es de una revolución sin revolucionarios, la economía de mercado sin empresarios es un aborto incapaz de interesar a los países industrializados en intervenir apoyando a un potencial competidor. Para sólo confirmar los 24 millones de dólares apresuradamente prometidos por Bush (sin consultar a sus aliados) en abril pasado, en “su” reunión para ayudar al Este, se requiere una carta aprobatoria del Fondo Monetario Internacional. El truco es que el Fondo Monetario Internacional (FMI) no dará un quinto hasta que Washington pague sus cuotas, que actualmente bloquea el Senado estadounidense. Ni modo, ¡qué se le va hacer!

RONDAS NADA MÁS

Publicado en

29 de Noviembre de 1992

Con su tajante rechazo al acuerdo reciente entre Estados Unidos (Carla Hills) y la Comunidad Europea (CE) sobre oleaginosas y vinos bajo la consigna “es inaceptable”, jalando tras de sí a la Asamblea Nacional, el gobierno francés parece haberse amarrado innecesariamente las manos. Pero sería equivocado pensar que este es un problema imprudencia política.

El problema de fondo es la crisis del Acuerdo General sobre Aranceles y Comercio (GATT), que se ha desplazado a la CE y es allí donde amenaza con explotar o puede ser resuelta. Con razón se dice que el acuerdo es el “capítulo agrícola de la Ronda de Uruguay (RU) del GATT”. De esta manera, la liberalización plena del comercio mundial —como la soñada clave de la bonanza y riqueza para todos los pueblos ante el fin de la economía dirigista— queda como un asunto entre potencias con intereses estrechos y casi irreconciliables. Pero incluso en el caso de que se llegara a una solución de último minuto en el conflicto EU-CE, no está de ninguna manera garantizado el éxito de la RU, en donde participan 108 países (en la primera Ronda de Ginebra, de las ocho que lleva el GATT, participaron sólo 23).

Al GATT se le conoce por sus rondas como al árbol por sus frutos. Se estima que de fracasar la RU se podría desatar una crisis mundial semejante a la de los años 30. En cambio, su éxito implicaría incrementar en 200 mil millones de dólares el comercio mundial y coadyuvaría a la recuperación de la economía internacional de su actual recesión; al fin y al cabo, está en juego la credibilidad de esta organización internacional y todos los valores sobre los que se sustenta. Pero estos argumentos no parecen suficientes para que los países más poderosos asuman su cuota de sacrificio.

Desde septiembre de 1986, en Uruguay (por eso se llama así) comenzó este ejercicio de negociaciones multilaterales que debió haber durado cuatro años. El balance intermedio de Montreal en diciembre de 1986 fue de por sí pobre. En diciembre de 1990, en Bruselas, se dijo de mil maneras que “no había fracasado” la RU, si bien no se cumplió el plazo inicial dado. No lo han podido destrabar ni siquiera, a pesar de todos sus costos políticos y sociales, una reforma agraria en Europa (la Política Agrícola Común, PAC, de mayo de este año), ni las así llamadas “cumbres mundiales económicas” del grupo de los siete países más industrializados, en Houston, Londres y la última en Múnich. Uno está tentado a afirmar que el propósito de verdadera liberalización comercial mundial fue demasiado optimista y esta quedando como la utopía del liberalismo económico por excelencia desde los años 50: la cláusula del país más favorecido para todos, por todos y entre todos; la ilusión del mercado perfecto elevado a estatuto del nuevo orden internacional.

En cierto modo, después de la Ronda de Tokio (1973-1979) parecían resueltos los problemas de liberalización comercial entre los países del Norte. A partir de allí, el nivel de las contradicciones de intereses comerciales internacionales parecía ubicarse en la relación entre el Primer y el Tercer Mundo. Sin embargo, surgió un nuevo proteccionismo respecto a determinados productos sensibles, que se expresó en refinadas formas “no arancelarias”. Este “neoproteccionismo” no es, en general, falta de seriedad ni ambición desmesurada de las partes, sino producto de un fenómeno objetivo: la economía de productos básicos se ha desvinculado de la economía industrial, economía industrial se ha desvinculado del empleo y el movimiento del capital financiero y el comercio han adquirido una autonomía inusitada de la producción material. Detrás de esto, está la reconversión industrial generada por la revolución científico-técnica que conduce a la pérdida de importancia de las materias primas e industria “tradicionales”. Ahora coexisten a nivel mundial dos clases de industria manufacturera: la “tradicional”, de la época de la reproducción ampliada extensiva (con aplicación extensiva de materiales), y la nueva industria, apropiada para la reproducción ampliada intensiva (con aplicación intensiva de know how y la información). Ya se sabe que esta nueva situación genera una división internacional del trabajo y nuevos esquemas de intereses no sólo entre el Sur y el Norte, sino al interior del Norte mismo (como ejemplo, recuérdese la “dependencia” de Estados Unidos y Europa de la microelectrónica japonesa) e incluso cambios profundos en los modelos económicos tradicionales de desarrollo y crecimiento. ¿Qué margen queda de “buena voluntad” ante procesos objetivos de este calibre?

Consciente de esto, fue Estados Unidos el que propuso incluir en la RU las cuestiones de la economía agrícola, los servicios, las “inversiones ligadas al comercio” (Trade Related Investment Measures, TRIM), e incluso los aspectos de la propiedad intelectual (Trade Aspects of Intellectual Property Rights, TRIP’S). Pero el resultado fue una agenda demasiado amplia, ambiciosa e irreal. Entretanto, las negociaciones han durado demasiado y es imposible desestimar criterios puramente políticos, ideológicos y de estrategia, que tienen que ver con la correlación de fuerzas para el nuevo orden mundial (no se debería olvidar que la RU se inició cuando ni los más audaces soñaban con el derrumbe del socialismo antes de que terminara). Pero ahora la RU debe tener forzosamente una culminación, porque el “fast track” para Washington termina dentro de sólo cuatro meses. Después de eso, se podrá discutir en términos intelectuales si fracasó o no en realidad, o si se frustró desde ahora.

De las opciones fundamentales para enfrentar la competencia internacional por los mercados, se ha impuesto la de organizar la competencia en sus dos opciones principales por igual: “rondas” del GATT y zonas de libre comercio. El peligro es que ahora los bloques surgidos de la competencia organizada podrían tender a considerarse la alternativa a la RU. Pero ello equivaldría a una renuncia a las ventajas de la misma nueva división internacional del trabajo. Esto sería una puñalada en la espalda de los Estados del Sur que han aceptado cambiar radicalmente su economía para insertarse efectivamente en el mercado mundial. ¿Acaso se supone que, si fracasa la RU, las siguientes rondas monstruosas serán entre bloques comerciales?

 

FIESTA PÚBLICA, ANGUSTIA PRIVADA

Publicado en

3 de octubre de 1992

Con el resultado del referendo francés sobre la ratificación del Tratado de Maastricht para la unión económica, monetaria y política de Europa, sucede lo que con el fin del socialismo real y del “esquema bipolar”: se celebra en público, pero se vive con angustia en privado. Con una abstención del 30 por ciento, el 51 por ciento de los franceses dijo a Maastricht y el 49 por ciento no. Es una victoria extraña ésta, en donde los perdedores están felices y los ganadores angustiados. La clave para entenderlo se encuentra no sólo en el margen mínimo en cuestión (en Dinamarca el rechazo a Maastricht fue también por margen mínimo: 51.05 por ciento en contra, 48.95 por ciento a favor), sino en dos factores más importantes: el voto en contra provino de los “sectores populares” y éstos fueron eficazmente liderados por la derecha más recalcitrante. La izquierda retrógrada también llamó a votar por el no, pero nadie creería que esto influyó realmente en el resultado, ahora menos que nunca.

Entre los principales motivos para el , los franceses indicaron, según una encuesta local, la paz en Europa (73 por ciento), que prosiga la construcción europea (63 por ciento) y enfrentar la competencia estadounidense y japonesa (51 por ciento). Pero también los del no tenían buenas razones: proteger la soberanía de Francia (58 por ciento), rechazo a la euro tecnocracia (57 por ciento), miedo ante Alemania (41 por ciento) y votar contra el presidente francés François Mitterrand (40 por ciento). Mientras que un 60 por ciento de los obreros y campesinos votó contra la ratificación, 65 por ciento de los empleados y ejecutivos medios la aprobaron; la mayor tasa de aprobación se ubicó entre los “managers” y profesionistas liberales (68 por ciento). Por el votó el 52 por ciento de los electores hombres y el 50 por ciento de las mujeres. Entre los partidarios del predominaron las personas de 50 a 65 años. El voto urbano fue a favor y el voto rural en contra. Es visible que el electorado “sencillo” decidió su no por consideraciones conservadoras, relativamente irracionales y estrechas de miras; en cambio, el electorado más refinado y culto decidió su por consideraciones complejas y cosmopolitas. Fue la abstención relativamente alta lo que salvó a Maastricht, que sólo fue aprobado por el 35 por ciento del electorado, a pesar de que dos tercios de los políticos y de los partidos llamaron a votar por el .

En general, la discusión sobre Maastricht en Europa es, como fue en Francia, un debate entre derechas. Es decir, el resultado no demostró ninguna vocación progresista-internacionalista de los gobiernos de centro y centro-derecha que predominan hoy en Europa, ni desenmascara el contenido chovinista y anti progresivo de la oposición de ultraderecha; lo que si revela es el carácter poco popular del proyecto de Maastricht entre los sectores mayoritarios, que no tienen sus intereses reales en la libre circulación del capital, mercancías y mano de obra. No son lo mismo el internacionalismo y la internacionalización de los negocios.

El argumento de que “al pueblo no se le ha informado bien lo que es Maastricht” es ahora insostenible; en Francia se discutió hasta la saciedad. El hecho es que el europeo común no ve porque ha de “pagar la cuenta” de los equilibrios macroeconómicos y monetarios en Europa con su trabajo, ahorros e impuestos en nombre de un “ideal europeo” aún muy vago e incierto. Aquí es donde está la raíz del así llamado “déficit democrático de la construcción europea”, que induce a temer la pérdida de identidad y a ser gobernados por “una tecnocracia” apátrida. La ultraderecha, por su parte, tan sólo cumple su labor al hacerse eco de estas inquietudes y aprovechar el aislamiento de las élites sociales y políticas de la población en cada país.

Los “Estados Unidos de Europa” (EUE) fueron siempre una consigna de la izquierda europea, que corresponde realizar ahora al centro y la centro-derecha, pero con un contenido distinto por completo del ideal original, que era un concierto internacionalista popular bajo un orden social no capitalista a nivel continental. La idea de los EUE a fines del siglo pasado era rechazada por las capas sociales medias y altas y la resistencia de los gobiernos nacionales, mientras que encontraba simpatía en las clases bajas. Hoy la situación es completamente a la inversa.

Entre el rechazo danés y la incertidumbre británica se mantiene un círculo vicioso; además, está la recesión económica en algunos de los países miembros de la Comunidad Europea (CE) y los conflictos de interés en el seno del Sistema Monetario Europeo, que dificultan aún más la tarea de hacer aceptable un Maastricht desprestigiado. ¿Cómo mejorar el Tratado sin renegociarlo y resolver estos problemas antes de 1993?

A pesar de todos los desmentidos, queda la variante de la integración de acuerdo con las condiciones económicas y políticas de cada país, es decir, la “Europa de dos velocidades”, tan combatida de palabra por la CE. Pero, ¿acaso no es mejor una Europa de dos velocidades que una Europa paralizada? Pero entonces, ¿para qué Maastricht?

EL NOMBRE Y LA ROSA

Publicado en

23 de noviembre de 1992

Dice una vieja sentencia latina que en el nombre está el destino. La verdad es que, destino o no, el nombre es algo muy importante. Por ejemplo, el nombre oficial de nuestra patria se llama Estados Unidos Mexicanos, lo cual se olvida con frecuencia y no falta quien habla de una “República Mexicana”. Los mexicanos no tenemos inconveniente en que a nuestra nación se le llame “México”, que es un nombre bello e inconfundible. Pero esto es porque, tanto en sentido estricto como figurado, México sólo hay uno.

En cambio, para otros países sus problemas comienzan desde cómo se llaman o deben llamarse. Al respecto hay una lista de ejemplos bastante larga. Un problema muy actual es el de un pequeño, pero aguerrido país balcánico que se llama República (de) Macedonia que no ha podido conseguir su reconocimiento diplomático después de independizarse de lo que fue la República Socialista Federativa de Yugoslavia porque el vecino inmediato, Grecia —que se llama República Helénica— se opone con todo lo que está a su alcance a que se admita a aquel país en el concierto internacional con el nombre que desea: Macedonia. Según el gobierno de Atenas, Macedonia no debe llamarse así, sino “Skopje”, nombre de su ciudad capital.

Se trata de un problema más de nacionalismos, en una región que arde por los conflictos étnicos, religiosos y nacionales, que mal resuelto podría conducir a complicar aún más la situación de la zona y generar una nueva guerra o un conflicto prolongado, al lado de donde ya ahora tienen lugar guerras civiles atentatorias a las buenas conciencias de la tierra.

Grecia argumenta ante el mundo y sus aliados de la Comunidad Europea (CE) que Macedonia no es un Estado sino una comarca geográfica e histórico-cultural; por lo mismo, aceptar el nombre de Macedonia para la república independizada significa aceptar de hecho las posturas de los chovinistas de ese país que reclaman una “Gran Macedonia”, que se extendería a Bulgaria, Albania y desde luego al norte de Grecia hasta Tesalónica (que sería la nueva capital).

En esto tienen algo de razón el jefe gobierno helénico, Constantin Mitsotakis y su Ministro del Exterior, Papakonstantinou, ya que en Macedonia liberada del socialismo (no el “real” sino el “autogestionado”) se publican los mapas del país con su “zona de ocupación” bajo el “terror griego” y se disputa la paternidad de Aristóteles y Alejandro Magno. Pero aparte de estos detalles aparentemente superficiales (imaginarse lo que pasaría si en México se publicaran mapas que incluyeran a California, Arizona, Nuevo México, etcétera en el territorio nacional), lo que sí es muy grave es que la Constitución prevé la posibilidad de extender las fronteras por acuerdo del Parlamento, es decir de anexarse nuevos territorios. Tal es este expansionismo de país pobre.

Sin embargo, para que no se diga que no hay buenas intenciones, Atenas está dispuesta a reconocer también a su vecino eslavo e incluso otorgarle ayuda para el desarrollo, con tal de que se busque otro nombre que no sea “Macedonia”. Esta actitud es ya suficiente para que la oposición socialista acuse a Mitsotakis de traición a la patria, mientras que los comunistas griegos están de acuerdo con el nombre Macedonia y reprochan al gobierno su política de gran potencia. Para entender la situación, baste imaginar lo que para nosotros significaría la pesadilla de que otro Estado vecino o ex integrante de la Federación se autoproclamara “México”. Como se ve, se trata de un asunto sumamente serio que va más allá de sólo un hombre u otro.

El problema es del mismo tipo que conmueve a toda la zona de los Balcanes (tergiversaciones de espectadores “imparciales” y “humanitarios” aparte): se origina en los intereses estratégicos de las élites políticas y económicas nacionales que se reparten los restos del viejo régimen (acceso al mar Egeo en primer lugar). Pero como suele suceder con todos los gobiernos conservadores, al de Atenas no se le ocurrió otra alternativa que diseñar una línea política que evite ante la población el análisis autocrítico de su papel en el surgimiento de los problemas. Optó por el camino de apelar a los “instintos bajos” de su población y concentrar toda la atención en el problema del nombre, con lo cual se metió pronto a sí mismo en un callejón sin salida: al presidente de Macedonia y su Ministro del Exterior, Kiro Gligorov y Denko Maleski, les ha bastado con acudir también a la cuestión “de principios” de que una nación tiene el derecho de autodesignarse como le dé la gana.

El resultado ha sido que el tiempo pasa y los principales socios de Atenas en la CE pierden poco a poco la paciencia que tuvieron en la última reunión Cumbre de la CE realizada en Lisboa (de donde salió el presidente francés Francois Mitterrand a su temerosa empresa en Sarajevo), cuando todavía pensaban que Atenas y Skopje-Macedonia llegarían a un acuerdo de compromiso en unos cuantos meses. Ocupados como están los europeos con el problema de la guerra civil en el territorio de la ex Yugoslavia —desde distintos puntos de vista e intereses contrapuestos—, en las dificultades del proceso de Maastricht y en una eventual guerra comercial con Estados Unidos, los principales actores de la CE (algunos de ellos aliados en la Organización del Tratado del Atlántico Norte) no tienen tiempo para atender los reclamos del socio menos importante después de Portugal. En la próxima Cumbre de la CE en diciembre en Edimburgo lo más probable es que Atenas se vea finalmente aislada y condenada a ceder en su posición, con consecuencias muy negativas en política interior.

En este callejón sin salida el gobierno griego no sabe qué hacer. Si suspende suministros comerciales a Macedonia para presionarla queda ante una parte de la CE casi como un agresor egoísta que castiga al pueblo y arroja combustible a la crisis de la zona; si mantiene sus suministros comerciales y de petróleo, la otra parte de la CE lo acusa de sabotear el embargo a la nueva Yugoslavia (con la que simpatiza), impuesto por el Consejo de Seguridad de la ONU (a pesar de que Bulgaria, Rusia, Turquía y Rumanía al parecer también lo hacen). Lo único que les falta a los helenos es que el nuevo gobierno de William Clinton en Washington tome la iniciativa y reconozca Macedonia antes que los europeos. En resumen, la cuestión de Macedonia se podría formular parafraseando a Umberto Eco: en el fondo “no se trata del nombre, sino de la rosa”.

FORMAS Y CONTENIDO

Publicado en

12 de julio de 1992

“La forma es contenido”, dicen los diplomáticos de todo el mundo como sentencia característica del sentido de su trabajo. Por el “fondo” se entiende aquí no sólo el respeto al protocolo, sino también la manera en que se ajustan los Estados y sus representantes al derecho internacional, ya que esto dice mucho de los fines que se proponen.

Lamentablemente, en los últimos tiempos se han “aflojado” las buenas costumbres y el derecho internacional, que se ven sustituidos casi cotidianamente con hechos consumados en el peor sentido de la palabra. En las últimas dos semanas destacan dos casos en torno al mismo conflicto: la visita del presidente de Francia, Francois Mitterrand, a la ciudad de Sarajevo en plena guerra civil, y la entrada en escena de Milan Panic como “primer ministro de Yugoslavia” a dicha guerra civil.

Después de que Francia veló constantemente por evitar que la Comunidad Europea (CE) se comprometiera en un bloqueo contra Belgrado, resulta que apenas terminada la cumbre de la CE en Lisboa a fines de junio, Mitterrand se sube al avión y sin consultar ni decir a nadie sus planes se otorga a sí mismo el papel del primer concretizador de los acuerdos de Lisboa. Si él pudo llegar y salir con vida, ¿por qué no habrían de ser posibles los envíos de ayuda humanitaria, después de las tropas que deben protegerlos, seguidas de las que se requieren para “poner orden” y, posteriormente, del capital necesario para reconstruir lo que quede del conflicto? Uno se puede imaginar al presidente de los franceses en pleno vuelo hacia Sarajevo con la sentencia napoleónica en los labios: “on s’engage et puis on voit” (“uno le entra y después veremos”).

Mucho se ha discutido sobre el contenido y fines de esta visita, pero demasiado poco sobre las formas de que se acompañó. Ya en la última Asamblea General de la ONU, Francia expresó su punto de vista en el sentido de que “por razones de ayuda humanitaria” se puede, es decir se debe, intervenir en asuntos ajenos. Ahora tenemos que, sin mediar invitación, ni acuerdo, ni consulta con nadie, el presidente de una potencia puede dirigirse a un territorio extranjero en una zona en conflicto cuando más oportuno le parezca, para intervenir como considere correcto y arrastrar a sus socios a “seguirle” en su empresa. Si al leer estas líneas alguien piensa que “apelar al derecho internacional y al protocolo, es decir a las formas, mientras urge la ayuda humanitaria es digno de ingenuos y académicos”, entonces no cabe duda de que el viaje de marras está cumpliendo uno de sus propósitos. ¡Cómo no se nos ocurrió esta idea antes para Líbano, Camboya, Panamá, Granada, Afganistán, Haití, etcétera! ¿Sería aplicable en Nagorni-Karabaj y en la zona moldova-rusa del Dniéster? ¿Podría extenderse esta intervención también a las zonas palestinas que ocupa Israel, y a Sudáfrica en caso de una guerra civil? ¿Tiene algún límite la ayuda humanitaria?

Pero hablando de hechos consumados, al escenario yugoslavo se arrojó también otro temerario: Milan Panic, que es estadounidense de origen serbio y anunció que deseaba gobernar su ex patria, para lo cual estaba dispuesto a renunciar a su ciudadanía estadounidense temporalmente (!). De repente se le consideró en los principales medios de difusión internacionales “primer ministro de Yugoslavia”, y sus opiniones se toman en cuenta a tan alto nivel, que la decisión de excluir a lo que queda en Yugoslavia de la Cumbre de la Conferencia de Seguridad y Cooperación Europea (CSCE) durante cien días coincide completamente con el periodo que pidió Panic para “poner orden” en su nuevo país (la exclusión no fue para él, que se presentó a la reunión). Pero lo curioso es que uno no puede encontrar en ninguna fuente quien llamó a Panic a Belgrado, mediante qué acto jurídico formal fue investido, cuál fue la instancia legal que legitimó su designación al cargo, con base en qué precepto constitucional, etcétera. Y lo peor de todo es que algunos suponen que estos detalles (¿de “forma”?) no tienen la menor importancia.

Después del viaje de Mitterrand, Francia, Gran Bretaña, Noruega, Estados Unidos y otros iniciaron el ansiado “puente aéreo”. En las resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU 758 y 761 se dijo que “por todos los medios” (como en la 678 sobre la guerra del Golfo) debe estar abierto el aeropuerto de Sarajevo, por lo que Canadá envío mil soldados bajo la bandera de la ONU para protegerlo. Entre tanto, enfrente de la costa dálmata se pasean seis barcos de guerra de la Sexta flota de Estados Unidos, cuyo presidente “no excluye entrar en acción” para no quedar detrás en esta alta hora de la moral internacional.

Después de que Mitterrand, la CE, el G-7, el Consejo de Seguridad (y hasta Panic) se decidieron a actuar, la CSCE tiene que seguir en el mismo rumbo. Todo esto es desde luego por ayuda humanitaria. Lo malo es que para satisfacer la mitad de las necesidades de alimentos y avituallamientos para la población civil se necesita un puente “non stop” de cien toneladas diarias de alimentos, para defender el aeropuerto de Sarajevo y asegurar los corredores aéreos se requieren 25 mil hombres cuando menos, y para abrirse a tiros un corredor terrestre se requerirían 100 mil hombres. Una vez por ese rumbo, ¿quién se acordará ya de guardar las formas del contenido de nada?

SEPARACIÓN DE TERCIOPELO

Publicado en

1 de julio de 1992

Nada más eso faltaba, que en el devenir del nuevo orden europeo, que va adquiriendo un asombroso parecido con el viejo orden de principios de siglo, checos y eslovacos quedarán unidos como si nada hubiera pasado en este mundo. Algo tiene de simbólica la situación: el orden de Europa a principios de siglo comenzó con el surgimiento de la Rusia Soviética y se coronó con el derrumbe del Imperio Austro-Húngaro de donde surgieron, entre otros, Checoslovaquia y Yugoslavia. Ahora que se derrumbó la Unión Soviética y Yugoslavia se cayó a pedazos, ¿por qué habría de mantenerse unida la República Federativa Checa y Eslovaca (RFChE)?

La Revolución de Terciopelo fue —después de la caída del establecimiento del “primer gobierno no comunista” esteuropeo en Polonia y la caída del Muro de Berlín— el siguiente gran acontecimiento de liberación para los pueblos checo y eslovaco. Pero la experiencia demuestra en este caso, al igual que en el de la extinta Yugoslavia y la ex URSS, que algo tiene el nuevo rumbo adquirido que no facilita, sino por el contrario dificulta el entendimiento entre los pueblos y nacionalidades, pero no entre sus élites gobernantes, al menos en cierto sentido.

La división de la RFChE acordada entre Vaclav Klaus y Vladimir Meciar, líderes de los bloques políticos dominantes de la República Checa y la República Eslovaca, respectivamente, es el resultado de una negociación donde cada uno trata de sacar el mayor provecho, pero atribuyendo al otro una decisión previamente tomada. Cuando hace más de dos años la población checoslovaca se liberó del “socialismo real”, en lo que menos tenía interés era en desintegrar su Estado, que gozaba de la economía más sólida y el mejor nivel de vida entre los países de Europa del Este, ¿cómo decirle a esa población que ahora checos y eslovacos, cada uno en su Estado, deberán hacer sacrificios para revitalizar sus respectivas economías?

En principio, parecería que fue el nacionalismo eslovaco el culpable de esta nueva separación; sin embargo, el éxito obtenido por Meciar tuvo a su favor: el hecho de que el nuevo régimen en la RFChE no significó ni de lejos una política económica que cambiara el tradicional trato económico desventajoso para Eslovaquia —también durante el “socialismo real”— por parte de Praga, al contrario. A la República Checa (RFCh) le corresponde el 68 por ciento de la población, el 70 por ciento del Producto Nacional Bruto (PNB), adquiere el 73 por ciento de las divisas de la RFChE y su decrecimiento económico y cuota de desempleo en febrero de 1992 fueron de “sólo” 31 y 3.7 por ciento, respectivamente. En cambio a la República Eslovaca corresponde el 32 por ciento de la población, el 30 por ciento del PNB, adquiere sólo el 27 por ciento de las divisas y su decrecimiento económico y cuota de desempleo son del 47.1 y 12.3 por ciento, respectivamente. En la “privatización popular”, como se le ha llamado a la venta masiva de acciones de las empresas ex estatales, le ha correspondido a la RFCh el 66 por ciento de las empresas y el 69% de las acciones, mientras que Eslovaquia se ha tenido que conformar con el 44 y 31 por ciento restantes.

Ambas partes de la RFChE son industrializadas, pero Eslovaquia es más “agraria” y la principal industria que le heredo el “socialismo real” fue el armamento, los televisores y un poco de turismo. Nada más. Praga contará más con las eventuales y reales inversiones de capital (hasta ahora 79 por ciento del total, 21 por ciento para Eslovaquia) y la simpatía política evidente de los países más poderosos de Europa Occidental, a los que Eslovaquia le parece casi una nación asiática. ¿A quien le conviene más la separación a final de cuentas?

Maciar y su Movimiento por una Eslovaquia Democrática (MED), en curiosa alianza con los partidos de la Izquierda Democrática (ex Partido Comunista) y Nacional, buscan, más que liberarse de la carga económica de Praga, apoyar el interés de las nuevas y viejas elites políticas eslovacas por el mantenimiento de sus posiciones de poder, con la esperanza de levantar su economía sobre la industria del armamento. Para Klaus y su Partido Democrático Cívico (PDC), al lado de la Alianza Ciudadana Democrática (ACD), la secesión de Eslovaquia es un duro golpe, pero al fin y al cabo también una liberación de la carga del “Mezzogiorno” eslovaco, que le permitirá instrumentar la introducción de la economía de libre mercado sin necesidad de compromisos. Ambas actitudes explican el carácter “de terciopelo” de este reparto en forma de su país.

En ambos casos, justo cuando más se requería aprovechar bajo nuevas bases las posibilidades de complementación económica checa y eslovaca, se procede a desintegrar el país. Lo mínimo que deben hacer es preguntarle a aquellos que se manifestaron y llevaron a cabo la Revolución de Terciopelo su opinión mediante un referendo, tal como lo propone el presidente Vaclav Havel. Pero es digno de atención el pobre eco que hasta ahora ha merecido está idea en Meciar, Klaus y sus partidarios y, por cierto, también entre algunos poderosos observadores internacionales.

CHINA: SUPERIORIDAD MILENARIA

Publicado en

11 de octubre de 1992

China es el único Estado miembro permanente con derecho de veto en el Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas (CS-ONU), que al iniciar el presente siglo no era país desarrollado o potencia colonial, sino un país subdesarrollado y repartido colonialmente en gran parte de su territorio, gracias al proceso que inició a partir de la llegada del primer buque inglés a Cantón 1637. Por otra parte, después del derrumbe estrepitoso del sistema socialista y de su sistema de alianzas económicas, políticas y militares (el “bloque oriental”, en el que Beijing se escribió sólo por un tiempo), China es el único Estado “sobreviviente” de un paradigma económico social distinto al de los demás miembros permanentes del consejo. Todas las “culturas políticas y sociales” de los integrantes del CS-ONU fueron alguna vez proteccionistas en el comercio mundial, pero China fue verdaderamente autárquica y la que más tarde consiguió su independencia nacional y su soberanía estatal, a pesar de que China lleva a las demás culturas occidentales del CS-ONU una “delantera” de más de mil 500 años.

La dirigencia chino está plenamente consciente de que cualquiera que sea la conformación del nuevo orden mundial, este tendrá que contar con la presencia de China como factor de equilibrio mundial en general y en la región Asia-Pacífico en particular. Es de esperarse que la dirigencia china jugará cabalmente la carta de una nación imposible de aislar y difícil de comprometer sin concesiones de alto costo. China es un “enano económico-gigante político”.

De los países integrantes de la cuenca oriental del Pacífico en 1987-1988, correspondía a China (es decir a la República Popular de China, sin Formosa, Hong Kong y Macao) sólo el 11 por ciento el Producto Interno Bruto (PIB), el 7.4 por ciento de las exportaciones y poco menos del 10 por ciento de las importaciones, pero al mismo tiempo casi el 70 por ciento de la población de dicha zona. Los indicadores económicos principales revelan claramente la dinámica y profundidad de los cambios en el país: en 1991, el crecimiento del Producto Social Bruto (PSB) en términos reales es (7 por ciento) superó al de todos los vecinos de la cuenca oriental del Pacífico, la producción industrial se incrementó en 14 por ciento y las exportaciones en casi 16 por ciento, a contrapelo de las tendencias recesivas en el comercio mundial. De acuerdo con el GATT, la RPCh pasó del lugar 34 al 13 en el comercio mundial. Bastaría con señalar la dimensión del país (9.4 millones de kilómetros cuadrados, sólo superada por la Comunidad de Estados Independientes y Canadá), su posesión de armamento atómico y la dimensión de su ejército, así como su posición geográfica estratégica y su calidad de miembro permanente con derecho de veto en el CS-ONU, para darse una idea de su importancia geopolítica como factor de estabilidad y de paz a nivel mundial, ahora y en el futuro. El “nuevo orden internacional” no puede pasar a China por alto.

Por otro lado, se trata el único país de importancia económica, política y militar indiscutible que sigue orientándose por el modelo de economía socialista planificada. Es decir, el sistema socioeconómico y político surgido de su revolución popular de 1949 se mantiene y, en ese sentido, la existencia de la RPCh, con su socialismo de partido único oficial, implica un factor de importancia de confrontación político-ideológica aún no del todo superada, cuestión que suele ser olvidada con asombrosa facilidad.

La paradójica idea que inspira la reformas en China es que mediante la adopción de elementos del sistema capitalista se llegará a una riqueza y bienestar que demostrarán la superioridad del sistema socialista adecuado a las condiciones nacionales de China, mercado y plan no son factores contrapuestos sino mecanismos de coordinación diversos que coexisten y se complementan. Dicho rumbo afirmará, además, el papel de China en el concierto internacional —especialmente ante los países de la región— como potencia internacional factor de paz y equilibrio. Este proceso a través de las etapas “economía mercantil socialista”, “socialismo desarrollado” y “comunismo”, durará aproximadamente cien años.

Tal vez tomando en cuenta las experiencias dolorosas de los antiguos países socialistas, en primer lugar de la ex URSS, China parece no estar dispuesta a emprender una revolución sin revolucionarios, es decir, instaurar una economía de mercado sin empresarios. Por un lado, se dan importantes éxitos de las empresas privadas, en cooperativas y en asociación con capital extranjero y, por el otro, se mantienen innumerables empresas estatales subvencionadas, que son en definitiva la causa principal del crecimiento del déficit estatal. Esto último no escapa a la dirigencia china, que sin embargo no proyecta privatizar la economía toda, sino hacer más eficiente y competitiva la economía estatal para evitar en todo caso “terapias de choque” que pongan en riesgo la estabilidad económica, social y política.

En la RPCh la ideología dominante es el cambio gradual y de largo plazo con base en las fórmulas de compromiso. Desde luego, ha habido periodos de rompimiento total, pero estos se caracterizan por sus fracasos estrepitosos. Baste como ejemplos el Gran Salto Adelante de 1958-1961, la Revolución Cultural de 1966 y el fin brusco de las comunas en 1978. La actual política de reformas de la dirigencia comunista podría formularse mediante la paráfrasis “socialismo en la sustancia y capitalismo como medio”, o sea que la fase de la “economía socialista de mercado”, implica hacer uso con entusiasmo de todos los recursos “capitalistas” para devolver al socialismo su superioridad, pero con una condición: primacía de la privacidad “socialista” (estatal) en la búsqueda de un bienestar común sin polarizaciones sociales.

En esta vía de “reforma y revolución” son todavía cuatro los principios fundamentales previstos desde 1979 para las transformaciones en China lo que mantiene cohesionadas a las corrientes político-ideológicas en el Partido Comunista Chino (PCCh): éste es la única fuerza política dirigente, el socialismo como el único camino, la “dictadura del proletariado” es la única vía y el marxismo-leninismo y el pensamiento de Mao Zedong es la única guía ideológica valedera. Hay otro principio compartido pero no formulado: la superioridad de la milenaria cultura china, que le permitiría jugar en el futuro su papel de “país central” en la arena internacional como una potencia rica y poderosa.

HUMANITARISMO ARMADO

Publicado en

22 de diciembre de 1992

No cabe duda de que el genial estratega de política exterior Henry Kissinger es un estadounidense a carta cabal, verdaderamente consciente de los intereses nacionales de su país. Por lo mismo, en las conclusiones de un reciente artículo suyo acerca de la intervención militar estadounidense en Somalia, bajo el cobijo de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), recomienda urgentemente tres cosas: 1º. “operaciones militares en las que participen exclusivamente fuerzas de Estados Unidos deben finalizar lo más pronto posible”; 2º. “los contingentes militares deben ser desde el principio de composición mixta; la participación estadounidense en estas fuerzas multinacionales debe ser calculada para un periodo breve, establecido exactamente, y reducida a un volumen razonable” (sic), y 3º. “el aspecto político (de una intervención militar debe ser inmediatamente internacionalizado y) para el caso de Somalia en concreto instrumentado con una ponente africana”. En pocos discursos se podía encontrar un mejor resumen de las principales lecciones de la experiencia de EU en la guerra del golfo Pérsico, que casi de nada sirvió a George Bush en la búsqueda de su reelección como presidente. Más bien al contrario.

Cabe mencionar otro enfoque parecido sobre el mismo asunto, sólo que más directo, superficial y brutal, que es el del embajador estadounidense en Kenia, Smith Hempstone, quien se pregunta cuál es el sentido de salvar de la inanición a “decenas de miles de niños somalíes en 1993, que con toda probabilidad morirán de lo mismo en 1994” y cuestiona hasta dónde quiere llegar Washington en Somalia: “¿Surtir víveres y cuidarlos, cazar los guerrilleros, fundar un Sistema de Derecho, construir… un ejército, fomentar partidos políticos, organizar elecciones libres y pluralistas?” ¡Todo eso —agregaríamos nosotros— en un país atrasadísimo sin industria, petróleo ni materias primas, y en una región donde ya tiene el pentágono suficientes recursos de acción estratégica!

La diferencia entre Hempstone y Kissinger es la que sigue es la que hay entre el topo y el águila. El primero admite simplemente no ver “cuáles intereses vitales de Estados Unidos están en juego”; el segundo en cambio, no sólo lo percibe, sino aprecia la seria situación en que se encuentran en virtud de un peligroso “sobreesfuerzo estratégico” levantado sobre “la ilusión de la omnipotencia estadounidense”. Pero para Kissinger no se trata de resignarse una nueva era de multipolarismo, se trata de las condiciones de aplicación del “derecho de injerencia”, que posibilite la “intervención humanitaria” —incluso por medios militares, como en los casos de “intervención estratégica”— en rumbo a la construcción del “nuevo orden internacional”, mientras no haya sido posible afirmar el unipolarismo absoluto bajo liderazgo estadounidense.

El mensaje Kissinger va, directamente al corazón del equipo de asesores de seguridad del presidente electo William Clinton y advierte que la aventura somalí de Bush debe ser corregida urgentemente, si no se quiere dar al traste con los intereses estratégicos de Washington, ya que todo lo de Somalia es frágil a más no poder; su base jurídica es una resolución de un Consejo de Seguridad de la ONU (CSONU) que en todo el mundo cada día se ve más cuestionado por caduco, su fundamento es un “derecho de injerencia para intervención humanitaria” que no está cimentado sobre ninguna convención internacional reconocida y su “legitimidad” reside en la autodeclaración de responsables mundiales de los valores morales que desde siempre se han otorgado a sí mismos los estadounidenses. Con semejantes de partida, el precedente parece favorecer efectivamente a determinados intereses estratégicos de Washington, pero también abre la puerta que a plazo mediano o largo, otros Estados poderosos se dejen llevar por el mismo espíritu “humanitario” tarde o temprano en sus respectivas zonas de influencia. No es ninguna casualidad que, una vez ya en marcha lo de Somalia, los europeos de la Alianza Atlántica se hayan apresurado a declarar que están dispuestos también a dar su aporte “humanitario” en la ex Yugoslavia en cuanto al CSONU le dé luz verde, es decir, en cuanto Estados Unidos no tenga nada en contra. ¿Y cómo podría no ponerse ahora?

Si una vez se admitió, e incluso se demandó por sus principales aliados, la aplicación de la fuerza hegemónica de EU (en la guerra del Golfo, en donde al fin y al cabo Washington tenía intereses petroleros propios que defender), sucede que ahora sólo se encuentra “embarcada” por un presidente perdedor que va de salida. Algo indigno de una superpotencia tanto desde el punto de vista de efectos internos negativos, como desde la perspectiva de sus alianzas internacionales, es demasiado arriesgado para Washington lanzarse a intervenir y sentar precedentes de este tipo, cuando todavía no están reformuladas plenamente las nuevas reglas del juego, ni se ha consolidado un nuevo reparto de las esferas de influencia en el “nuevo orden internacional”. Esto es lo que se llama meter la pata pero por aplicar “principios bien fundamentados en condiciones no adecuadas”.

Somalia es uno de los mejores ejemplos de la incapacidad decepcionante de los países poderosos para dar salida a los problemas de la posguerra fría, así como de la incertidumbre e inseguridad que ha prendido en ellos. Precisamente cuando más se habla del paraíso universal de las libertades absolutas (de circulación de mercancías, capitales y personas), en Somalia, en lugar de una ofensiva de capitales y ayuda para el desarrollo lo único que se les ocurre aplicar es el humanitarismo armado. Para esto cuentan con el apoyo del Secretario General de la ONU Butros Ghail —en plan de generalísimo multinacional— cuya tesis central es que en Somalia no hay ni gobierno ni ejército y por tanto no hay Estado, por lo cual no hay intervención en asuntos internos. Pero, ¿qué no habrá oído nada acerca de la autodeterminación de los pueblos y la integridad de los territorios?

Pero Somalia no es Granada, ni Panamá, ni Irak, en donde el enemigo estaba definido, las fuerzas dispuestas y las tareas claras. En Somalia el enemigo a vencer no son las bandas de saqueadores —que les bastaría con retirarse tras las fronteras o pasar a la vida civil y esperar a que tarde o temprano se vayan los ejércitos humanitarios— sino otro mucho más temible: el desamparo, el caos, la miseria y el hambre en que han quedado los pueblos de las ex colonias en la era de posguerra fría y de la ilusión del libre mercado universal. Independientemente de uno u otro enfrentamiento americanamente heroico (supersistemas de armas en contra de fusiles y tanques ligeros), las armas estadounidenses no se cubrirán de gloria, sino sólo de “flashazos” fotográficos, Porque a semejante enemigo no se le puede (nunca se le ha podido) vencer por la vía militar.

FRUTOS AFGANOS

Publicado en

3 de mayo de 1992

Con la entrada de las tropas mujaidines a Kabul, se cierra uno más de los capítulos de la guerra fría, pero sobre todo se abre un nuevo periodo de cambios en la correlación de fuerzas en Asia central. No se trata de un capítulo cualquiera, sino de lo que fue el principio del fin del “socialismo realmente existente”, del “internacionalismo socialista” y de la “doctrina de la soberanía limitada” (la de Brejnev, hay otra que está surgiendo ahora). Si la victoria de los mujaidines ha de servir para dividir periodos de la historia, sería deseable que la época que se abre estuviera a la altura de la que se cierra.

Se ha dicho hasta el cansancio que la invasión de las tropas soviéticas en Afganistán significó para Moscú lo que la agresión a Vietnam para Washington. Pero esto es falso en el fondo, ya que en el papel de agresor el uno sólo cumplía consecuentemente con su conducta histórica, mientras que el otro violentada por completo y desde el principio las bases económicas, sociales e incluso morales sobre las que justificaba su existencia. Se devoraba a sí mismo, con las consecuencias posteriores por todos conocidas.

Así como a los hombres, a los procesos históricos se les conoce “por los frutos”, y en eso no se puede augurar nada bueno para lo que se puede esperar en Afganistán, rodeado por todos los frentes de tensiones, atraso y fundamentalismo galopante. Las enemistades étnicas y religiosas entre los 16 millones de afganos (entre ellos se dice “sólo Dios sabe por qué nos enemistamos alguna vez”) se remontan al fin de los orígenes de este país, en donde el ingreso per cápita es de 170 dólares, las expectativas de vida 36 años y el analfabetismo del 80 por ciento.

Pastunos contra tadzhikos y uzbekos, sunitas contra chiitas, fundamentalistas contra moderados, seguidores de Irán contra simpatizantes de Arabia Saudita o de Paquistán. Ese es el cuadro de fuerzas que logró unificarse relativamente durante 14 años en contra de los invasores soviéticos y la casta dominante europeizada (pastuna), que le sugirió a los jerarcas de Moscú que serían bienvenidos si intentaban exportar su modelo y afirmar de paso sus intereses estratégicos invadiendo Afganistán.

La victoria tiene muchos padres y la victoria sobre el comunismo muchos más. Pero la pugna entre el líder moderado tadzhiko Ahmed Sham Massud y su Unión islámica, por un lado, y el fundamentalista pastuno Gulbuddin Hekmatyar y su Partido Islámico, por el otro, se refiere también al ajuste milenario de cuentas entre los afganos “de primera” (pastunos) y “segunda clase” (tadzhikos, uzbecos, bielorrusos y turkmenios) que raya casi en un racismo asombroso para ser del Tercer Mundo.

Los pastunos, a pesar de su división en 80 tribus y cientos de grupos, fueron los guerreros dominantes (algo así como “los serbios de Afganistán”), pero la guerra contra la URSS convirtió a los pacíficos comerciantes tadzhikos —otrora amantes de la negociación— en guerreros y estrategas temibles, cuya moderación despierta a todas luces más confianza en los Estados de Occidente, ahora asustados por el apoyo que presentaron precisamente a Hekmatyar, el más radical de todos, quien no dudó en apoyar al presidente iraquí Saddam Hussein durante la invasión a Kuwait.

En estas condiciones, el Consejo de Transición del presidente Sibgatullah Mojaddedi es sólo una fórmula de transición que no tendrá una larga vida, casi un cese del fuego. El reconocimiento diplomático de Paquistán y Arabia Saudita sólo refleja la prisa de los participantes externos del conflicto por afianzar a sus favoritos al interior, quienes a su vez se preparan ya para reiniciar la guerra santa en contra de los que pactaron con el diablo, que siempre son los otros. En el muy probable escenario de guerra civil generalizar resultaría inevitable la intervención de las ex repúblicas turco-mogolas de la otrora URSS colindantes (Turkmenia, Uzbekistán y Tadzhiquistán) a favor de “su” gente, lo que es más que preocupante, en vista de las armas nucleares tácticas que poseen.

Si tuviera lugar una lucha demasiado prolongada, uno de los escenarios posibles serán la fundación de repúblicas separatistas tadzhikas, uzbekas y turkemenias en el norte (o, lo que es peor, su integración a los existentes); como respuesta, los pastunos podrían emprender el sueño de sus clases dominantes: la fundación de “Pastunistán” en el sur del país, lo que implicaría una seria amenaza a Paquistán —potencia atómica tercermundista—, en virtud de los 6 millones de pastunos exiliados que habitan su flanco noroeste. Por si fuera poco esto, los bielorrusos también podrían aspirar a su propio Estado, sólo que sus dominios atraviesan las fronteras de Afganistán con Pakistán e Irán, complicando mucho más la situación.

En las actuales condiciones mundiales, después de la unificación de Alemania, de la desintegración de Yugoslavia y con la perspectiva de unificación de Corea, quien podría reprocharle a los pueblos de toda la región de Asia central —hasta Cachemira y el Punjab— el derecho a modificar también sus fronteras a su mejor saber y entender. ¿O es que en el nuevo orden (más bien “desorden”) mundial sólo se permiten los movimientos fronterizos y las nuevas soberanías estatales que están bien vistas por el Primer Mundo? Es un contrasentido estar contento con el árbol plantado, pero a disgusto con sus frutos, a menos que se admita que nacen podridos desde el principio. Pero eso no es culpa de los frutos.

Los pueblos de Afganistán desean fervientemente la paz, que en un país destruido resulta casi tan cara como la guerra. Ahora que ganaron la guerra, que se les exigía que llevaran a cabo hasta la final, están a la espera de la ayuda económica y financiera indispensable. Pero, ¿a quiénes de las partes en conflicto ha de otorgárseles? No está claro. Entre tanto, lo único que les van a pasar es una receta cómoda e infalible “lo que deben hacer es abrir sus mercados, introducir la economía de libre mercado, instaurar la democracia y garantizar los derechos humanos”.

“NO PARA EXTRANJEROS”

Publicado en

21 de Marzo de 1992

Se debe crear y velar por “un nuevo orden en el que los intereses de los países industrializados más avanzados sean de tal modo considerados, que éstos no se atrevan a poner en duda nuestra exigencia de liderazgo”. En traducción libre, es así de simple e inquietante la idea fundamental de un documento interno de 46 páginas del Departamento de Defensa de Estados Unidos, titulado Defense Planning Guidance 1992, que se filtró recientemente a la prensa de ese país y a la de todo el mundo.

Según esta “guía para la planificación de la defensa”, lo esencial es evitar a como dé lugar el surgimiento de una potencia rival equiparable a Estados Unidos mediante una competencia en la que no se admite para nada el “libre juego de las fuerzas del mercado”. Que esta concepción pueda ser desagradable incluso para los socios más importantes de Washington explica tal vez que el estudio se clasifique bajo el código noforn, abreviatura de “no foreign nationale”, es decir, no apto para extranjeros, quienes se supone que son “sencillamente incapaces de entender el modo en el que el mundo espera nuestro liderazgo”, según indicó el presidente George Bush ante la prensa cuando se le preguntó sobre el asunto.

Desde luego que no se trata de pegar el grito en el cielo por un material de trabajo que, según se dice, desconocía el titular de la oficina donde se generó, el secretario de Defensa, Richard Cheney. En todas las centrales de estrategia de gobierno del mundo se elaboran cotidianamente análisis de inteligencia, prognosis, concepciones fundamentales etcétera que terminan como borradores en el basurero. Pero es asombroso que mientras en la campaña por la presidencia de Estados Unidos los candidatos de los partidos Republicanos y Demócratas dejan de lado casi por completo la política exterior, al mismo tiempo tras bambalinas los militares diseñan conceptos que habrán de estar listos para el próximo presidente, sea quien sea.

Se trata, ni más ni menos, que de la orientación que tendrá la política exterior y de seguridad de la posguerra fría, para construir el nuevo orden mundial. En este concepto se describe un inesperado nuevo “enemigo al frente”, la posibilidad de que Japón y Alemania se vean obligados a adquirir armamento nuclear para su seguridad, el primero ante Norcorea atómica, el segundo ante los maniáticos fundamentalistas islámicos. Por otro lado, se plantea el modo indirecto de conjugar en parte este peligro: “Debemos buscar caminos para evitar un sistema de seguridad puramente europeo, que debilitaría a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN)”. Se entiende que una alianza atlántica dependiente Estados Unidos.

Fuera del disgusto apenas contenido y de algunas sonrisas nerviosas ante la prensa, los defensores europeos de nuevas estructuras de seguridad, de medidas generadoras de confianza, de comités conjuntos de prevención de crisis, de una seguridad colectiva “euroatlántica” y del Consejo de Cooperación de la Alianza Atlántica, no han sabido qué actitud tomar ante esta desilusionante “desconfianza preventiva” que les merecen los estadounidenses. Es muy triste amar sinceramente y ser correspondido de esa manera tan injusta.

Por lo demás, la verdad es que no hay ninguna zona en el mundo para la cual el Pentágono no sea previsor, no se sienta obligado a seguir manteniendo un nivel de armamentismo considerable y una estructura adecuada a las nuevas condiciones. Si bien Washington ha retirado ya 100 mil soldados de Europa, el comandante supremo de la OTAN, John Galvin, considera que se deberá mantener un mínimo de 150 mil en esta región; por otro lado, el término REGT (“resurgent, emergent, global, threat”), que define el terrible enemigo abstracto en ciernes, equivale a mantener y desarrollar las “fuerzas de acción rápida”, que alguna vez se argumentaron como necesarias en una guerra fría que ya no existe.

Se puede concluir que la teoría de la “respuesta flexible” se mantendría en principio, sólo que en vez de poner énfasis en las armas nucleares estratégicas lo harían en las tácticas. Lo mismo sucedería con la teoría de la “disuasión”, pero aplicada ya no contra una amenaza proveniente del Este, si no del Sur.

Pero, al fin y al cabo, cabe también preguntarse si acaso la Defense Planning Guidance 1992 refleja la incapacidad de algunos nostálgicos militares estadounidenses para pensar el mundo sin los viejos esquemas, o, por el contrario, de un modelo que se considera necesario y que fue diseñado conforme a lineamientos generales de estrategia provenientes de la cúpula dirigente. Para responder a ello, cabría comenzar por una pregunta que los europeos occidentales no se hacen fácilmente debido a su experiencia con Estados Unidos (o a la falta de la misma): ¿Qué hay verdaderamente de nuevo en el contenido del documento noforn?

JACKSON Y JACKSON

Publicado en

10 de Mayo de 1992

La diferencia entre el relativamente exitoso político Jesse Jackson y el exitosísimo showman Michael Jackson estriba en que el primero pasa por negro, mientras que el segundo hace todo lo posible para pasar por blanco. Son del mismo color, pero completamente distintos y en lo posible evitan coincidir frente a las cámaras. La razón para ello se encuentra en una de las vergüenzas de la sociedad estadounidense: su elitismo blanco anglosajón y su racismo. El “sueño americano” no es de color.

En virtud de que para casi todo el mundo el derrumbe del socialismo equivale al fin de la lucha de clases, habrá que encontrar otra categoría para ubicar las raíces de los conflictos nacionales étnicos y religiosos en el Tercer Mundo, pero también las del estallido social-racial en Los Ángeles, Estados Unidos, hace una semana. Y es que los disturbios y saqueos en esa ciudad, San Francisco, Las Vegas, Atlanta y Minneapolis fueron distintos a los del barrio de Watts (1965) y los de Cleveland, Detroit, Washington y Newark (1967-68), o de Miami a principios de los años 80, por mencionar sólo algunos casos: entonces los negros buscaban igualdad de derechos, ahora simplemente manifiestan que de poco les sirve.

Si algún color tiene la miseria en EU es el de los negros: constituyen dos tercios de los desempleados; su tasa de mortandad infantil es más del doble que la blanca y mayor que la de algunos países del Tercer Mundo; 44.8 por ciento de sus niños son “oficialmente pobres”; dos tercios de sus jóvenes (15 a 35 años) cuentan con haber pasado cuando menos una vez por la cárcel (hay más negros encarcelados que estudiantes negros) y si perecen, es en su mayoría por violencia. En EU hay un apartheid puramente económico. Tal vez de allí es de donde los mexicanos (¿braceros?) inventaron el dicho: “pasarlas negras”.

La admirable grandeza y el poder de Estados Unidos se explican en parte por su capacidad de asimilación de lo mejor (y lo peor) de culturas inmigrantes de todo el orbe. Pero su integración se realizó siempre bajo estrictos principios de color: como dice el historiador neoyorquino Schlesinger: “esclavizando negros, matando rojos y utilizando fuerza de trabajo barata amarilla” (y nosotros podríamos agregar “de bronce”).

De todos las minorías étnicas, nacionales y raciales en EU, los negros son los únicos que llegaron por la fuerza y para ser esclavos, mientras que las otras buscaban el sueño americano. El famoso párrafo inicial de la Constitución estadounidense redactada en 1776: “Nosotros, el pueblo…”, no contemplaba el mosaico racial-nacional que es hoy EU, ni mucho menos a los negros que consiguieron su libertad formal casi 100 años después y su reconocimiento social sólo hasta la segunda mitad del siglo XX, pero eso sí, restringido en lo posible a la carrera militar, deportiva, los espectáculos y al empresariado medio y pequeño, con la política en último lugar. Como los alemanes orientales en 1989-90 ante el Muro de Berlín, los negros podrían corear ante la Casa Blanca: “nosotros somos el pueblo”.

El esquema social-racial vigente de tres estamentos: riqueza y poder para los blancos anglosajones, bienestar modesto para los mestizos no blancos y pobreza para los negros, está en plena crisis, porque empieza a faltarle su principal componente económico-social: la proverbial clase media estadounidense —un tercio de ella es negra—, que atraviesa todos los grupos y razas dándoles cohesión (y mantiene vivo el sueño de que sólo hace falta “una oportunidad” para escalar socialmente y comerse la vida a dentelladas). El 37 por ciento de la riqueza se concentra en uno por ciento de la población, más de 30 millones de personas están en la pobreza, crece constantemente el número de marginados y, al haber desaparecido prácticamente la de por sí raquítica ayuda estatal social, el desclasamiento implica la caída brutal en un hoyo, evidentemente “negro”.

Los acontecimientos racial-sociales recientes (casi al tiempo que llegó Gorbachov para recibir de Reagan reconocimiento por su labor reformadora) se originan en el costo social de la inescrupulosa política económica neoliberal de la década pasada y no en el proyecto de la “gran sociedad” de Lyndon B. Johnson, ni mucho menos en el “New Deal” de Roosevelt. Los precandidatos a la presidencia de EU, George Bush y William Clinton, se verán obligados a revisar el discurso que deben presentar a la clase media blanca, que son el electorado que realmente les interesa. Tienen dos variantes principales: la imagen del sheriff que impone ley y orden, o la del líder visionario que consigue una tregua social e inicia un nuevo modelo social para ingresar al siglo XXI de manera civilizada. Tomar la primera es sólo posponer la segunda. ¡O es que al finalizar el siglo todo el mundo debe cambiar su contenido y EU ni siquiera su imagen para no comprometer así su contenido!

RESULTADOS CORRECTOS

Publicado en

5 de abril de 1992

Las elecciones y las armas nucleares permiten una cierta analogía: algunos piensan que lo malo de las armas atómicas no es que existan y que sean un peligro de auto exterminio para la humanidad, sino que se encuentren o puedan encontrarse en determinadas manos. Igual sucede con las elecciones libres: es bueno que las haya siempre, lo malo es que no siempre conducen a los resultados “correctos”. Por ejemplo, qué caso tuvieron los primeros comicios democráticos en Albania hace un año (el 31 de marzo), si los electores (98.9 por ciento de participación) se decidieron a favorecer al Partido del Trabajo Albanés, que los oprimió durante cuatro décadas (el PTA recibió el 67 por ciento de los escaños parlamentarios).

En aquella ocasión, la oposición representada por el Partido Democrático de Albania (PDA) recibió el nada despreciable 30 por ciento de los diputados y la minoría griega un Omonia cinco. Los resultados de otros partidos como el Republicano (PRA), Agrario (PAA), Socialdemócrata (PSA), Ecológico, de la Unidad Nacional y, por cierto, de la “Madre Teresa”, no fueron significativos.

Posteriormente, el gobierno formado por Ramiz Alia se comportó al pie la letra bajo el esquema clásico de la clase dominante que emprende reformas para mantener el sistema y el poder. Y de verdad hizo su lucha para tratar de convertir el triunfo de la democracia en su propia victoria: enfrentó el fracasado boicoteo del PDA en el Parlamento y redactó una nueva Constitución provisional el 28 de abril, en la que se trató de establecer el estado de derecho (que conste que no la justicia social), el pluralismo político, los derechos humanos, el libre desarrollo de la personalidad, la igualdad de los poderes y sobre todo el derecho a la propiedad privada y a las elecciones libres.

Ante la huelga general de junio de 1991 —tres meses después de las elecciones— se tuvo que conformar un gobierno no parlamentario “de la estabilidad” en una coalición de hecho de los partidos PTA, PDA, PAA, PSA, PRA. Posteriormente, el PTA se formó y cambió de nombre a Partido Socialista (PSA). Un mes después, la reforma a la libertad de prensa aseguró condiciones inmejorables para la prensa partidaria de todas las corrientes. Entretanto, la libertad para la intervención de las iglesias en los asuntos del Estado se había institucionalizado de hecho.

Pero una cosa es la política y otra la economía. Nada hay que detenga el tesonero argumento de las realidades: el ingreso per cápita en los últimos años era de alrededor de 600 dólares, la tasa de inflación entre el 60 y el ciento por ciento; en el primer semestre de 1990 disminuyó la producción industrial en un 36 por ciento y los ingresos del Estado en 50 por ciento. Las exportaciones se redujeron a 41 millones de dólares y las importaciones a 50 millones, mientras que la deuda externa alcanzó los 450 millones —si se incluyen los intereses el monto total era de 700 millones—. En Albania, el 64 por ciento de la población vive en el campo y el 50 por ciento vive de él; en enero de 1991 había 50 mil desempleados, un número fuerte para ese país, que se vio obligado a emitir una Ley de apoyo económico a las personas que han quedado desempleadas por la reformas económicas.

El país ha sobrevivido gracias al envío semanal de víveres proporcionados por la calidad mundial —en primer lugar las 120 mil toneladas de alimentos de los solidarios italianos, que no desean ser las primeras víctimas de las olas humanas de hambre del Tercero al Primer Mundo—. El sistema de salud en Albania es ahora el peor de la Tierra y la criminalidad se enseñorea de este pequeño país: la tasa de asesinatos aumentó en 50 por ciento y los robos en 70 por ciento, al grado de que el gobierno terminó pidiendo a la Interpol know how adecuado.

Albania, que fue el país más perfectamente aislado de la tierra, se encamina a inaugurar la categoría del “Cuarto Mundo europeo”. El modo español de acabar con la dictadura (“con la muerte del dictador”) resultó insuficiente para la población que, a diferencia del proceso español, se decidió por tratar de emprender las transformaciones de su patria por la vía socialista reformada y por lo mismo ni siquiera se intentó apoyarla materialmente por parte de los países desarrollados de la economía de libre mercado (la ayuda de 11 millones de dólares de Washington fue más bien una bofetada). Además, ¿qué importancia estratégica tiene Albania para alguien?

Al nuevo gobierno demócrata de Sali Berisha no le queda más remedio que conseguir a toda costa ayuda económica del exterior para evitar que el país se muera de hambre. Su destino depende todavía del resultado de las próximas elecciones locales que se realizarán dentro de dos meses. Pero la última palabra será la de disposición de créditos e inversiones de ciertos países europeos, que no tuvieron problema para coincidir en esto de esperar pacientemente a que Albania se deshaga y exigir que una población políticamente analfabeta en cuestiones de estrategia mundial aprenda bien la lección acerca de cuáles son los resultados electorales “correctos” que se esperan en ella.

 

TIGRE Y AVESTRUZ

Publicado en

12 de Abril de 1992

Para los países que aspiran legítimamente (¿quién no?) a ingresar al Primer Mundo, la cultura política “moderna” es un producto del desarrollo muy caro y que se tiene que comprar en abonos. No es fácil salir del atraso proverbial en las cuestiones de la política, ni siquiera cuando se avanza a pasos agigantados en las transformaciones de la economía.

Por ejemplo, en Corea del Sur las raíces del antidemocratismo y la falta de experiencia parlamentaria se remontan a un pasado mucho más lejano que el de la guerra fría. Las primeras elecciones verdaderamente libres de trampas, robos de urnas, falsificaciones, etcétera, tuvieron lugar hace cinco años, y si se llegó a ellas fue gracias al compromiso obligado de todos los participantes de resolver así sus diferencias y dejar atrás por fin el calvario de enfrentamientos sangrientos durante todos los años anteriores. En un país como Corea del Sur no se podía, lamentablemente, pasar a la cordura democrática sin pasar por un vía crucis de violencia y sangre.

Pero aún después de conseguida la anhelada democracia, se debe dejar pasar un tiempo para que sea reconocida como un valor de todos y para bien de todos y en ese periodo de transición a la modernidad es inevitable la recaída en prácticas y fenómenos propios del pasado, tal como sucedió en las elecciones del 25 de marzo: subasta de lugares en las listas de candidatos de los partidos, “embustes” en toda forma para periodistas, “acarreos” con comida y reparto de dinero en las reuniones electorales, unidades del ejército haciendo “carrusel”, manipulación con votos enviados por correo, etcétera.

Esta experiencia, que deberán tener en cuenta los Estados del Segundo y Tercer Mundo que emprenden su inserción en el concierto internacional de la modernización, demuestra que bajo ciertas condiciones se puede ser muy “tigre” en cuestiones de competencia por mercados internacionales, pero “avestruz” en los asuntos de política interna.

El partido del gobierno en Corea del Sur pudo sostenerse en 1990 gracias a que aceptó desaparecer de hecho y fusionarse con la oposición “razonable” en el Partido Liberal Democrático (PLD). Pero en las elecciones del pasado 25 de marzo este nuevo partido perdió casi un cuarto de sus votos y se tuvo que ver en la insoportable condición de quien le falta un escaño para tener la mayoría parlamentaria. A pesar de este resultado, envidiable en otras latitudes, el líder del Partido Democrático (PD), en la oposición, Kim Dae Jung, lo juzgó como una “derrota total del PLD”; lo curioso es que el PLD se lo creyó.

Pero el verdadero ganador de las elecciones no fue el PD, sino una especie de “Fujimori de los ricos”, un hombre que le entró a las elecciones apenas un mes y medio antes de que terminaran, para llevarse de un tirón 32 diputaciones: Chung Ju Jung, fundador y dueño ni más ni menos que del consorcio Hyundai, que traducido a la política se llama Partido de la Reunificación Nacional (PRUN). Con su denuncia de la corrupción pública en el país, el septuagenario padre del “milagro económico sudcoreano” demostró que no tenía pelos en la lengua, pero si en la mano: le bastó con referirse a sus propios donativos a la dirigencia del país. El que las perdió de todas todas fue el pendiente Roh Tae Woo, que ya no tiene el apoyo de Hyundai ni del PLD.

Aunque en Corea del Sur se mantiene un respetable crecimiento económico promedio del 8 por ciento anual, fue la tasa de inflación del 10% lo que impulsó al electorado de un país que “ya la hizo” (y quiere seguir haciéndola) a simpatizar con promesas como las de Chung Ju Jung: menos inflación, más créditos y reducción del 50 por ciento en los alquileres urbanos. Lo único que no les prometió fue salarios más altos, en virtud de que Sud Corea ya adquirió el primer síntoma de las economías industrializadas: el crecimiento de los salarios es ya mayor que el de la productividad; para colmo, en los países vecinos la fuerza de trabajo es más barata.

De aquí a las elecciones presidenciales de diciembre, Roh Tae Woo y su partido harán todo lo posible para reconquistar el electorado a favor de su candidato, Kim Young Sam, quien se enfrentará a un Kim Dae Jung más fuerte que nunca y a un Clung Ju Jung entusiasmado con su propia popularidad, facilitada con el apoyo de su fortuna. Habrá que ver cómo se sigue desarrollando esta cultura política en transición, en donde el triunfo de la oposición no implica necesariamente una derrota del gobierno, ni una victoria de la democracia.

NUEVOS PRECEDENTES

Publicado en

27 de abril de 1992

Lo malo de los casos que sientan precedente es que con frecuencia lo hacen sin que nos demos cuenta de ello. Para efectos de las relaciones internacionales, desde que comenzó la nueva reordenación mundial, llevamos cuando menos dos casos de éstos: la entrada de las tropas estadounidenses en Panamá y la guerra del golfo Pérsico, encabezada por Washington. El tercer caso está en plena marcha: la ofensiva paulatina contra Libia —que comienza con el bloqueo aéreo, el embargo de los envíos de armamento y la reducción al mínimo las relaciones diplomáticas con Muamar Kadafi— encabezada por el gobierno de George Bush.

Se debería señalar de paso que al menos para los estadounidenses, como gente inteligente y admirablemente práctica que es, no pasa inadvertida la importancia de estos momentos y han aprendido de los errores: mientras que en Panamá se lanzaron solos y por delante (tenían sus propios objetivos), en el Pérsico consiguieron formar una fuerza “multinacional” militar en sus manos; ahora buscan integrar una “fuerza multinacional” contra Libia que deja la acción militar pendiente sólo para una agudización extrema.

Desde luego que es legítimo el origen formal de la presión de EU, Gran Bretaña y otros países sobre Libia: el atentado terrorista de Lockerbie, en diciembre de 1988, merece una aclaración exhaustiva y castigo a los responsables. Pero la exigencia de que un Estado soberano entregue a dos de sus nacionales, para que se les juzgue sobre presuntos delitos fuera de su país no es aceptable.

Se trata de una pensión similar a la ejercida contra el presunto narcotraficante panameño, general Manuel Antonio Noriega, sólo que ahora con el método de la concertación por medio del Consejo de Seguridad de la ONU, como fue en el caso de la guerra del golfo Pérsico. Pero no se debe olvidar que la situación creada por la invasión de Iraq a Kuwait fue francamente excepcional. Esta curiosa dialéctica de diferencias y semejanzas huele a satisfacción de clientelas políticas electorales internas y a definición de poderes y posiciones en la ONU, pero sobre todo a petróleo.

En Gran Bretaña, la dureza mostrada por el primer ministro John Mayor ante Libia le valió buenos votos, que contribuyeron a su reelección; para Bush en Estados Unidos, la cuestión Libia ha sido uno de los pocos factores de política internacional útiles para afirmar su imagen de dirigente mundial de cara a los comicios de noviembre. En el Consejo de Seguridad de la ONU (CSONU), el asunto de Lockerbie ha servido para reafirmar la capitulación de Rusia (la URSS no existe más) y la paralización de China ante las disposiciones de los otros tres miembros permanentes con derecho a veto. Por es más que nada en el petróleo la sustancia donde se mezclan todos los factores que intervienen en el ambiente generado contra Libia; y como el petróleo, bajo ciertas circunstancias, el problema podría incendiarse.

Las sanciones contra Libia vigentes desde el pasado 15 de abril buscan sólo una presión de desgaste a largo plazo. El bloqueo aéreo comercial dificulta los viajes y eleva los costos de transporte.

Sin embargo, Libia tuvo tiempo suficiente para prepararse enfrentar el bloqueo mediante la acumulación de reservas en especie, en armamento y en dinero —que oportunamente retiró de sus cuentas en Europa—.Pero nada de eso le serviría a Trípoli si al final se viera obligada a hacer uso del recurso principal con el que cuenta para contra presionar al mundo: su excelente crudo, ligero como ninguno, escaso en azufre y por tanto más fácil de refinar lo que hace más económico el proceso de elaboración de subproductos. Y con esto es exactamente con lo que cuentan los estrategas de Washington.

Si bien Libia es un surtidor relativamente menor de petróleo, el 90 por ciento de sus ingresos provienen del crudo (el resto de sus pobres exportaciones son productos agrícolas, acero, tabaco, cemento y textiles); extrae 1.5 millones de barriles diarios y exporta 1.2; sus principales destinatarios están en Europa: (Italia 45 por ciento), Alemania (20 por ciento) y España (10 por ciento), pero también tiene proyectos de explotación con austriacos, canadienses y brasileños. La aplicación de la tecnología y know how para la industria petrolera genera negocios entre Libia y países europeos e incluso con la República de Corea. Un embargo petrolero de Kadafi dañaría a Libia y afectaría negativamente a todos los europeos en mayor o menor medida.

Pero para Estados Unidos Libia es un montón de arena, con el que no hay prácticamente vínculo económico desde 1986, pero sí cuentas pendientes con su líder desde 1969 (cuando Kadafi después de tomar el poder demandó desocupar la base aérea estadounidense en Wheelus).

 

TIRO AL BLANCO

Publicado en

2 de marzo de 1992

“¿Apoya usted la continuación del proceso de reforma iniciado por el presidente el 2 de febrero de 1990, encaminado a la introducción de una nueva Constitución por la vía de las negociaciones?”. Así de directa es la pregunta decisiva en lo que se puede llamar “la madre de todos los referendos”, cuando menos en Sudáfrica.

En los procesos políticos y sociales no siempre es fácil definir el punto culminante en que la historia divide las dimensiones del antes y el después. Sin embargo, en el caso de la “pretoriastroika” iniciada por el presidente Frederik de Klerk, el próximo 17 de marzo es una fecha que abrirá definitivamente la vía regia hacia el fin del apartheid o hacia la guerra civil prolongada.

Está vez no se trata de una batalla más entre la minoría blanca dominante y la población negra mayoritaria, sino de una especie de arreglo interno entre los que han disfrutado durante décadas de los privilegios otorgados por un auténtico régimen sui generis de ocupación colonial dentro de las propias fronteras. En ese sentido, la pregunta mencionada más arriba podría formularse: “¿Desea usted continuar para siempre con el régimen del apartheid y volver al pasado, aun a costa de una guerra civil?”

Los blancos de Sudáfrica, curiosamente mezcla de clase social, grupo racial y casta dominante, serán observados por el mundo entero, atento a registrar su capacidad para estar o no a la altura de las exigencias de la modernidad. Qué bueno, porque desde hace tiempo pareciera como si velar por la vigencia de los derechos humanos y la democracia sólo tuviera sentido en el Tercer Mundo, puesto que el “segundo” ya está liquidado.

El atraso escandaloso en materia de modernización política en Pretoria se refleja, paradójicamente, en que mientras en el resto del mundo los partidos del comunismo desaparecieron o están heridos de muerte, en Sudáfrica el Partido Comunista Sudafricano persiste e incluso aumenta su influencia. El proceso iniciado por De Klerk se parece a los ejemplos que se presentan en los libros elementales de politología sobre las iniciativas de reforma en favor de la continuidad, generadas por los grupos dominantes para asegurar el mantenimiento del sistema en su conjunto. Lo que no ha de ser sacrificado en lo económico y social, deberá ser sacrificado en la política.

Sin embargo, legalizar el partido Congreso Nacional Africano, suprimir algunas reglamentaciones del apartheid, liberar a Nelson Mandela, reunir la Conferencia para la Democratización de Sudáfrica (Codesa) como un mecanismo de diálogo y concertación, entre otros pasos, son medidas de civilización política demandadas por todas las fuerzas y no solo mérito del presidente sudafricano. Está claro que De Klerk se juega la vida política en el referendo en cuestión, puesto que anunció que renunciaría como presidente de resultarle éste adverso, pero entre políticos profesionales nada hay tan extraño como la madera de mártir, y este destacado político del sistema no la tiene.

Después de la derrota de su Partido Nacional (NP) en las recientes elecciones locales de Potchestroom, a los granjeros duros se les ocurrió que esto era suficiente para descalificar políticamente a De Klerk como “voz blanca” autorizada ante el peligro, que ahora ya no es rojo, sino negro, swarte gevaar, como dicen los fascistas del Movimiento de Resistencia Africana (AWB). Pero con la convocatoria al referendo, el gobierno de los nacionales les cortó a los conservadores la borrachera y también la retirada. Un auténtico tiro de lleno.

Cada quien tiene los aliados que se merece. Lo mismo para boicotear que para ganar el referendo, los Conservadores (31.09 por ciento de votos en las elecciones nacionales) están obligados a una movilización demasiado amplia para lo mezquino de su ideario. Por eso están condenados a la alianza con el incómodo AWB, que celebró la victoria electoral del CP golpeando a cuanto negro encontró en el camino, mientras que el NP cuenta con el apoyo del Partido Democrático (DP). Estos últimos dos partidos obtuvieron por separado el 67.3 por ciento de los votos en las últimas elecciones nacionales, y cuentan desde luego con la aceptación relativa de millones de sudafricano negros, cuya capaz dirigencia puede influir en la opinión pública blanca. Si ni siquiera en esas circunstancias se da el giro definitivo hacia la democracia y los derechos humanos (“blancos”), entonces habrá que seguir con mucha atención lo que proponen para Sudáfrica los grandes actores mundiales, tan preocupados por lo que pasa en los países menos desarrollados o en Europa del Este.

Este referendo es racista desde el principio, ya que es casi un asunto de blancos entre blancos, que palidecen de temor ante la responsabilidad histórica de esta decisión suya. Más vale que la entiendan como un necesario acto auto liquidador del apartheid.

 

MATAR DE OLVIDO

Publicado en

15 de Noviembre de 1992

De todas las muertes, la muerte por olvido es la más completa. Nadie ni nada está completamente muerto, sino cuando ha desaparecido el último que lo recuerda. Se dice que lo que “pasa a la historia” ganó ya el estatuto de la vida eterna. Pero pasar a la historia es también el eufemismo más hermoso para decir que “ya murió”. El pasado 7 de noviembre se cumplió el 75 aniversario de la llamada Revolución Socialista de Octubre de 1917 y prácticamente nadie se acordó de este suceso histórico que definió todo el acontecer mundial durante el siglo XX.

Lo que durante décadas enteras motivó exposiciones, mítines, manifestaciones, declaraciones políticas, jornadas culturales, simposios y seminarios internacionales, conferencias políticas o académicas y un sinfín de actos conmemorativos, estatales, oficiales y no oficiales de la más diversa índole, fue ignorado en todas partes como un suceso equivalente a cualquier otro (por ejemplo, un golpe de Estado en algún país africano). Lo que alguna vez fue considerado por propios y extraños “el inicio de una época histórica” o de “la verdadera historia de la humanidad”, quedó como un suceso casi anecdótico más. Casi como una nota al pie de página en el gran libro de la historia universal.

Pero ¿cómo explicar el fin de la Primera Guerra Mundial sin esa revolución de 1917? y ¿cómo concebir sin esa peculiar revolución el surgimiento del nazismo y su cruzada contra el bolchevismo “judío” a pesar del pacto Hitler-Stalin, y con ello de pasada toda la Segunda Guerra Mundial? ¿Cómo entender el orden europeo de la posguerra y toda la guerra fría, el esquema bipolar y el así llamado derrumbe del “sistema colonial del imperialismo” o el proceso de integración de Europa Occidental (y de desintegración de Europa Oriental), sin referirnos al “socialismo real”, cuyas raíces se encuentran en esa revolución? La historia de Latinoamérica hubiera sido distinta en las últimas tres décadas sin el factor de la Revolución Cubana, pero ésta hubiera sido impensable sin haber tenido lugar la rusa. ¿Hubiera surgido la República Popular China sin el antecedente de esa revolución? Dicho sea de paso: incluso la Revolución Mexicana le debe un gran favor a la rusa, al haberle quitado de encima el peso de ser la revolución social por excelencia ante las potencias contrarrevolucionarias de 1917.

Es curioso como lo que alguna vez fue factor clave de interpretación histórico política para todo, ahora no merece ser conmemorado más que a nivel de sectas, casi en sesiones de misa negra, o ¿deberíamos decir misa roja? El conocido pensador estadounidense Daniel Bell concluyó alguna vez que la de octubre fue “una revolución equivocada” en el “momento equivocado”, conducida “por una dirigencia equivocada” y “en un país equivocado”. Se trata más que de un ajuste de cuentas que de una interpretación y abre mucho más interrogantes que las que intenta precisamente dejar de lado. ¿Fue toda la historia del siglo XX a partir de octubre una historia equivocada?, ¿cuál es la garantía de que ahora vivamos vivimos la historia acertada de la humanidad?

A partir de octubre (en nuestro calendario: noviembre) de 1917, para generaciones enteras de revolucionarios, no sólo de comunistas, la revolución rusa fue el paradigma de la revolución por excelencia, para bien o para mal. Ningún revolucionario escapó a su influencia. Todas las teorías sobre la revolución se levantan sobre enfoques diversos acerca del nexo entre la vía política y la violenta, la situación revolucionaria, el doble poder, en el periodo de transición, en la alianza entre el campo y la ciudad, el papel dirigente del partido, la intervención externa, la coexistencia pacífica, etc.; es decir, momentos fundamentales de la experiencia de la revolución bolchevique. Todos los conceptos de revolución, ya fuera esta la “anticolonial”, la “democrática y antimperialista”, la “antimperialista”, la “democrática y socialista” o simplemente la “socialista”, se conformaron a fin de cuentas en torno al esquema de la revolución de octubre.

Pero el error más grande —culpa de los hombres y no de la historia— fue haber transformado un suceso histórico en una revelación misteriosa y sus actores en figuras míticas. La ciencia se hizo religión. El Capital se proclamó una Biblia escrita por los profetas; Lenin en El Mesías, el 7 de noviembre en una Navidad, Moscú en una Meca, el partido bolchevique en los apóstoles y así hasta el infinito. La crónica de octubre devino Nuevo Testamento. Por lo mismo, el derrumbe del resultado principal y directo de la revolución de 1917, la Unión Soviética, implicó también el fin de esa rica veta de teorías revolucionarias. El gran drama de hoy para los que sienten la necesidad de una “revolución democrática” es que no se sabe bien para que la quieren. ¿Para llegar al mismo orden establecido, pero más justo y más perfecto?

La pregunta más difícil de contestar es si este olvido no es más que el resultado adecuado al final de un “experimento fallido”, o más bien una postura determinada en una confrontación que se mantiene tan viva ahora como antes. Esto queda más claro si se consideran las concepciones que niegan darle un fin teleológico al quehacer histórico y que postulan el fin de las ideologías, la historia y desde luego de la revoluciones. Es decir, el revolucionarismo ya no es visión juvenil del mundo, sino su pasado. Por lo tanto el mundo entero allegaba la armadura, ya “no se acelera” y entendió por fin que es inútil intentar su auto transformación por medio de cambios profundos. Esa es la historia universal rebajada al nivel de reflexión clase mediera. El estado de ánimo reinante elevado el nivel de teoría universal de la historia.

Asombra que esas conclusiones lleguen precisamente cuando es un hecho la “aceleración de la historia” y en tan sólo unos meses o días se precipitan cambios espectaculares e imprevistos (¿quien dice que ya se acabaron?) y que valen por siglos. Cuando arde un conflicto regional tras otro, amenaza una era de guerras comerciales entre bloques, se vienen encima hambrunas de holocausto en los países más pobres, parecen inevitables catástrofes ecológicas mundiales y se anuncian migraciones masivas del Sur al Norte en busca del bienestar que no les pudo dar ni la Revolución Rusa ni su contraparadigma vencedor: la Revolución Francesa. Es incorrecto intentar “matar de olvido” (aunque haya muerto) lo sucedido hace 75 años. Ningún suceso histórico es absolutamente inútil, pues cuando menos se le puede aprovechar como mal ejemplo. De un modo irónico, podríamos recordar la vieja sentencia; “olvidar la historia es condenarse a repetirla”.

 

LA ESTUPIDEZ DE NUESTRO SIGLO

Publicado en

1 de septiembre de 1991

Bertoldt Brecht, irónico e irreverente como pocos, y convencido comunista alemán, tenía razón al decir que “solo los comunistas son capaces de destruir la obra de los comunistas”. En estos momentos, el movimiento comunista internacional (partidos comunistas) se extingue como la raza de “una madera aparte y un temple especial” de que tanto presumía José Stalin. Movimiento y partido no eran lo mismo, pero la desaparición del uno conducirá a la desaparición del otro.

El intento de golpe de Estado contra Mijail Gorbachov fue el autogolpe de gracia al partido más importante y decisivo de ese movimiento internacional (el Partido Comunista de la Unión Soviética, (PCUS), que nació con el siglo y moriría por lo visto con él. Ecologistas, socialdemócratas, democristianos, liberales, neoliberales y demás especies se mantendrán como supervivientes de las épicas gestas político-ideológicas de este siglo. Los comunistas —los de carne y hueso, organizados en partidos y agrupaciones— desaparecen del panorama ante el regocijo de sus más encarnizados enemigos, en una fiesta de antropofagia africana desenfrenada, desatada por de “la mano Moscú” (Boris Yeltsin). Se trata del fin de una era y de una generación que merece un réquiem a la altura de su papel en este siglo, cuyas virtudes y miseria resultan inexplicables sin su presencia. Pero, como decía el poeta español Gustavo Adolfo Bécquer, “¡qué solos se quedan los muertos!”.

Ni siquiera Ronald Reagan hubiera soñado con la estupidez mostrada por los comunistas “de corazón” que intentaron romper el orden constitucional creado por ellos mismos, ni tampoco con la firmeza del ex comunista Boris Yeltsin, al obligar a Gorbachov a abandonar su puesto dirigente en el PCUS y poner él mismo fuera de la legalidad sus organismos, suprimir sus órganos de prensa y confiscar sus bienes. Esto es arrancarle el alma una formación política y la columna vertebral a toda una potencia multinacional constituida en torno a una ideología definida. De nada sirvieron las tímidas peticiones de piedad de Gorbachov a favor de los comunistas de buena voluntad. Apenas una fuerza de ocupación lo hubiera hecho mejor.

¿Qué es lo que muere: la crítica al capitalismo presentada en el Manifiesto Comunista en 1848, o la fuerza organizada surgida del Congreso de la Tercera Internacional (Comintern) en marzo de 1919 en Moscú? ¿Desaparecen la contradicción capital-trabajo y las miserias de la anarquía del libre mercado, o el análisis crítico de las mismas por “clásicos” cuya mención ahora suena como una palabrota en casa de señoritas?

¿Qué ha sido de este movimiento internacional existente en prácticamente toda la tierra, que a fines de los años 70 contaba con millones de miembros y reunía tras de sí a decenas de millones de votos por gobiernos coaligados incluso en países capitalistas desarrollados? Perseguidos, reprimidos, aislados y torturados, generaron una ideología y práctica social peculiares y toda una cultura política de autoconsumo que nunca accedió realmente a la clase en que se levantaron sus esperanzas. Es paradójico, pero los comunistas eran invencibles solamente en donde no llegaron al poder.

Allende las fronteras, compartían ritos, símbolos, lenguaje, mártires y lugares de peregrinación. Uno de sus pecados fue tal vez adelantarse demasiado, a su modo, a estos tiempos de globalidad e integración mundiales: sabían casi siempre más de otros países que del suyo propio. Curiosos héroes de nuestro tiempo, mostraban orgullosos sus heridas y numerosos abolladuras en sus cascos hechas por el “enemigo de clase”, aunque una buena cantidad de ellas eran producto de la permanente guerra encarnizada entre sus distintas modalidades (eurocomunistas, pro soviéticas, trotskistas, maoístas, etcétera). No era para menos: de una fuerza que se consideraba a sí misma la autoconciencia científica de las leyes del movimiento social, era de esperarse un mesianismo casi religioso en la defensa de la “pureza ideológica”.

Todo comunista era divisible cuando menos entre dos y el peor castigo era la exclusión de sus filas, equivalente al no existir, a la nada, a la muerte. Sus enemigos temían ese misticismo único y envidiaban a sus números “cuadros” extraordinarios, que convertían el “hacer la revolución” en una auténtica profesión. Son dramáticas las historias de muchísimos de ellos que murieron en vida por la causa. Más patéticas aún resultan las autoinmolaciones de arrepentimiento: “yo nunca luché por ese modelo”. Increíble, el primer manco que se lava las manos.

Durante este siglo, los comunistas fueron, sin duda, los más valientes idealistas, los más radicales antiimperialistas, los más consecuentes revolucionarios; pero también los más convencidos sectarios y los más inconsecuentes demócratas. Estas dos últimas carencias fueron sus errores fatales en un mundo en que los medios masivos de comunicación dictan la conducta de las masas y en el cual la democracia se agita como la panacea para todos los problemas, lo que está aún por demostrarse.

La idea “el anticomunismo es la estupidez de nuestro siglo” (Thomas Mann) complementa lo enunciado por Brecht con palabras más sutiles. Una cosa son los procesos sociales objetivos y sus contradicciones, que se mueven con una fuerza histórico-natural a pesar de todo, y otra muy distinta su formación semirreligiosa y convertida en fuerza material en una inmensa secta. Para vencer al comunismo no hacía falta ser anticomunista.

Con la disolución del PCUS, Gorbachov destruye su última carta ante el nacionalismo gran-ruso de Yeltsin, que no tardará en mostrar un peligroso chovinismo de gran potencia. De pasada, el líder del Kremlin da el tiro de gracia a una de las principales corrientes de pensamiento político-biológico, filosófico, y hasta moral, de nuestro siglo, sin tiempo alguno para pensar con que habrá de ser sustituida, porque lo que deja no es una herencia, sino un vacío.

FE Y DEMOCRACIA

Publicado en

16 de Febrero de 1992

En poco tiempo, el mundo se ha vuelto algo incomprensible para quienes carecen de alguna forma de “fe”, que según el Nuevo Testamento es “la certeza de lo que se espera y la convicción de lo que no se ve” (Hebreos, 11, 1). En el mismo giro en el que se dejó atrás el ayer, con su cosmos fácil de la confrontación Este-Oeste y su lucha ideológica “entre la economía de mercado y el socialismo” tiene lugar una cada vez más indiscreta marcha hacia la resurrección de las religiones, el fundamentalismo, los nacionalismos y el extremismo.

Ahora que muchos festejan en el fin del marxismo (que en el fondo, válida o no, era una “ideología del progreso” como cualquier otra en el pensamiento racionalista occidental), bien valdría la pena preguntarse en qué medida el fin de la “religión secular” marxista explica y genera el giro hacia la “religión verdadera” para pueblos enteros que se ven obligados a aceptar la economía de libre mercado como la única alternativa para salir de su atraso y superar su dependencia y explotación con respecto a los países en desarrollo.

Algo hay de extraño en el enfoque dominante hoy en día, según el cual el impulso hacia el cristianismo, el islamismo o el judaísmo ortodoxos es un lamentable regreso hacia la Edad Media, pero en cambio el ocaso del marxismo es un salto adelante, o bien una liberación que permite avanzar hacia el futuro. ¿Habrá en esto un nexo interno? ¿Es realmente más saludable la expresión ideológica que tienden a adoptar sectores importantes del “lumpenproletariado mundial” que aquella que se atribuía al “proletariado de todos los países”?

Después de 500 años de Renacimiento y 200 de la Ilustración coronada por la Revolución Francesa, que erigió el racionalismo como doctrina de los Estados occidentales y abrió la vía al mundo moderno, vemos a pueblos enteros acercarse al siglo XXI con el instrumental del dogma y de la fe. En vista de la revolución chiita en Irán, del auge del evangelismo televisado (moral mayority) de la era Reagan en Estados Unidos, del movimiento religioso-sindical de Solidaria en Polonia, de la resurrección de la Iglesia Ortodoxa en Rusia, del incremento de las “sectas” evangelistas en Latinoamérica, ¿por qué habría de sentir el mundo occidental ahora tan inquieto ante el triunfo indiscutible por la vía democrática intachable del cristianismo mesiánico en Georgia y del islamismo como partido político en Argelia?

¿Es el fundamentalismo un lastre de la modernización global o uno de sus productos peculiares? Es difícil decirlo, pero si se puede afirmar que, en todo caso, es una expresión social generalizada de la decepción del siglo XX. Nacido en el atraso, la pobreza y la opresión, prisionero del dogma y de la fe, resucitado en la desesperación, el fundamentalismo en todas sus variantes enfrenta al Estado de derecho, las libertades individuales y la economía de libre mercado a la más dura de sus pruebas: la que surge de sus contradicciones, de su dinámica y los límites del interés económico. En los casos de los seguidores de Zviad Gamsajurdia en Georgia y del Frente Islámico de Salvación en Argelia, ¿dónde están las voces acostumbradas a reclamar enérgicamente el respeto irrestricto a la voluntad democrática de la mayoría que los eligió apegándose estrictamente a los métodos sugeridos por la modernidad occidental?

Los países miembros de la Comunidad Europea (CE) se apresuraron a manifestar su rechazo al golpe de estado en Venezuela, pero fuera de una que otra expresión de “profunda preocupación” no hay prácticamente un solo pronunciamiento formal ante la subversión del orden constitucional en Georgia y Argelia, que ha seguido casi al pie de la letra el guión de un thriller político de la provocación y el acoso, en Argelia desde el poder del Estado y en Georgia desde la oposición armada. Uno difícilmente se puede imaginar en qué términos se explicaron los ministros de Justicia euroccidentales a sus homólogos del Este de Europa el “abc” de la construcción del Estado de derecho en sus países en la reunión sobre este tema celebrada en noviembre del año pasado. Hay momentos en que casi podría pensarse que, para ciertas posiciones dominantes en el concierto internacional, nada hay de malo en el retorno de los viejos profetas del pasado, que con su fanatismo llenan el vacío dejado por el derrumbe el comunismo.

No se trata de defender el fanatismo religioso levantado sobre ideas falsas acerca de la naturaleza y la sociedad. Pero tampoco hace falta ser fundamentalista en ninguna de sus variantes, para señalar las contradicciones de la peculiar modernización democrática selectiva que tiene lugar en el nuevo orden mundial. Basta con tratar de guiarse en el análisis con algo más que la fe para entender que —en vista de la supuesta incapacidad de los pueblos atrasados para encontrar su propio camino sin caer en el extremismo, el fanatismo y el fundamentalismo— se generará una peligrosa tendencia a establecer el derecho de intervención de los Estados económicamente más avanzados en la conducción de una democracia impuesta a los países en vías de desarrollo.

 

FUENTEOVEJUNA EN YUGOSLAVIA

Publicado en

22 de septiembre de 1991

Hace no mucho tiempo teníamos que procurar a como diera lugar que determinados conflictos no se “internacionalizaran”, so pena de que sus últimas consecuencias llegaran más o menos rápidamente a la confrontación Washington-Moscú. Ahora, por el contrario, parece que mientras más actores se inmiscuyan en un conflicto, más seguridad hay de que éste no degenerará en un proceso incontrolable. Por esta vía, se acepta implícitamente una idea novedosa e ingeniosa: la intervención colectiva de diversos y múltiples actores e interlocutores internacionales es —a diferencia la intervención individual y de intereses unívocos— plenamente admisible. Mientras más actores participen simultáneamente en torno a un problema, mucho menores son las posibilidades de referirse a uno de ellos como un violador del principio de no intervención en asuntos internos.

Aunque los casos de Panamá y la guerra el Golfo Pérsico son suficientemente ilustrativos de esta nueva tendencia, parece ser que la crisis en Yugoslavia se transformará en el paradigma de la intervención en asuntos internos o, más bien dicho, el fin de todos los “asuntos internos”, en el sentido que hemos dado a este concepto hasta el momento.

El encuentro reciente del Canciller Federal Helmut Kohl y el presidente François Mitterrand ha conducido al entendimiento franco-alemán en torno a Yugoslavia, con el cual queda resuelto en lo fundamental el principal obstáculo para que Europa envíe a ese país “tropas de paz” como fuerzas de interposición entre croatas y serbios, “en el caso de que las partes no lleguen a un acuerdo”, considerando que ésta es la mejor manera no de resolver el problema, sino de mantenerlo bajo el control de Europa occidental, para que no se le convierta en una crisis más grave aún, capaz de comprometer o estancar su integración actual y futura.

Ni siquiera los más renuentes a la medida (como el Reino Unido u Holanda), ni los más tácticamente flexibles por necesidad (como Estados Unidos), estarán en posibilidad de rechazar este fait accompli si París y Bonn se ponen de acuerdo en enviar tropas, (¡tal vez su brigada conjunta!) a la región. Lo más que se podrá discutir en el futuro será como y cuando toda la Europa comunitaria de una u otra manera deberá intervenir. De los roles que en esta aventura se asigne cada Estado participante dependerá la correlación de fuerzas en la nueva arquitectura de Europa en formación. Por eso la ansiedad de ciertos gobiernos de la región.

En todo caso, no sería comprensible que las reglas establecidas para una región no se tomaran en cuenta para otra: ¿Por qué no habrían de tener sentido en Yugoslavia Operaciones para el Mantenimiento de la paz (OMP) como las planteadas para Centroamérica? A pesar de que estas OMP son una medida no prevista ni regulada por las Organización de las Naciones Unidas (ONU), y de que su utilidad y valor se han establecido por la simple práctica, lo cierto es que en el cumplimiento estricto de su “doctrina” se encuentra la clave para no admitir la formación de una fuerza de intervención como la del tipo “multinacional”, que se cubrió de gloria en la guerra el Golfo Pérsico.

Las OMP tienen, cuando menos, tareas precisas que cumplir: observación de fronteras, prevención de actividades armadas transfronterizas, control de zonas de neutralización, cumplimiento de ceses del fuego y vigilancia del desarme, y confinamiento de prisioneros. En un memorando del Secretario General de la ONU, Javier Pérez de Cuéllar, se define a las OMP como aquellas en las que se utiliza personal militar internacional, sean fuerzas armadas u observadoras desarmados bajo el control de las Naciones Unidas deben ser autorizadas por el Consejo de Seguridad (CS) y su financiamiento aprobado por la Asamblea General, deben contar con la plena cooperación y consentimiento, aunque sea tácito e informal, de todas las partes interesadas; deben estar “bajo el mando de las Naciones Unidas, encomendado al Secretario General, quien, con arreglo a la autoridad del CS”, nombra un comandante en el terreno; todas sus operaciones deben cumplirse con imparcialidad y sin injerencia en asuntos internos de las partes, que deben comprometerse a tomar las medidas dispuestas por el CS; los contingentes aportados por Estados miembros deben serlo a solicitud del Secretario General en consulta con el CS, y el personal civil necesario debe proceder de la ONU; finalmente, el costo de todas las instalaciones y servicios de las OMP debe ser sufragado por los gobiernos “huéspedes”, todos los demás gastos por la ONU.

¿Qué tiene esto que ver con lo que se prepara en Europa respecto a Yugoslavia? Muy poco, ya que, como en el caso del Pérsico, parece ser que el CS se reunirá ya sólo para legitimar hechos consumados por un país o grupo de países. Francamente hablando, ¿de dónde debe presuponerse una resistencia acendrada de Moscú a que el asunto sea tratado en ese órgano, si ya la URSS, por lo visto, prácticamente no se resiste (ni puede) a nada?

Una cosa es la relativización de la soberanía nacional como tendencia objetiva del mundo en transformación, expresada en diversas instancias multilaterales, y otra muy distinta el riesgo de su manipulación con fines particulares en los conflictos regionales, aprovechándose de la inexistencia de “reglas del juego” para las nuevas situaciones. Lo más grave de esto es la vía libre al derecho de los más fuertes.

ETIQUETA EXQUISITA

Publicado en

29 de mayo de 1992

Muchas veces se ha señalado al emperador de Japón (Teno) como la figura que concretar el alma de su pueblo. Pero al borde del siglo XXI el personaje más adecuado para representar el papel que adquiere el imperio del sol naciente es el campeón de la lucha popular nacional (sumo), colosal, inconmovible y sereno, cuyo arte consiste en arrojar de la arena a su contendiente con un movimiento ágil y diestro. La estrategia japonesa de inversiones directas in situ para ocupar los mercados locales, catapultar mercancías a otros mercados y acopiar insumos desde los mismos, ha dado excelentes resultados.

Está muy claro quiénes fueron los perdedores de la Guerra Fría, pero más evidente aún es que Japón es hasta ahora el principal ganador. ¿Resultó acaso asombroso que durante su última visita a Japón el presidente George Bush —tan acostumbrado a exigir y presionar— promoviera inversiones japonesas que den trabajo a sus nacionales y solicitara apertura de mercados para sus productos, como si fuera líder de un país del Tercer Mundo? ¿Es esto muestra suficiente del cambio en el papel de Japón al entrar el siglo XXI?

El sistema socialista se ha derrumbado y la URSS ha dejado de existir; Alemania unificada se encuentran en serias dificultades en todos los ámbitos; Estados Unidos no acierta a afirmar —a pesar de todas las circunstancias que le favorecen— el papel de potencia incontestable que anhela, al mismo tiempo que da el penoso espectáculo de disturbios racial-sociales con saqueos dignos de países pobres; sin haber entrado a su etapa decisiva, el proyecto de unificación económica, monetaria y política de Europa se ve amenazado por las contradicciones de sus participantes; se profundiza la inestabilidad de toda la franja de Medio Oriente, desde Palestina hasta Afganistán. El Tercer Mundo (especialmente África) se mantiene firme en el subdesarrollo y la miseria; incluso, en Latinoamérica se dejan sentir vientos de inestabilidad.

Pero, mientras tanto, Japón sigue haciendo uso de su “pragmatismo estratégico” y parece contemplar impasible todo el escenario desde el trono de una economía próspera y un consenso social que despierta las envidias de todo el orbe. Cuando se dice Japón se piensa en administración programa de la economía (los japoneses se ríen de la fe absoluta en la “economía libre del mercado”), fuerza de trabajo disciplinada e industriosa, economías de escala efectivas, armonía entre los sectores público y privado, pero sobre todo en pacto social sólido y permanente. Incluso, en el último conflicto mundial que obligó a “pintar su raya” a todo el mundo, la guerra del golfo Pérsico, Japón logró alinearse sin comprometerse ni tener que enfrentar problemas internos de consideración, a diferencia de otros países poderosos. En resumen, de Japón sólo tomamos cuenta cada vez que participa en sesiones del grupo de Los Siete —como un auténtico primus inter paris— para coordinar estrategias y decidir que habrá de dictarse el resto de los Estados.

Se ha señalado al surgimiento de bloques en torno a intereses estratégicos como la forma de conformación del nuevo orden internacional por excelencia. Se mencionan en concreto tres: América del norte (EU, Canadá y México), el Espacio Económico Europeo (CE y Alemania la cabeza) y el Extremo Oriente, bajo liderazgo indiscutible de Japón. Sería absurdo pensar que en estas circunstancias Tokio seguirá jugando un papel casi pasivo de coloso discreto: el gran maestro de sumo (Yokozuma) está listo para aplicar sus “llaves” y lanzar a los demás fuera el escenario.

No es que Japón no quiera meterse en nada, lo que sucede es que desea hacerlo cuando le interese y donde le parezca. Cuando a fines del año pasado el secretario de Estado de EU, James Baker, exigió a Tokio “corresponder su liderazgo internacional” (es decir, dar la cara y comprometerse bajo la férula de Washington), la respuesta fue una crítica del primer ministro Kiichi Miyazawa a la pobre ética de trabajo estadounidense. Posteriormente, Japón comunicó a EU y Alemania que no estaba dispuesto a apoyar el programa de ayuda a la Rusia ex soviética sin haber sido consultado previamente y sin aprovechar la situación para exigir a Moscú la devolución de las islas Kuriles, sobre lo cual insistieron Miyazawa y su ministro el exterior, Hiro Watanabe, durante su gira por Europa en abril pasado. Casi al mismo tiempo, Miyazawa dejó sentir al lider chino Jiang Zemin, durante su visita a Tokio para celebrar el 20 aniversario del reinicio de relaciones bilaterales, que el capital japonés no invertiría nada sin el compromiso de Beijing de abandonar cualquier reclamo de reparaciones a los daños causados por el militarismo japonés.

Como Alemania, Japón reformará tarde o temprano su constitución para que sus soldados puedan participar en las tropas de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), pero ya desde ahora queda claro que, a diferencia de Alemania, pondrá énfasis especial en no permitir a nadie un control indiscriminado de sus fuerzas armadas. ¿Por qué habría de hacerlo una potencia que no tiene rival de consideración ni vínculos de integración estrechos en su esfera de influencia? Primero tendrá que ingresar Japón —casi como invitado de honor— al Consejo de Seguridad de la ONU, y después se verá en qué medida Tokio que está dispuesto a establecer nuevos compromisos en la construcción del nuevo orden mundial, previa aclaración de los costos que las otras potencias deberán pagar por ello.

En el marco de la formación de grandes bloques comerciales estratégicos, los competidores de Japón se verán forzados a seguir la línea de crear plataformas de producción en países con mano de obra barata para ocupar mercados y atravesar las regiones económicas. Pero antes de eso, más vale que los contendientes del gran maestro tomen nota de una etiqueta exquisita y tradicional entre los luchadores de sumo: los aspirantes al título deben de limpiarle puntualmente el trasero al campeón.

PREHISTORIA PURA

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16 de junio de 1992

Una vieja teoría olvidada sostenía que el paradigma capitalista devino incapaz de desarrollar libremente las fuerzas productivas y que el desarrollo limitado de las mismas sería cada vez más contradictoria, anárquico y enajenado. Dicha doctrina se equivocó rotundamente en la primera tesis, pero en la segunda al parecer no. La Cumbre de la Tierra, como se le llama a la Conferencia sobre Medio Ambiente y Desarrollo (CNUMAD) celebrada en Rio de Janeiro es una muestra de ello.

Desarrollo y medio ambiente sano son dos conceptos ligados entre sí que, bajo ciertas condiciones políticas, económicas y sociales, se convierten en momentos contradictorios y excluyentes. De las condiciones es de lo que se trata. Por ejemplo, el presidente estadounidense George Bush se atreve a retar al mundo entero y mediatizar o sabotear los resultados más importantes del encuentro —el Convenio Sobre el Clima, el Tratado sobre la Biodiversidad y la Agenda XXI— por tres motivos: primero porque no favorece los intereses de la economía nacional estadounidense (en plena época de globalización) ni los de su campaña electoral; segundo, porque económicamente los verdaderos agraviados, los países del Tercer Mundo descoordinados y dependientes, realmente en nada pueden afectar a Estados Unidos; y finalmente, porque al fin y al cabo Washington no tiene, como en el pasado, rival político-ideológico alguno ante el cual cueste demasiado semejante arrogancia. Así de simple.

Pocas veces habrá tanto interés tan compartido por ocultar un fracaso tan escandaloso. Unos dirán que la CNUMAD no fracasó “porque concientizó” (como la Conferencia del Medio Ambiente de Estocolmo hace 20 años); otros dirán que “se puso la primera piedra” y que “no se podían resolver todos los problemas en una conferencia”; etcétera; y en otros casos se dirá que fue culpable “la irracionalidad humana”. Sin embargo, esta confrontación tiene un trasfondo mucho más complicado.

El desarrollo económico implica un esquema concreto de acumulación y distribución de la riqueza, ya sea a nivel nacional o internacional, sobre el cual se levanta también la distribución de la polución y de los gastos para contrarrestarla. La demanda de los países pobres de que los ricos transfieran 125 mil millones de dólares anuales para el saneamiento ecológico mundial en el siglo XXI es sólo la contraparte de una realidad: se acumula riqueza y se gasta energía y materias primas a manos llenas en el Primer Mundo, mientras se acumula miseria y exterminio ecológico en el Tercer Mundo. Los gastos para combatir el deterioro del medio ambiente están tan mal distribuidos como el disfrute de la naturaleza.

La CNUMAD ha puesto de relieve una faceta del nuevo orden mundial en las condiciones del unipolarismo realmente existente. ¿De qué sirve a los países del Sur el que Occidente se haya librado de las ataduras de la competencia político-económica y de la confrontación ideológica mantenida con el Este, si las condiciones creadas generaron una polarización Norte (Oeste-Este) vs Sur? Para acometer los problemas globales en general y de deterioro del medio ambiente en particular, ¿qué contrapeso real puede ofrecer el Sur cada vez más débil y desunido ante un Norte coordinado y ganancioso, en las condiciones de la apertura total de los mercados y del libre juego de las fuerzas del mercado?

El modelo de acumulación socialista, basado en la reproducción extensiva al costo indiscriminado de los recursos humanos, morales y naturales, fracasó, entre otras razones, por su desprecio a la ecología, pero el mundo se encuentra ahora también a merced de un paradigma igualmente exterminador de la naturaleza. Se dice con razón que igualar el consumo de energía y bienes de cada habitante de la Tierra al nivel que tiene el promedio de los estadounidenses acabaría con el medio ambiente del orbe en unos cuantos años, pero para el Sur se trata del derecho al desarrollo bajo el único esquema que se le ha dejado, ¿o acaso se dictará en el Norte a qué nivel de desarrollo limitado está destinado cada pueblo del Sur para así sostener el consumo ilimitado en los países ricos?

Ciertamente se requiere también de la autocrítica por parte de los países menos desarrollados. Por ejemplo Malasia, que acepta la deforestación en sus bosques (el 40% de sus ingresos en divisas depende de la exportación de maderas preciosas), o las naciones de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), que omiten el nexo hidrocarburos-contaminación. Pero el círculo vicioso comienza el Norte que comprar las maderas y consume hidrocarburos 10-20 veces más que el Sur. Por otro lado, los países del Sur no son los únicos “atrasados que no entienden la situación”, ya que los Estados de la Comunidad Europea llegaron a la CNUMAD también desunidos y sin opciones que presentar con respecto a su emisión masiva de contaminantes, tratando de evitar hasta el final el aporte del 0.7 por ciento del Producto Interno Bruto de los ricos para la protección de la ecología en el Sur (como si el planeta fuera un asunto de propiedad privada). ¡Como hay quien dice que la humanidad llego al “fin de la historia”, si la lógica de la ganancia económica se impone así en contra del habitad ecológico! Estamos en la prehistoria pura.

HAMLET COMUNITARIO

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5 de junio de 1992

Con lo que acaba de pasar en Dinamarca, uno recuerda la viejísima melodía infantil en la que una niña canta cuantos perritos, de 10 que tenía, va perdiendo y cuántos le van quedando, hasta que no le queda ninguno. Uno se pregunta si sucederá algo parecido a los gobiernos de los 12 países miembros de la Comunidad Económica Europea, en el caso de seguir organizando referendos sobre el Tratado de Maastricht para la unión económica y monetaria, y posteriormente la anhelada unión política.

La demanda de crear los “Estados Unidos de Europa” fue siempre una consigna de la izquierda europea, que ahora —en una de esas paradojas asombrosas de la historia— corresponde llevar acabo en el marco de un ambiente de derechización de la sociedad civil en esa región. ¿Que se pensaban ciertas burocracias europeas, que se puede disfrutar de las ventajas del conservadurismo y hasta la derechización del electorado en casi todos lados (recientemente Gran Bretaña, Italia, Alemania, Austria), sin tener que batallar con los problemas del nacionalismo y la inseguridad social? Hasta ciertos demócratas lamentan ahora el suceso: “¡eso se saca uno por preguntarle a la gente!”.

Un dilema en todo orden es esta situación, ya que desde luego es insoportable que sólo 42 mil 269 votantes (un millón 652 mil 999, es decir el 50.7 por ciento de los daneses en contra de la unión europea, y un millón 606 mil 730, 49.3 por ciento a favor; por cierto con una participación inusitada del 82.3 por ciento del electorado) bloqueen de golpe la creación de uno de los bloques más importantes del mundo y un mercado de 320 millones de habitantes, dando al traste con la toma de posiciones estratégicas de algunas de las naciones más poderosas de la Tierra al comenzar el siglo XXI.

El daño causado por esta votación, a sólo seis meses de que surgió la Europa 92, no reside tanto en la crisis en que pone ese proyecto, sino en la crisis en la que podría ponerlo de repetirse el mismo resultado o uno muy semejante en Irlanda, en donde ya de todos modos estaba previsto otro referendo, y ahora en Francia, en donde fue convocado de inmediato por el presidente François Mitterrand, con la agravante de que se convirtiera no tanto en un plebiscito sobre la integración europea, sino sobre el gobierno en la figura de Mitterrand. Por otro lado, en la posición de retrasar su discusión sobre la ratificación del tratado de Maastricht los británicos —que subieron al avión comunitario con tres paracaídas principales, dos de emergencia y un colchón— buscan sólo ver lo que sucederá en Irlanda, Francia y donde sea. Ya es sintomático que no se hayan sumado a la declaración de París/Bonn de seguir con la integración europea en el plan “ahora más que nunca”.

Los daneses dicen que no están en contra de su membresía en la CE ni de la integración europea, sino que están a favor de ella, sólo que no en los términos definidos por el acuerdo de Maastricht, cuyo contenido principal es la sesión de soberanía unitaria, de política exterior, seguridad nacional y defensa. Casi nada. El famoso “déficit de democracia” y la enajenación de la sociedad civil que se achaca a las instituciones de la bien pagada euroburocracia con sede en Bruselas no podían encontrar mejor expresión en este voto de protesta danés.

La votación de los daneses —que puso en ridículo a su gobierno— ha generado un dilema: tan absurdo y riesgoso es convocar a un nuevo referendo, como reanudar desde el principio las negociaciones de Maastricht en los que se hizo un calendario de la obra monumental de integrar Europa entrando el año 2000; por lo mismo, es comprensible el rotundo rechazo de Alemania, Francia y Portugal (sobre todo este último país, que ahora ejerce la presidencia la CE y no desea que un par de vikingos le echen a perder su entrada a las “ligas mayores”).

Dinamarca realiza el 47.9 por ciento de sus exportaciones y el 46.3 por ciento de sus importaciones (35.09 mil millones y 31.83 mil millones de dólares, respectivamente) con la CE; más integrado no se puede estar. Penosa situación ésta de los ministros del Exterior europeos, de tratar de encontrar una fórmula para que Dinamarca siga siendo parte de la CE, pero no de la Unión Europea. Si no se le encuentra, Los doce serán 11 —o tal vez menos—, y si se le encuentra, ¿para qué tiene que haber tal superestado (europolicía, ecu, ejército europeo, etcétera), si se puede estar fuera de él disfrutando de sus ventajas? Además, esta última sería una pregunta igualmente válida para los países que ahora solicitan su ingreso a la CE aceptando de antemano todas sus consecuencias (Suecia, Austria y Suiza), ¿las aceptaran también sus poblaciones?

Se dejó sentir que, como diría Hamlet, “hay algo podrido en Dinamarca”. Hasta ahora, a pesar de todas las dificultades, los proyectos de integración europea parecían incontenibles y bastaba con el arreglo entre las grandes potencias de la región para salir adelante. Tal vez en este último es donde reside el problema. Hay quienes no aceptan una Europa de primera y segunda clases.

SANACIONADOR SANCIONADO

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4 de agosto de 1991

Decía un viejo y conocido filósofo que determinar es negar. Del mismo modo y en el mismo sentido, podríamos sostener que sancionar es negar. La sanción es una relación con cuando menos dos partes, en donde se da por sentado que una de las dos tiene la autoridad moral que le permite negar, determinar y limitar al otro, intervenir en él. Viene al caso reflexionar al respecto ante la pregunta retadora del distinguido reciente huésped de nuestro país, Nelson Mandela, cuando nos dijo: “¿Qué sabe Occidente de derechos humanos?”.

Prácticamente no hay un solo evento internacional de gran envergadura, para tratar sobre una u otra zona crítica o conflicto, en donde los países ricos y poderosos no se refieran —en su buen saber y entender— a los “derechos humanos” como requisito indispensable para otorgar ayuda de cualquier tipo al Este o al Sur, ya se trate de Estados individuales o grupos de ellos. Incluso en la relación con las recién conquistadas nuevas democracias eurorientales se insiste una y otra vez en ellos. Por lo mismo, no deja de sorprender la suavidad, tolerancia y entendimiento con que casi siempre los mismos Estados poderosos occidentales hablan de establecer derechos humanos en la República de Sudáfrica, donde la exigencia del derecho más simple de todos —“un hombre un voto”— provoca explosiones políticas y sociales y equivale prácticamente a un asunto de revolución política.

Nada tan absurdo como pensar que los avances de la pretoriastrioka del gobierno de Frederik De Klerk, en este año han sido generados única o especialmente a partir de las sanciones de los países industrializados. Pensar en esos términos equivale a la peregrina concepción que sostiene que las transformaciones en Europa del Este (especialmente en materia de desarme) se deben a la agresiva línea de confrontación emprendida por Occidente a principios de los 80 (incluida la carrera armamentista en el espacio). Es bárbaro y peligroso pensar que el avance del mundo, y por ende su futuro, han dependido y dependen del uso de la presión y la fuerza exterior. Particularmente en el caso de Sudáfrica, nada de lo que sucede ahora se puede explicar sin considerar el permanente estado de virtual guerra civil, sobre todo desde junio de 1986, como respuesta del poder ante el levantamiento popular de la mayoría negra.

El movimiento histórico de gran amplitud (entendido al modo de la teoría de los ciclos amplios en la economía), que en unos cuantos años ha dejado literalmente irreconocible el mundo de ayer, no se puede detener ni siquiera ante las puertas de un régimen tan cerrado y dictatorial como el del apartheid de Pretoria.

El sancionador necesita ser sancionado. Bien vale la pena ahora preguntarse en qué medida el modo apresurado de levantar sanciones por parte de Washington (se sabe que el presidente George Bush nunca estuvo en acuerdo con ellas), Londres y la Comunidad Europea tiene que ver no  tanto con el deseo de acelerar los cambios radicales en Sudáfrica, sino más bien de no permitir que éstos vayan más aprisa de lo que resulta estratégicamente conveniente.

Se acabaron los tiempos en que el movimiento de liberación del Congreso Nacional Africano (CNA, verdadera expresión de la nación sudafricana en ciernes, ya que en él se encuentran representadas todas las razas) podía ser presentado como una pura expresión de la confrontación mundial bipolar. El asunto es que en el país del Cabo —una vez que está en el horizonte el fin de las formas tradicionales de la dominación, es decir, de las mediaciones del régimen político en su conjunto— se avizora la etapa decisiva: la del contenido de la confrontación de fuerzas sociales y políticas, que en Sudáfrica pasa por el tinte de la piel y da tono a una peculiar confrontación “de clases”: terratenientes, tecnología y gran capital “blanco” contra capital no monpolista, pequeña burguesía y fuerza de trabajo “de color”. El apartheid se revela más que nunca como expresión de lo que siempre fue: dictadura colonialista nacional-interna del capital racista. Pero no está en la naturaleza del capital ser racista ni dictatorial, ya que para este sistema económico-social todos los hombres son iguales y tienen los mismos derechos, mientras rindan lo mismo.

Una vez liquidadas de hecho las leyes que dan forma a la ideología y práctica social del racismo como doctrina de Estado (eso es el apartheid), lo urgente y necesario es una nueva Constitución que asegure y garantice el fin del racismo, acabando con la distribución tricameral del poder sobre la base del color de la piel y con la exclusión de los derechos políticos de la absoluta mayoría de la población. De Klerk está ante el dilema eterno de los reformadores: extender el poder al máximo a sus opositores, pero sin llegar nunca realmente a compartirlo ni otorgarlo. En esta verdad se oculta —en un juego de valores sobrentendidos— la prisa de Occidente por levantar sanciones cuando a todas luces falta muchísimo para poder hablar de lo que realmente es necesario: una Sudáfrica moderna, a la altura de las transformaciones del fin del milenio, democrática, unida y no racista.

LA PESTE

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7 de diciembre 1992

En su reunión del 30 de noviembre pasado realizada en Londres, los ministros del Interior de los países que integran la Comunidad Europea (CE) analizaron “el fenómeno de la violencia en contra los inmigrantes extracomunitarios” con énfasis en los actos antisemitas. El único al que se le ocurrió algo imaginativo fue al representante de Italia, Mancino, quien reiteró su propuesta de diseñar un programa de ayuda económica —que fue rechazado— para que los extracomunitarios se queden fuera de las fronteras de la CE. Se concluyó que hay que rechazar el ingreso de los solicitantes de asilo “evidentemente no fundamentadas”, para lo cual se deben confeccionar “listas de países con persecución política. Mancino cree que en su país algunos jóvenes imitan simplemente una moda juvenil. Sobre el verdadero problema, nada concreto.

El fantasma del neofascismo recorre Europa. En los principales países del viejo continente se presenta, a distintos niveles y expresado de diversas maneras, este peculiar fenómeno de degradación ideológica y política. Bajo las consignas de lo “nacional”, lo “social”, lo “nuevo” (!), lo “popular” e incluso “alternativo”, (de la única etiqueta de la que se cuidan los neofascistas es la de “revolucionarios”) aparecen en la calle o se enquistan en los Parlamentos agrupaciones diversas de corte fascista.

Al contrario de la izquierda, la derecha no tiene ahora las dificultades para definirse, autojustificarse y agruparse. Derecha siempre ha habido y no falta quien le atribuye incluso la saludable tarea de existir para una función social (el pluralismo), del mismo modo que se dice que la prostitución “es un trabajo como cualquier otro”. Se concluye entonces que si no hubiera derecha debería inventársela. Pero el fascismo no es una derecha como cualquier otra, del mismo modo que el estalinismo no era cualquier izquierda.

En los “tianguis” de Polonia se venden símbolos y banderas fascistas clásicas y se publica Mi Lucha, de Adolfo Hitler, sin que nadie proteste ni lo pueda impedir. No es que uno se asuste de las posibilidades ilimitadas que ha dado el libre mercado y su ambiente de derechos humanos a este país. Lo asombroso es que los comerciantes que venden suásticas y los editores que publican “clásicos” del nazismo son polacos, es decir, parte del pueblo que proporcionalmente perdió más vidas en manos de los ejércitos hitlerianos. Si esto es así de parte de un pueblo que sufrió lo indecible a manos de la peste marrona, ¿qué se puede esperar de otras latitudes? Se habla ahora mucho de los cabezasrapadas que existen en ciertos países, pero muy poco de los numerosos neofascistas de toda la región que esconden la calva bajo el peinado.

La semilla ya está allí. Le llamamos “neofascismo” no porque tenga características nuevas, sino porque ha surgido de nuevo en una nueva situación. Pero con frecuencia sucede que “lo nuevo es lo viejo olvidado”. Es decir, debería dejarse de pensar que el neofascismo es producto de hordas jóvenes, el surgimiento del neofascismo es en sí ya revelador de que algo anda muy mal en el sistema democrático, ya que, como  decía Nürnberg: “una democracia que no sabe defenderse del fascismo no es democracia”. Se ha dicho con toda razón que en la región ahora no hay el déficit de demócratas que se presentó en la década de los 20-30. Esto es muy cierto, hoy en día si hay algo que sobra por doquier son demócratas, pero lo que urge son antifascistas.

Pero entonces el problema consiste en saber cómo es posible que una experiencia histórica de las dimensiones que tuvo el ascenso del fascismo y nazismo en Europa, que condujo a la Segunda Guerra Mundial, no sea ahora prácticamente recorda para nada y en donde se le recuerda no sea posible responder al desafío con todo el poder del Estado, del mismo modo como en alguna ocasión se hizo en contra del terrorismo de izquierda galopante en ese continente en la década de los 70. Para responder a la pregunta hay que recordar que no existe movimiento ideológico y político que surja de las cabezas de los hombres (ni siquiera de las rapadas) que no responda a una serie de tareas concretas que realizar, a su misión en la Tierra.

Entre los jóvenes, los nuevos movimientos fascistas europeos son un eficaz preventivo contra cualquier “recaída” en la búsqueda de una propuesta alternativa al sistema socioeconómico vigente; sirven como barómetro y catalizador del descontento popular ante los problemas sociales (desempleo, vivienda, marginación, social, etcétera), son una excelente coartada para endurecer el régimen político y sus leyes; sirven de amenazante reserva desestabilizadora a los gobiernos democráticos, afirman a la derecha “civilizada” como un partido indispensable y son una excelente tropa de disuasión y asalto en contra de todo lo que se considere de izquierda o alternativo. Pero su principal tarea en los años 90 es desplazar al espectro de los partidos políticos en su conjunto hacia la derecha, del mismo modo que en la década de los 80 los “verdes” impulsaron a casi todo partido político europeo al ecologismo. Baste observar que al mismo tiempo que se agrede inmisericordiosamente a “razas inferiores”, judíos, homosexuales e izquierdistas, se generan ya equipos de ideólogos dedicados a convertir al movimiento fascista en un partido político “aceptable en sociedad”, es decir, “como cualquier otro”.

No hay nada más peligroso y aventurero que “utilizar” el movimiento fascista como la anti-izquierda, en la creencia de que una vez que cumpla con sus funciones se le podrá desechar, como se desecha un condón antisida. Tan ingenuo como peligroso es creer que la mejor manera de combatir a la ultraderecha es no llamarla por su nombre: neofascismo (como los judíos ortodoxos, que no dicen “cerdo”, sino “animal del demonio”), invitarla al “diálogo” (con lo cual ya se hace aceptable en la sociedad) y además, en un arrebato de inteligencia, “quitarle sus banderas”, que no tienen absolutamente nada de progresista (¿pero, quién se acuerda ya del “progreso” en un mundo que perdió la idea de que la vida marcha hacia el futuro y no hacia el pasado?). ¿A quiénes sirve este movimiento? ¿Se origina el problema verdaderamente en el exceso de inmigrantes a Europa?

“CLASES” Y CLASES

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21 de junio de 1992

No existe ni ha existido nunca ningún movimiento masivo popular que no haya conseguido absolutamente nada de lo que se proponía, incluso las protestas que llegaron a su fin en la matanza y la persecución dejan el sedimento sobre el que más tarde se levanta lo más importante de sus demandas y se convierten en punto de referencia de reformas posteriores, que las castas dominantes se encargan de presentar como sus propias propuestas. Algo parecido parece suceder en Tailandia —la “tierra de las sonrisas”—, donde se dice que nada es tan cierto como que vendrá la próxima sorpresa.

El nombramiento de Anand Panyarachun como nueve jefe de gobierno fue un auténtico “madruguete” en el estilo clásico que se practica en otras latitudes. Después de las protestas populares y la crisis política, en donde a la élite gobernante “Thai” casi se le fue de las manos el control de la nación, se le hizo fácil a los promotores de los militares al interior de los cinco partidos de la coalición gobernante proponer como vigésimo primer ministro a un militar más: el general de la Fuerza Aérea Somboon, cuya casa estuvo llena de visitantes y viejos amigos dispuestos a manifestarle su apoyo y decirle que siempre estuvieron con él; una verdadera “estampida de búfalos” tailandeses.

Pero otros integrantes de la élite gobernante, encabezados por el líder del Parlamento, Arthit, y presionados como nunca por los sectores de la nueva clase media, se dieron cuenta de que Somboon hubiera sido la gota que derramó el vaso después de las represiones del 17 al 19 de mayo. Por medio de tácticas dilatorias, Arthit retrasó el nombramiento del general haciendo pensar a todos que se trataba sólo de esperar el cambio de la Constitución el 10 de junio. La “jugada” salió también que, hasta dos horas antes de su nombramiento, Panyarachun no sabía que él era “el bueno” y en el momento decisivo contó con el “dedazo” nada despreciable del rey Bhumipol, ante quien los tailandeses no sólo se arrodillan, sino que literalmente se arrojan al suelo.

Para hacer más perfecta aún esta alianza coyuntural entre las élites gobernantes antimilitaristas, la realeza y la clase media ascendente, Panyarachun y el Parlamento emprendieron el mismo día de su elección una reforma política importante, en adelante, sólo podrá ser primer ministro un miembro del Parlamento, con lo cual Panyarachun, Somboon o quien sea, tendrá que ser primero electos diputados antes de aspirar a ser jefes de gobierno, lo cual no está nada mal.

Los partidos políticos sorprendidos no tuvieron más remedio que resignarse ante los hechos consumados y compartir el júbilo popular por esta elección a favor del ex diplomático y hombre de negocios, que resultó el político más popular de Tailandia debido a su gobierno, desde el golpe militar de marzo de 1991 hasta las elecciones de marzo pasado. Por un lado, es evidente la popularidad de Panyarachun, por otro, al fin y al cabo ya habrá otra oportunidad en las próximas elecciones, en donde Somboon bien podría volver a ganar su curul.

Todo esto presupone que a los militares no les ganarán los nervios y que estarán dispuestos a despedirse de su peculiar poder en ese país. Tailandia tiene más almirantes que barcos y más oficiales por ciento de soldados que casi cualquier otro ejército. Se les llama los “empresarios en uniforme”, ya que en ciertos sectores económicos se identifica al empresariado con la figura militar (tala de maderas preciosas, contrabando, exportación de armamento, licencias para taxis, radio y televisión, etcétera) y un buen Consejo de Administración de cualquier empresa que se respete requiere de ”su” militar con buenos contactos para arreglar los problemas con la burocracia (un solo ejemplo: el presidente de Tahai Airways es ex jefe de las fuerzas armadas y general de la Fuerza Aérea).

Esta cohesión entre el poder económico y las fuerzas armadas se organiza mediante las generaciones de la Academia Militar: el actual jefe de la Fuerza Aérea, Kaset Rojananil, y su cuñado, el comandante supremo de las fuerzas armadas, Issarapong Noonpakdi, pertenecen a la temible “Clase 5” (1958), del recientemente derrocado general Suchinda Kraprayoon, quien a su vez durante la última crisis política (de la que culpó a sabe Dios qué “comunistas”) se sintió todo el tiempo amenazado, no tanto por el populacho, sino por los de la “Clase 1”, dirigida por el general Chaovalit Yongchaiyut. Para colmo, el carismático líder de la oposición extraparlamentaria, el general fundamentalista con aires de iluminado, Chamlong Srimuang, es de hecho el jefe de la “Clase 7”, en donde la experiencia de sus miembros en asuntos públicos se limita por lo pronto a la participación en intentos de golpes de Estado.

Precisamente en el terreno de las intrigas a posteriori y tras bambalinas es donde el principal resultado del movimiento popular democrático puede ver mediatizado los más importante de lo ganado: el desplazamiento paulatino de las elites militares con poder económico propio en alianza con los grandes empresarios no consecuentemente “occidentalizados”. La nueva la nueva generación de yuppies tailandeses (corredores de bolsa, banqueros, profesionistas libres, empresarios jóvenes), que se consolidó al calor de las tasas anuales de crecimiento del 10 por ciento desde 1987 (8 por ciento en 1991),cuenta para conseguir esto con el apoyo político de los empresarios “occidentalizados”, con el capital extranjero —especialmente el japonés— que tampoco dejará que se malogren sus intereses en el sector turístico y de paso con la gente sencilla que no aguanta la opresión.

Una vez que tenga lugar un cambio radical en el régimen político se verán satisfechas las aspiraciones de las nuevas clases en contra de las viejas “clases”. Pero de algún modo las nuevas tendrán que dar satisfacción real a la gente sencilla, de dónde provino la mayoría de las mil 200 personas desaparecidas por la represión a manos de las “viejas clases”.

 

No le deseo a nadie ver ese final

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SGM

Este muy buen documental, que invito ver, me hizo recordar que soy todo un hijo de la guerra fría. Si señor. Me parece que pone las cosas en su lugar, para mucha gente que de la Segunda Guerra Mundial ya ni por las películas se ha enterado.

Por lo mismo recordé que en inumerables ocasiones escuché, me repetí y repetí para otros la importancia de la paz y la estabilidad mundiales, para evitar una tercera guerra mundial.

Me formé en la convicción de combatir el guerrerismo, pero sin caer en el pacífismo a ultranza que condena “toda guerra” sin emprender lo más difícil: someter a análisis su contenido y emprender su crítica concreta. Conocer las partes y sus interéses específicos.

Por sobre todo me formé en el conocimiento de que si hay guerras es porque con ellas se pueden hacer pingües negocios. La conclusión más importante fue que hay que arrebatar a grupos interesados las bases del sistema que les permiten hacer negocios con la guerra. Por ejemplo: la industria del armamento.

Es decir, pasado ya algún tiempo en mi reflexión sigo pensando que la guerra no viene en los genes de la especie humana y que es un fenómeno histórico-social determinado.

A diferencia del pasado, dudo ahora si sus contradictorias determinaciones causales podrán ser eliminadas antes de que terminen destruyendo las bases materiales de la existencia social y, por tanto, acaben con la especie humana tal como la conocemos. No le deseo a nadie ver ese final.

http://www.fallen.io/ww2/

(Nota: la gráfica introductoria no es del video incluido con el enlace anterior)

INDISPENSABLE CONDUCTOR

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15 de abril de 1991

Es admirable la capacidad de maniobra, adaptación y acomodamiento que la cultura política italiana permite al ejercicio del poder y a los movimientos para alcanzarlo y mantenerlo. Así como durante un periodo no muy lejano en los países latinoamericanos el “estado de excepción” era la norma, para toda la Italia de la posguerra se puede sostener que las “crisis de gobierno” son la mejor manera de evitar las crisis políticas, las de verdad.

Probablemente muchos italianos no alcanzaron ni siquiera a tomar pleno conocimiento de la crisis a raíz de la cual Giulio Andreotti se fue y Giulio Andreotti volvió, lo más seguro es que incluso sin haber movido sus objetos personales del escritorio del presidente del Consejo de Ministros.

Es fascinante la figura este político democristiano, cuya inteligencia para ver más lejos y desde más alto que cualquiera de sus “pares”, así como su capacidad de sobrevivencia política aún en las condiciones más complicadas le ha valido entre sus amigos y enemigos el apodo del Zorro, que en estos círculos ya es mucho decir.

El nuevo y el viejo jefe de gobierno de Italia, que encabeza ahora por séptima vez los destinos del país, ha participado en prácticamente todos los gobiernos de la posguerra, siendo nombrado ministro en más de 20 ocasiones y uno de los seis diputados que pertenecen ininterrumpidamente al parlamento desde 1948. Sin embargo, sorprende que haya podido eludir, el compromiso definitivo con alguna de las corrientes de la Democracia Cristiana (DC), y que no haya fundado tampoco ninguna propia, con excepción tal vez de la primavera introducida por él en los años sesenta, para administrar la herencia de su querido maestro Alcide de Gaspieri, pronombre de la DC al que le debió el inmenso favor de hacerlo en 1947 secretario de Estado en su consejería cuando apenas tenía 27 años de edad.

Ya sea como ministro del interior, de Finanzas, del Tesoro de la Defensa, de la Industria, del Comercio, del Presupuesto, o del Exterior (desde 1954); o cómo primer ministro en épocas tan disímbolas como las de los años de la amenazante inestabilidad 1972-73 (primero y segundo gobiernos), o las de los complicados años de restructuración de las alianzas internas de 1976-79, con el compromesso storico de por medio (tercero, cuarto y quinto gobierno), o incluso en actuales del ingreso del mundo al posmodernismo (en julio 1989 y abril de 1991, constituyó en su sexto y séptimo gobierno) Andreotti ha convencido al mundo entero y sobre todo a los italianos de algo que está completamente seguro: que es indispensable y sería muy buen Presidente de Estado, que es el único cargo que le falta ocupar en Roma, a menos que esté pensando en hacerse Papa.

En su extraordinaria trayectoria de antiguo y acérrimo enemigo de la apertura a los socialistas, a principios de los sesenta, a activo precursor de la línea de centro-izquierda y del compromiso histórico —sin que le costara la vida, como a Aldo Moro, principal impulsor del compromesso y el único que le ha podido “hacer sombra”— Andreotti ha construido las bases para ser el condotieri ideal de Italia en la época del derrumbe del socialismo, de la integración europea en marcha, de la posguerra fría, del tendencial unipolarismo y del nuevo orden internacional a la Bush.

En la política exterior, el férreo realismo y pragmatismo que caracteriza sus posiciones le ha permitido a Andreotti, por ejemplo, haber mantenido una línea —mientras esto fue posible— claramente contraria a cualquier sugerencia de unificación alemana, y sin embargo haber modificado sus conceptos en un santiamén para saludar esta unificación como Dios manda, y las condiciones lo exigen.

La verdad es que Andreotti tiene a la DC tomada por el cuello y no hay político de altura que se ponga enfrente por el momento. Incluso el ambicioso y vigoroso líder socialista Bettino Craxi ha tenido ya que convencerse de que sus planes de ser el próximo jefe de gobierno podrán hacerse tal vez con o sin Andreotti, pero no en contra de él. El secretario general de la DC, Forlani, y el líder de la “izquierda” democristiana, De Mita (derribado en toda forma de supuesto a favor de Andreotti, y “perdonada” su corriente para volver a participar en la gran política), están también convencidos de que por ahora no hay nada por hacer y más vale mantener las cosas en orden, dejando llegar una legislatura por vez primera en 20 años a su fina natural, sin anticipar nuevas elecciones parlamentarias.

No sólo para la DC, sino también para el “pentapartido” (democristianos, socialistas, socialdemócratas, republicanos y liberales), Andreotti se ha convertido en el garante del equilibrio en un país en donde —en contra de todas las apariencias— nada se aprecia tanto como el sano equilibrio de las fuerzas.

Los socialistas lograrán sus planes de convertir a Italia en una república presidencial mediante la reforma constitucional (que a estas horas debe estar más que pactada), para reducir así el papel del Parlamento —al margen del cual se hacen y deshacen gobiernos— y dar a la manera francesa el peso decisivo al cargo de jefe de Estado, cuyo candidato más fuerte ya puede empezar desde ahora a hacer su campaña.

CINCO SOMBRAS

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Esta publicación me permito retomarla para sucitar la reflexión. Bueno, todo lo que publicó es para sucitar la reflexión. En esta ocasión para que se considere si es aceptable afirmar que las cosas suceden “así nomás”, como un “proceso sin sujeto”, o acaso suceden también porque deliberadamente alguien busca que sucedan.

Yo pienso que con los procesos históricos no puede decirse igual que como aquel cínico paisano que alguna vez asesinó a un pobre infortunado. Admitía haber disparado sobre esa persona, que luego “se murió”.

Tampoco es, me parece, como comentó alguna vez la prensa de una muy poderoso país que, después de tomarse un buen pedazo de territorio de otro, declaró “We take nothing by conquest, Thank God”.

El texto que me permito aquí transcribir me motiva muchos pensamientos, pero en esta ocasión pocos comentarios. Diré que me recuerda la entrada “Grandes Ciclos” (https://mundoposmuro.wordpress.com/2015/02/13/grandes-ciclos/), esa si plena de consideraciones mías a partir de una lectura. Tal vez guste alguien de leer juntas ambas.

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http://www.paginapopular.net/las-cinco-estrategias-del-capitalismo-contra-los-movimientos-sociales/

La reestructuración de la economía mundial ha adoptado cinco estrategias básicas para dar respuesta al ciclo de luchas sociales que entre los años sesenta y los setenta transformaron la organización de la reproducción y las relaciones de clase. Primero, se ha producido una expansión del mercado de trabajo. La globalización ha producido un salto histórico en el tamaño del mundo proletario, tanto mediante un proceso global de «cercamiento» que ha provocado la separación de millones de personas de sus tierras, sus trabajos y sus «derechos consuetudinarios», como mediante el aumento del empleo de las mujeres. No es sorprendente que la globalización se nos aparezca como un proceso de acumulación primitiva, que ha asumido formas variadas.

Mediante la destrucción de las economías de subsistencia y la separación de los productores de los medios de subsistencia, al provocar la dependencia de ingresos monetarios a millones de personas, incluso a aquellas imposibilitadas para adquirir un trabajo asalariado, la clase capitalista ha relanzado el proceso de acumulación y recortado los costes de la producción laboral. Dos mil millones de personas han sido arrojados al mercado laboral demostrando la falacia de las teorías que defienden que el capitalismo ya no necesita cantidades masivas de trabajo vivo, porque presumiblemente descansa en la creciente automatización del trabajo.

Segundo, la desterritorialización del capital y la financiarización de las actividades económicas, posibilitadas por la «revolución informática», han creado las condiciones económicas por las que la acumulación primitiva se ha convertido en un proceso permanente, mediante el movimiento casi instantáneo del capital a lo largo del planeta, al haber derribado una y otra vez las barreras levantadas contra el capital por la resistencia de los trabajadores a la explotación.

Tercero, hemos sido testigos de la desinversión sistemática que el Estado ha llevado a cabo en la reproducción de la fuerza de trabajo, implementada mediante los programas de ajuste estructural y el desmantelamiento del «Estado de bienestar». Como se ha mencionado anteriormente, las luchas llevadas a cabo durante los años sesenta han enseñado a la clase capitalista que la inversión en la reproducción de la fuerza de trabajo no se traduce necesariamente en una mayor productividad laboral.

Como resultado de esto, surgen ciertas políticas y una ideología que resignifica a los trabajadores como microemprendedores, supuestamente responsables de la inversión en ellos mismos y únicos beneficiarios de las actividades reproductivas en ellos materializadas. En consecuencia se ha producido un cambio en los ejes temporales existentes entre reproducción y acumulación. Los trabajadores se ven obligados a hacerse cargo de los costes de su reproducción en la medida en que se han reducido los subsidios en sanidad, educación, pensiones y transporte público, además de sufrir un aumento de los impuestos, con lo que cada articulación de la reproducción de la fuerza de trabajo ha devenido un momento de acumulación inmediata.

Cuarto, la apropiación empresarial y la destrucción de bosques, océanos, aguas, bancos de peces, arrecifes de coral y de especies animales y vegetales han alcanzado un pico histórico. País tras país, de África a las islas del Pacífico, inmensas áreas agrícolas y aguas costeras ―el hogar y los medios de subsistencia de extensas poblaciones― han sido privatizadas y hechas accesibles para la agroindustria, la extracción mineral o la pesca industrial. La globalización ha revelado, sin lugar a dudas, el coste real de la producción capitalista y de la tecnología lo que hace imposible hablar, tal y como Marx hizo en los Grundrisse, de «la gran influencia civilizadora del capital» que surge de su «apropiación universal tanto de la naturaleza como de la relación social misma» donde «la naturaleza se convierte puramente en objeto para el hombre, en cosa puramente útil; cesa de reconocérsele como poder para sí; incluso el reconocimiento teórico de sus leyes autónomas aparece solo como una artimaña para someterla a las necesidades humanas, sea como objeto del consumo, sea como medio de la producción».

En el año 2011, tras el derrame de petróleo de BP y el desastre de Fukushima ―entre otros desastres producidos por los negocios corporativos―, cuando los océanos agonizan, atrapados entre islas de basura, y el espacio se ha convertido en un vertedero además de en un depósito armamentístico, estas palabras no pueden sonar más que como ominosas reverberaciones. Este desarrollo ha afectado, en diferentes grados, a todas las poblaciones del planeta. Aun así, como mejor se define el Nuevo Orden Mundial es como un proceso de recolonización. Lejos de comprimir el planeta en una red de circuitos interdependientes, lo ha reconstruido como un sistema de estructura piramidal, al aumentar las desigualdades y la polarización social y económica, y al profundizar las jerarquías que históricamente han caracterizado la división sexual e internacional del trabajo, y que se habían visto socavadas gracias a las luchas anticoloniales y feministas.

Si además tenemos en cuenta que, mediante la deuda y el ajuste estructural, los países del «Tercer Mundo» se han visto obligados a desviar la producción alimentaria del mercado doméstico al mercado de exportación, convertir tierras arables y cultivables para el consumo humano en terrenos de extracción mineral, deforestar tierras, y convertirse en vertederos de todo tipo de desechos así como en campo de depredación para las corporaciones cazadoras de genes, entonces, debemos concluir que, en los planes del capital internacional, existen zonas del planeta destinadas a una «reproducción cercana a cero». De hecho, la destrucción de la vida en todas sus formas es hoy tan importante como la fuerza productiva del biopoder en la estructuración de las relaciones capitalistas, destrucción dirigida a adquirir materias primas, «desacumular» trabajadores no deseados, debilitar la resistencia y disminuir los costes de la producción laboral.

Hasta qué punto ha llegado el subdesarrollo de la reproducción de la fuerza de trabajo mundial se refleja en los millones de personas que frente a la necesidad de emigrar se arriesgan a dificultades indecibles y a la perspectiva de la muerte y el encarcelamiento. Ciertamente la migración no es tan solo una necesidad, sino también un éxodo hacia niveles más altos de resistencia, un camino hacia la reapropiación de la riqueza robada. Esta es la razón por la que la migración ha adquirido un carácter tan autónomo que dificulta su utilización como mecanismo regulador de la reestructuración del mercado laboral. Pero no hay duda alguna de que si millones de personas abandonan su país hacia un destino incierto, a cientos de kilómetros de sus hogares, es porque no pueden reproducirse por sí mismas, al menos no bajo las condiciones necesarias.

Esto se hace especialmente evidente cuando consideramos que la mitad de los migrantes son mujeres, muchas con hijos que deben dejar atrás. Desde un punto de vista histórico esta práctica es altamente inusual. Las mujeres son habitualmente las que se quedan, y no debido a falta de iniciativa o por impedimentos tradicionalistas, sino porque son aquellas a las que se ha hecho sentir más responsables de la reproducción de sus familias. Son las que deben garantizar que sus hijos tengan comida, a menudo quedándose ellas mismas sin comer, y las que se cercioran de que los ancianos y los enfermos reciben cuidados. Por eso cuando cientos de miles de ellas abandonan sus hogares para enfrentarse a años de humillaciones y aislamiento, viviendo con la angustia de no ser capaces de proporcionarles a sus seres queridos los mismos cuidados que les dan a extraños en otras partes del mundo, sabemos que algo dramático está sucediendo en la organización del mundo reproductivo.

Debemos rechazar, de todas maneras, la afirmación de que la indiferencia de la clase capitalista internacional frente a la pérdida de vidas que produce el capitalismo es una prueba de que el capital ya no necesita el trabajo vivo. Más cuando en realidad la destrucción a gran escala de la vida ha sido un componente estructural del capitalismo desde sus inicios, como necesaria contrapartida a la acumulación de la fuerza de trabajo, acumulación que inevitablemente supone un proceso violento. La recurrente «crisis reproductiva» de la que hemos sido testigos en África durante las últimas décadas se encuentra enraizada en esta dialéctica de acumulación y destrucción de trabajo. También la expansión del trabajo no contractual y otros fenómenos que deberían ser considerados como abominaciones en un «mundo moderno» ―como las encarcelaciones masivas, el tráfico de sangre, órganos y otras partes del cuerpo humano― deben ser leídas dentro de este contexto.

El capitalismo promueve una crisis reproductiva permanente. Si esto no ha sido más visible en nuestras vidas, por lo menos en muchas partes del Norte Global, es porque las catástrofes humanas que ha causado han sido en su mayor parte externalizadas, confinadas a las colonias y racionalizadas como un efecto de una cultura retrógrada o un apego a tradiciones erróneas y «tribales». Pero observado desde el punto de vista de la totalidad de las relaciones capital-trabajo, este desarrollo demuestra el esfuerzo continuo del capital de dispersar a los trabajadores y de minar los esfuerzos organizativos de los obreros dentro de los lugares de trabajo. Combinadas, estas tendencias han abolido los contratos sociales, desregulado las relaciones laborales, reintroducido modelos laborales no contractuales destruyendo no solo los resquicios de comunismo que las luchas obreras habían logrado sino amenazando también la creación de los nuevos comunes.

Junto con el empobrecimiento, el desempleo, las horas extras, el número de personas sin hogar y la deuda, se ha producido un incremento de la criminalización de la clase trabajadora, mediante una política de encarcelamiento masivo de la clase obrera que recuerda al Gran Encierro del siglo XVII, y la formación de un proletariado, constituido por inmigrantes indocumentados, estudiantes que no pueden pagar sus créditos, productores o vendedores de mercancías ilícitas, trabajadoras del sexo. Es una multitud de proletarios, que existen y trabajan en las sombras, que nos recuerda que la producción de poblaciones sin derechos ―esclavos, sirvientes sin contrato, peones, convictos, sans papiers― permanece como una necesidad estructural de la acumulación capitalista.

 

POSGUERRA Y GUERRA FRÍA

Publicado en

( fecha imprecisa, año 1990)

De un tiempo a la fecha se ha declarado en numerosas ocasiones “el fin de la guerra fría”. A diferencia de la vida humana, que tiene un punto definido de partida y otro definitivo de llegada, los procesos históricos son difíciles de marcar. Sin embargo, si tiene que buscarse una fecha para el acta de defunción de la guerra fría, ésta debería ser el 20 de noviembre de 1990, con la Carta de París de la Conferencia sobre Seguridad y Cooperación en Europa (CSCE).

A partir de ahora se abre la convocatoria para escribir la historia de este periodo que nos explique de dónde salimos y hacia dónde nos dirigimos. Es necesario un balance que considere sin maniqueísmos el estalinismo y el macartismo; las invasiones a Hungría y Checoslovaquia, así como a Vietnam y Granada; los golpes de Estado en Polonia y en Chile; la formación de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y del Pacto de Varsovia; la división de Alemania y la de Corea, etcétera, por mencionar sólo unos ejemplos.

Aunque se percibe claramente que comienza una nueva etapa en la historia de las relaciones internacionales, no está claro si ésta se desliga por completo de su carácter específico de “posguerra”. Por ejemplo, desde el punto de vista de los actores y sus pretensiones en la palestra mundial, ¿qué permite suponer que hay ahora un cambio fundamental en las propuestas que manejan? Alemania unificada ya no es ahora objeto de la guerra fría y Japón hace mucho que dejó de ser una potencia militarista agresiva, pero de allí a que el resto de los países predominantes en la Organización de las Naciones Unidas (ONU) acepte el ingreso de ambos en su Consejo de Seguridad hay mucha diferencia.

Por otro lado, es evidente que la reunión cumbre de la OTAN realizada el 5 y 6 de julio pasado introdujo cambios importantes en las concepciones de la alianza atlántica, pero falta muchísimo aún —tal vez décadas— para abandonar la vieja estrategia de “ disuasión” (ahora llamada “defensa avanzada”), para no decir nada de la eliminación total del armamentismo y del armamento nuclear, que son los elementos fundamentales de la “posguerra”. A la disolución, de hecho, del Pacto de Varsovia le falta el correlato de la disolución o cambio fundamental de carácter militar de la OTAN.

La guerra fría no sólo fue una confrontación cotidiana, sino también un modus vivendi; a pesar de toda su crudeza y violencia, siempre estuvo implícito un juego de valores sobrentendidos que permitía a las superpotencias distribuirse las esferas de intereses pasando incluso por encima de sus respectivos bloques, en los que mantenían el dominio. La confrontación “socialismo vs. capitalismo”, o “democracia vs. dictadura”, según la entendieran los ideólogos de uno y otro bando, se convirtieron en consignas cerradas que no permitían prácticamente ninguna posición intermedia.

Las consecuencias de la guerra fría deberían considerarse como toda una etapa histórica de pérdida de cordura y fuerzas productivas del trabajo social de la civilización, con una correspondiente incapacidad de llegar al verdadero pluralismo y democracia. Al dogmatismo en el Este correspondió la histeria anticomunista de Occidente; las alianzas y gobiernos antifascistas fueron desmembrados, algunas naciones fueron divididas, desapareció el entendimiento entre comunistas, demócratas y socialdemócratas en la sociedad civil (especialmente en los sindicatos), el inevitable proceso de descolonización se orientó por la vía de la violencia, se desató una carrera armamentista a todas luces absurda, se estableció la categoría mundial de países del Tercer Mundo como objeto de subordinación, etcétera.

Si se considera la manipulación y enajenación de las masas en Occidente, su opresión en el Este, y su miseria y atraso en el Tercer Mundo se concluye que en verdad los “ganadores” de este periodo fueron solamente las élites burocrático-militares y las clases dominantes en estas tres esferas del mundo de la posguerra.

Estas mínimas consideraciones son de importancia para alejar en el balance histórico de la guerra fría una cierta orientación que parte del triunfo de una parte sobre otra y que está ligada implícitamente a la concepción del “fin de la historia”. Se trata de un rumbo del pensamiento histórico-social que, de imponerse, tendría gravísimas consecuencias para las naciones en desarrollo, es decir, para la parte del mundo que durante décadas prácticamente ha sido más objeto que sujeto de la confrontación de los sistemas.

Independientemente del salvaje concepto de un necesario “ajuste de cuentas” que pregonan algunos ideólogos de Occidente, si se concluye ahora que los incapaces Estados del segundo mundo han demostrado su inferioridad y deben someterse a los del primero, ¿qué garantiza que dentro de un par de décadas no se concluya que la verdadera posguerra ha llegado al fin en la forma de un non plus ultra de la organización humana, en donde el abismo Norte-Sur se considere insalvable y la mayoría de la humanidad deba conformarse con las migajas de los Estados desarrollados? Esta pesadilla resulta demasiado apocalíptica, pero más vale recordarla de vez en cuando, ya que el dilema ahora no consiste simplemente en buscar ser el Primer Mundo, sino en contribuir a que desaparezcan las condiciones que le dan al Tercer Mundo su carácter específico de atraso, miseria y antidemocracia.

La guerra fría puede considerarse como la primera etapa de la posguerra, caracterizada por la confrontación bipolar entre sistemas contrapuestos; la segunda etapa se caracterizaría por la revisión de las relaciones entre el Norte y el Sur; las consecuencias de esa nueva etapa serán definitivas para la humanidad.

GIGANTES CON PIES DE BARRO

Publicado en

30 de diciembre de 1990

Cuando se dice que “Occidente ganó la guerra fría”, se reduce fácilmente esta idea al esquema de la derrota de la Unión Soviética y el triunfo de Estados Unidos. Lo primero –que implica supuestamente la derrota del socialismo como alternativa de orden social– es cada vez más difícil no admitirlo, lo segundo está aún por verse, ya que los hechos muestran no una potencia débil y una fuerte, sino una caída y la otra a punto de caer.

Debería ser motivo de más reflexión esto de confundir la victoria de un enfrentamiento reciente: el de la carrera armamentista entre las burocracias políticas, militares y privadas —que llegó a su punto máximo en la confrontación entre el reaganismo estadunidense y el estancamiento soviético brejneviano— con el resultado final de toda una época histórica, que se inició desde que tuvo lugar la primera revolución socialista, a principios de este siglo.

Sorprende la parcialidad del análisis en boga, que olvida que Estados Unidos, en medio de su pírrico triunfo, se encuentra tan derrotado y debilitado como su oponente principal, si bien no en relación con éste, sí con respecto al resto del mundo, y sobre todo en relación con las expectativas que se habían hecho a sí mismos de su “victoria”. La estrategia reaganiana se había propuesto detener al avance del comunismo y devolverle a “América” su fuerza y poder en el mundo; al final, el comunismo se ha detenido presa de sus propias contradicciones y EU salió seriamente deteriorado económicamente y confundido políticamente. La inseguridad de la línea mostrada por Washington durante todo lo que va desde el inicio de la crisis del golfo Pérsico, a pesar de tener prácticamente las manos libres, así lo demuestra.

El correlato al derrumbe del socialismo en los países eurorientales y a la crisis en la URSS es la profundización del declive de la otrora supremacía imperial e indiscutible de la Unión Americana que para mantener su rol preponderante en el mundo, se ve obligada a acudir cada vez más al triste expediente de fuerza militar y policía mundial, y no a sus brillantes resultados en competitividad, productividad, ciencia y tecnología, salud financiera y paz y estabilidad social.

Prácticamente desde principios de la década de los 70 se hizo notoria esta decadencia estadunidense constante, imparable y silenciosa que —ahora se verá con claridad— tenía que ver menos con el “triunfo inevitable e iniciativa histórica” del socialismo real pregonado por los estalinistas, que con el desarrollo de las propias contradicciones y miserias. Al comenzar la década del los 90, después de años de liberar a su manera las fuerzas del mercado y militarizar al máximo su economía, Estados Unidos se encuentra más debilitado que nunca. Si Occidente triunfó, lo hizo sacrificando a su máximo representante; el “mundo libre” recordará con agradecimiento esta muestra de heroísmo altruista típicamente estadunidense.

¿Qué es exagerada apreciación? No lo es tanto para los mismos estadunidenses que, según encuestas de la cadena televisiva NBC y del periódico Wall Street Journal, sólo en un 15 por ciento consideran a su país la primera potencia económica mundial. Jugar al Rambo le ha costado a EU riqueza, prestigio y futuro, al menos para la mayoría de la población. El nivel de vida, principio y fin en el que se centran todas las esperanzas y se fundamenta el sueño americano, se ha estacionado y va en retroceso para la mayoría de la población; la otrora invencible productividad y competitividad han sido rebasadas por los hábiles alemanes y japoneses —pero no sólo por ellos—. La violencia generalizada, la drogadicción masiva y la creciente diferenciación social y pobreza aumentan, el sistema educativo es una lástima y la idílica clase media no es ya ni de lejos el “reino de posibilidades ilimitadas” envidia de tantas naciones.

El costo de transformar el sueño americano en una aventura halconera ha sido convertir este poderoso Estado en una superpotencia con músculos del Primer Mundo y pies del tercero: 2 millones de estadunidenses abandonan la escuela elemental sin saber leer ni escribir correctamente; 37 millones viven sin seguro social contra enfermedades y 31.5 millones sobreviven abajo del límite de pobreza; durante los 80, el 5 por ciento de las clases altas elevó sus ingresos de 120 mil 253 a 148 mil 438 dólares anuales, mientras que el grupo del 20 por ciento más pobres vio disminuir sus ingresos de 9 mil 990 a 9 mil 431 dólares. Es proverbial el deterioro del sistema de carreteras, vías férreas y la infraestructura de numerosas comunidades. En Nueva York, uno de cada cien habitantes no tiene habitación, pero uno de cada 300 tiene sida; cada cuatro horas y media ocurre un asesinato, cada seis minutos un asalto y cada cuarto minutos un robo de automóvil. Sorprende saber que esta ciudad no es la más peligrosa de EU, ya que se le ubica en el lugar 13 detrás de Washington, Dallas, Seattle, San Antonio y otras. En total, el Estado tiene que ocuparse de vigilar policial y judicialmente a 3.7 millones de ciudadanos (entre presos, libres por caución y bajo palabra), casi el 2 por ciento de la población. Con estos datos no resulta entonces tan inconcebible que en la “democracia ejemplar” para todo el mundo se registre un abstencionismo de cerca del 70 por ciento del electorado.

El ingreso al nuevo orden internacional sigue, por lo pronto, un rumbo unipolar, pero hay indicios suficientes para pensar que de mantenerse será uno de hierro con pies de barro, lo cual conlleva serios riesgos para la paz y la estabilidad mundial.

500 DÍAS PARA EMPEZAR DE NUEVO

Publicado en

3 de noviembre de 1990

Ahora que se cumple un aniversario más de la revolución socialista de 1917 se discute en la misma URSS el sentido de conmemorar esta fecha. Por lo pronto, se celebrará aplicando el plan de 500 días para introducir la economía de mercado, como única posibilidad de evitar una catástrofe. Para muchos pareciera que la URSS, que debe la legitimidad de su existencia al proyecto socialista, abandona éste parta poder seguir subsistiendo como Estado.

Por diversas circunstancias históricas, la definición práctica e teórica de un socialismo de acuerdo a su concepto mismo, es decir como superación revolucionaria del capitalismo en la productividad y la democracia, no tuvo tiempo ni posibilidad alguna de ser llevada a cabo. El socialismo que conocemos se convirtió en una sucesión de respuestas amoldadas a la ofensiva brutal de un mundo que no estaba dispuesto a admitir alternativas; pero el esfuerzo por construir un modelo social con libertad y sin explotación sólo podía ser posible en donde la producción moderna es capaz de generar volúmenes de excedente económico, a los que apenas se acercan actualmente los Estados más desarrollados de hoy.

Deberíamos asombrarnos de cómo fue posible que se llamara “socialista” a una sociedad atrasada que recién surgida fue hostigada por una fuerza multinacional, dos décadas después semidestruida por la barbarie fascista, y posteriormente presionada y cercada por la guerra fría. El retraso socio-económico, la destrucción y el hostigamiento difícilmente hubieran permitido construir una economía capitalista sólida, mucho menos un proyecto alternativo incierto y difamado desde su inicio. Allí comenzó una cadena de desgracias históricas cargadas de gloria, pero también de ignominia. El esfuerzo por construir una sociedad socialista fue una de las más grandes epopeyas de este siglo, pero estaba destinado al fracaso prácticamente desde el principio. Su historia podría apenas comenzar ahora.

El socialismo que conocimos en la URSS y otros Estados, tuvo dos grandes tareas inmediatas decisivas: por un lado, sacar a sus respectivas sociedades del atraso, las miserias o la destrucción en que las dejó o mantenía el capitalismo más o menos desarrollado, o incluso sistemas semifeudales más atrasados, y por otro, construir una sociedad más libre y realmente democrática. En el primer propósito, esta utopía demostró, con todo y sus deformaciones, enormes posibilidades, mismas que curiosamente hasta hace poco no se escamoteaban ni siquiera por parte de sus oponentes acérrimos. El mundo de hoy no sería el mismo, ni tenemos porque suponer que mejor, sin la utopía socialista; al no cubrir las expectativas por las que millones de seres humanos dieron su vida y su obra, este proyecto se ha cubierto de oprobio merecido, pero también gratuito.

No se debería perder de vista que en 1989, cuando se derrumbó por sus contradicciones el sistema “socialista real”, no hubo literalmente ninguna oportunidad ni tiempo para implementar o siquiera plantear proyectos para transformarlo, del mismo modo que en los países capitalistas se realizan reformas hasta dejarlos casi irreconocibles. Precisamente en eso consiste la tragedia de los demócratas radicales y los socialistas sinceros, que ahora se encuentran injustamente tan marginados de los cambios como los estalinistas que se opusieron a ellos. Ahora ya es demasiado tarde y todo tiene que comenzar casi desde cero para aquellos –no pocos– que piensan que el mundo actual no es, para nada, el mejor de los mundos posibles.

Si el progreso no es otra cosa que la realización de las utopías es indispensable levantar un nueva sobre la base de la reflexión de la experiencia, para que las generaciones que nos sucedan tengan otras alternativas distintas al conformismo, la enajenación y el cinismo, que son por mucho el basamento ideológico del unipolarismo en avance. La tarea no es romántica ni altruista, es indispensable.

La “economía de mercado” caracteriza el modo de funcionar de la economía y no de la sociedad en su conjunto, es decir, es un tipo de economía y no un orden socioeconómico. No tiene porqué despreciarse de antemano el predominio de la propiedad socializada, con tal de que se apoye en el Estado democrático de derecho como regulador de sus condiciones generales de producción. Sólo así se puede siquiera hablar de la necesidad de existencia de grupos sociales que se disputan el excedente económico y, dicho sea de paso, asumir la racionalidad ecológica de la producción. El Estado moderno debería garantizar la democracia económica del mismo modo que ahora pretende contribuir a la democracia política. Lo que no se vale es hacer como si el estado por “liberarse” de su poder económico ya no existiera o existiera cada vez menos; quien piensa que ahora estamos más lejos que antes del “big brother” orwelliano es simple y sencillamente ingenuo.

Sólo la democracia económica con transparencia y control público sería la única forma capaz de permitir la verdadera aplicación del principio de la rentabilidad, en contra del evidente poder extraeconómico de ciertos grupos. El antiestatismo neoliberalizante mundial no conduciría a nada si sólo se limita a convertir los monopolios estatales en monopolios privados. ¿Por qué ha de estar reñida la conformación de las relaciones autónomas entre las unidades productivas con la pluralidad real de las formas de propiedad en la producción, el intercambio y el consumo? ¿No será que ahora se acepta espontáneamente una edición perversamente invertida de una vieja utopía ya fracasada?

VIEJA HISTORIA, NUEVO PROBLEMA

Publicado en

12 de Mayo de 1991

Al borde del tercer milenio de civilización cristiana, debemos referirnos a un pueblo que, a pesar de contar con más de 23 millones de integrantes, se encuentra francamente amenazado con la extinción. Nuevamente ha tenido que suceder una guerra de consecuencias globales estratégicas (la del Golfo Pérsico), incluidas la matanza y la persecución de los kurdos ante los ojos de todo el mundo, para que el orbe se acuerde de su subsistencia.

Como para muchos de la vida privada, para el pueblo Kurdo el existir es un problema y el subsistir una cuestión de sufrimiento. Para las clases dominantes de Turquía e Irán, los dos Estados principales que se reparten con Iraq el problema Kurdo, no fue nunca un bocado fácil mantener a raya a esta población contradictoriamente arraigada y desprendía su propio territorio. Con la decadencia de los añejos imperios turco y otomano en el siglo XIX, a manos de los imperios más modernos del floreciente capitalismo, pareció abrirse por fin la oportunidad histórica para los ideólogos europeizados del primer periódico publicado en 1897 simultáneamente en El Cairo, Estambul y Ginebra: Kurdistán.

La victoria de las potencias de la Entente sobre el imperio otomano en la Primera Guerra Mundial despertó expectativas nada injustificadas entre los precursores de la nacional-estatalidad kurda. Apenas al día siguiente de la capitulación del imperio otomano, el sheik Mahmud Barazindya se declaró gobernador del nuevo Estado kurdo (Mosul), el primero de noviembre de 1918.

Sin embargo, el Tratado de Paz de Sévres, firmado en agosto de 1920, apenas fue el inicio del problema propiamente dicho, ya que aunque permitió a este pueblo la autonomía local (artículo 62) y admitió explícitamente la creación del Estado de Kurdistán (artículo 64), en realidad se vio pronto que las intenciones de los aliados, especialmente de Gran Bretaña, podían tomar un carácter completamente distinto ante el descubrimiento de petróleo en la región: Barazindya fue derrotado y expulsado del territorio por los británicos.

Además de los intereses coloniales, otro factor negativo para la frustración histórica kurda de principios de siglo fue el dilema —lamentable en la historia de las luchas de liberación— en que se encontraban los nacionalistas modernizadores e incluso revolucionarios turcos (con Mustafá Kemal, Ataturk, a la cabeza) deseosos de democratizar el imperio otomano, pero sin debilitarlo al grado de tener que ceder territorios a nadie. Así, los kurdos fueron difamados indiscriminadamente como colaboradores de la Entente y como “peligro para la nación turca”, y tratados en consecuencia, como lo atestiguan de 1925 a 1939 los frecuentes choques y un millón de 500 mil kurdos muertos en sus asentamientos en Turquía, un Estado con cuyo movimiento nacionalista liberador alguna vez simpatizaron.

La conferencia en San Remo, realizada en 1920, decidió la anexión de Mosul a Iraq, creado bajo la influencia británica no menos artificialmente de lo que fue creado Kuwait. El intento del repatriado Barazindya de proclamarse nuevo rey de Kurdistán, en noviembre de 1922, fue la última escena del primer acto en esta tragedia, que terminó cuando por segunda ocasión las tropas británicas derrotaron su movimiento en 1925. El eterno descontento kurdo necesitó de una nueva guerra mundial para que surgiera otro movimiento nacionalista, pero esta vez con marcados tintes sociales.

El Partido Democrático de Kurdistán del nuevo líder, Massoud Barzani, se constituyó en el partido de la unidad nacional hacia la creación de una república autónoma, que fue proclamada en enero de 1946, pero que habría de sucumbir, ante las armas de Teherán 11 meses después, con la complacencia y aceptación de los aliados. Poco después comenzó la guerra fría, que tendió siempre a desvirtuar las luchas de liberación nacional en objeto de manipulación, también la del pueblo kurdo.

El “nacionalismo” kurdo que pudo surgir en estas décadas se redujo a una expresión de descontento anárquico, resignado y primitivo, que reveló su peor aspecto en las rivalidades interkurdas, iraquíes-iraníes y kurdas-baathisticas (del partido Baath), que convirtieron la “ley sobre la autonomía de la región kurda” en una farsa que terminó en una tragedia, en la que murieron, tan sólo 1975, 60 mil kurdos, esta vez en territorio iraquí, y de la que huyeron 150 mil refugiados rumbo a Irán. El acuerdo de Irán con Iraq, firmado en Argelia en 1975, estableció un equilibrio egoísta en cuestiones de fronteras, ignorando por completo el problema principal de un enorme pueblo sin Estado y sin nada.

Ha sido nuevamente necesaria una guerra mundial para recordar el problema del pueblo kurdo, que de nuevo sufre una matanza y una emigración forzada. Todo el nuevo orden mundial conseguido en este cuestionable fin de la guerra del Golfo está en entredicho, si no es capaz de encontrar una solución definitiva para este pueblo.

SIETE MÁS UNO

Publicado en

21 de Julio de 1991

Mientras los mexicanos de todos los signos nos engolosinamos con los preparativos y desarrollo de la “oportuna e indispensable” Primera Cumbre Iberoamericana, tuvo su fin en Londres otra cumbre que en otros tiempos hubiéramos llamado de inmediato “la Madre toda las Cumbres”.

El último encuentro del grupo de Los Siete (G-7) en Londres marca un hito en la historia mundial, ya que, aunque en ningún lugar de los documentos finales se instituye la presencia de la URSS en las próximas deliberaciones de este supergremio, es un hecho que en el futuro Moscú ya no podrá ser simplemente marginado de sus momentos culminantes. De uno o de otro modo. Los Siete son ya desde ahora Siete más Uno (¿”Siete más medio”?), lo cual no debería sorprender a nadie, ya que la evolución de los acontecimientos y los lazos y compromisos adquiridos en los últimos años entre Moscú y cada uno de Los Siete así lo demandaban. En principio, se trata de un triunfo de Mijail Gorbachov, quien precisamente para eso fue a Londres poniendo todo su empeño, talento y recursos, que por lo visto no son pocos, a pesar de que de vez en cuando a todos nos parece que vive de prestado de su prestigio y de su suerte. Ahora se podrá remitir al Fondo Monetario Internacional (FMI), al Banco Mundial (BM) y al plan de ayuda de seis puntos acordados por el G-7.

La colaboración permanente de la URSS con el FMI, el BM, la Organización de Cooperación para el Desarrollo Económico (OCDE) y, desde luego, el flamante Banco Europeo de Reconstrucción y Desarrollo, aunada al compromiso de asistencia occidental en las áreas claves para la modernización económica con integración mundial, implican que Occidente se ha decidido nuevamente —a pesar de todas las reservas de algunas potencias y, al parecer, esta vez en serio— por apostar al presidente soviético, lo que ya no significa apostarle a la perestroika, sino más bien al abandono de su contenido fundamental (renovación del socialismo, al menos en los términos establecidos al inicio de la “renovación de Gorbachov” en sus documentos fundamentales) . Siete más Uno es el mejor y más seguro modo de hacer el proceso iniciado por la perestroika definitivamente irreversible.

Las últimas resistencias existentes de Occidente no han sido o son fundamentalmente producto de los “nostálgicos de la guerra fría”, como lo presenta todavía la dirigencia soviética, sino simplemente conducta legítima de quien antes de hacer grandes negocios no está dispuesto a mostrar todas sus cartas ni a hacer ofertas de entrada innecesarias. Los negocios son sólo negocios. La ayuda monetaria vendrá con toda seguridad después, cuando las circunstancias lo indiquen como algo conveniente.

Pero, al fin y al cabo, ¿por qué habría de reprochársele a Gorbachov su conducta? El presidente soviético cumple su papel al revestir de dignidad sus pasos (“no vengo a rogarle a nadie”), pero en realidad no hay otra conducta posible. Producto como es de una revolución sin revolucionarios, la situación alcanzada ha puesto en evidencia la incapacidad de la población soviética para construir la clase portadora de las nuevas relaciones de producción, indispensables para reconstruir la economía, resolver los problemas del intercambio entre las nacionalidades y repúblicas e introducir una cultura política democrática inédita en este conglomerado de Estados, etnias, y nacionalidades que es la URSS. Difícilmente se podrá decir que Gorbachov se ha “olvidado de su pueblo”; más bien se puede sostener lo contrario (el juego de palabras es intencional).

Una vez perdido su bastión militar del Pacto de Varsovia, prácticamente sin apoyo alguno de sus ex aliados del ex Consejo de Ayuda Mutua Económica, enfrentando con una crisis de nacionalidades que parece insoluble, y en pleno deterioro cotidiano de la vida económica, social y política del país hasta niveles insospechados de “desventaja comparativa” (prostitutas de Primer Mundo a precios de tercero), la dirigencia de la perestroika no tiene otro remedio que reclamar el cumplimiento de compromisos mediante su ingreso virtual al Grupo de Los Siete, cueste lo que cueste.

El mecanismo Siete más Uno en gestación será parte fundamental del “nuevo orden internacional”. Involucra ahora a cuatro superpotencias (potencias poseedoras de armas atómicas) miembros permanentes —con derecho de veto— del Consejo de Seguridad (CS) de la ONU (Gran Bretaña, la URSS, Estados Unidos y Francia). Dos de las potencias restantes del G-7 no requieren de armas atómicas para afirmar su poder e influencia, y es sólo cuestión de tiempo para que reclamen con alguna modalidad una merecida participación en el CS con igualdad de “derechos y deberes” (RFA y Japón). Canadá, ligado como se encuentra a EU, habrá de rediseñar su política de alianza propia en ese esquema; al igual que Italia, que algo tendría que decir en el caso de que Japón y Alemania fueran muy lejos en sus aspiraciones.

En estas circunstancias, que difícil parece ser hablar de autodeterminación, soberanía y condiciones libres de desarrollo para Estados o comunidades de Estados —por más amplias e impresionantes que parezcan—, cuando al mismo tiempo tienen lugar encuentros de colosos de este tipo, en donde se ajustan en gran manera cuentas históricas. Uno no puede menos que sentir escalofrío al pensar lo que habrá de ser después, cuando ante la ventanilla de “caja” se presenten Estados mucho menos fuertes, soberanos y libres que la URSS de Gorbachov.

¿LÍBANO ESLAVO?

Publicado en

11 de agosto de 1991

Como ocurrió en la guerra del golfo Pérsico, la crisis en Yugoslavia es una expresión de nuevos complejos de contradicciones propios de una nueva era surgida del antiguo sistema bipolar. El mundo parece dirigirse al unipolarismo con dominación colectiva compartida por las grandes superpotencias, encabezadas probablemente por una especie de directorio mundial, cuyo núcleo sería el grupo de Los Siete, ampliado con la Unión Soviética y posteriormente China, si bien les va.

Las declaraciones de independencia de las repúblicas de Eslovenia y Croacia implican, de fructificar en la realidad, el segundo verdadero gran cambio de correlación internacional de fuerzas en el ámbito europeo. Para todos los actores de la arena internacional, se plantea en Yugoslavia, ahora más tajantemente que nunca, la disyuntiva entre el principio de autodeterminación y la necesidad de conservar el estado actual de unidad defectuosa y catastrófica —pero al fin y al cabo unidad—, en bien de mantener la paz y la estabilidad en la zona y, de paso, en el mundo entero.

La unificación alemana fue un cambio extraordinario y prácticamente sin derramar una gota de sangre o perder una vida (con excepción del accidente en que cayó una plataforma al lado del muro). En cambio, la desunificación (totalmente a contrapelo de los tiempos de integración mundial globalizadora) de Yugoslavia todavía no ha comenzado realmente y, sin embargo, tiene al mundo entero con el aliento detenido, ya que el descontrol sobre este proceso por parte de las fuerzas políticas internas podría convertir a su territorio en un auténtico Líbano eslavo, mucho más peligroso para la paz mundial que el conflicto de Beirut, al que el mundo parece haberse acostumbrado sin esperanza. Pero los ejércitos de las repúblicas de Yugoslavia no son milicias, ni Europa es el Oriente Cercano, pero, por sobre todo, el mundo ya no es el mismo.

Especialmente para Alemania es complicada y comprometedora esta crisis en la que ha asumido, por diversas razones, incluyendo la actividad protagónica de su extraordinario ministerio del Exterior, Hans Dietrich Genscher, una responsabilidad especial, en tanto dirigencia del “mecanismo anticrisis” acordado por la Conferencia Seguridad y Cooperación en Europa (CSCE). Y es que una de las cosas que están en juego es la credibilidad de una política exterior comunitaria, que no parece viable a corto plazo, justo cuando tiempo es lo que menos hay.

La febril actividad alemana durante julio pasado, reflejada en el viaje del ministro del de Relaciones Exteriores, Hans Dietrich Genscher, a Lisboa, la entrevista de Helmut Kohl y François Mitterrand y la visita del presidente croata Franjo Tudjman, son muestras de un intento loable para conseguir el diálogo y una solución pacífica entre las partes. Sin embargo, cada día que pasa el conflicto se convierte en un callejón sin salida que amenaza con dar al traste con toda la obra construida por la Europa comunitaria —especialmente por Bon— hacia Yugoslavia en los últimos años. Igualmente, Yugoslavia podría convertirse en el primer punto de diferencias verdaderamente serias y profundas (después de décadas de ejemplar entendimiento vital para el concierto europeo) con Francia, que por su lado ha dejado claro a Austria y a todo el mundo que, a pesar de no ubicarse en Europa central, no piensa ser excluida de la solución final de la crisis yugoslava. Mitterrand sabe muy bien que en parte están en juego las reglas del juego europeo en el nuevo orden mundial.

Como en su momento, la guerra del golfo Pérsico, y guardadas todas las diferencias, la crisis yugoslava y sus actores involucrados amenazan con brindarle al resto del mundo otra nueva experiencia intervención militar de amplitud y consecuencias. El tono cada vez más impaciente y endurecido de los espectadores europeos, especialmente de Francia, Austria y ahora Alemania, admitiendo abiertamente la necesidad de intervención del Consejo de Seguridad de la ONU (¡otra vez!), del mecanismo anticrisis de la CSCE y del Consejo de la Unión Europea Occidental, se dirige a admitir más o menos veladamente el eventual envío de “tropas de paz”. Pero Yugoslavia no es Iraq, ni hay Saddam Hussein que lo justifique. Para las gestiones de paz sólo debería pensarse en una instancia que admitan todas las partes yugoslavas, y esa es hasta ahora la Comunidad Europea, en donde hay suficiente juego para los interesados.

El reconocimiento de Eslovenia y Croacia por parte de determinados países importantes (como lo pretende el presidente Tudjman, quien si bien aceptó finalmente el cese del fuego pide a gritos la intervención extranjera su república), ¿sería el fin del conflicto o el inicio de su internacionalización?, ¿sería para ahorrarse una intervención armada internacional o para legitimizarla, favoreciendo de hecho a una de las partes?, ¿no se trataría ya de un plato demasiado fuerte para la comida internacional, apenas seis meses después de finalizada la guerra el pérsico?

HIPOCRESÍA GLOBAL

Publicado en

24 de Agosto de 1991

Es inevitable hablar de lo inevitable. ¿Era inevitable el intento de golpe de Estado contra Mijail Gorbachov? Para nada. Fue largamente anunciado, acabando de paso con la ilusión de que una revolución puede ser pacífica, si es consecuente. Los tres días vividos por la comunidad internacional, sobre todo por los pueblos soviéticos, equivalen por su trascendencia y gravedad a los “10 días que conmovieron al mundo” a principios del siglo, cuando tuvo lugar la revolución de octubre, el 7 de noviembre de 1917. Pero ya se sabe que cuando se repite a sí misma la historia suele hacerlo como farsa.

Sin embargo, es necesario destacar las diferencias con aquellas fechas, cuando el Partido Comunista (bolchevique en 1917) fue la fuerza dirigente (vanguardia y conciencia) de la mayoría de la población, mientras que ahora no jugó ningún papel, o lo hizo a favor de la reacción. Por otro lado, en octubre de 1917 se trataba de saltar hacia tierra incógnita, en la realización de una utopía novedosa y esperanzadora por la humanidad, mientras que ahora el solo intento de volver a ella —o a la peculiar interpretación de la misma por parte los golpistas— bastó para revitalizar el casi perdido apoyo interno a Gorbachov y generar una resistencia que paralizó a órganos de seguridad y ejércitos de entre los más grandes, bien disciplinados y experimentados del mundo.

Finalmente, mientras que 1917 generó pronto un bloqueo y hostigamiento internacionales contra la naciente Rusia soviética, el breve ascenso del Comité de Emergencia generó un rechazo casi unánime a los usurpadores, que nos hubiera gustado ver en el caso de golpes de Estado e invasiones a otros gobiernos constitucionales no menos ilegítimamente derrocados. Si tomamos en serio la confesión — descarada e ingenua para estos tiempos— del usurpador Yanayev: “soy comunista de corazón”, resulta impresionante que dos movimientos históricos movidos por los mismos ideales en principio hayan generado en dos épocas distintas reacciones tan opuestas en los marcos interno y externo, por parte de los mismos actores.

Los golpes de Estado, o sus intentos, se parecen a los amores apasionados y a los accidentes en que “después ya nada es igual”. La comunidad internacional de buena voluntad no puede menos que expresar su júbilo por la derrota de la traición contra los procesos de glasnot y perestroika, a los que debemos todas las transformaciones positivas de los últimos años.

Sin embargo, debemos admitir que ni la URSS ni Gorbachov serán ya los mismos después de este golpe fallido. El daño principal ya está hecho. Yanayev y su grupo han contribuido, a escala soviética a la labor iniciada por Saddam Hussein en Oriente Cercano y por Manuel Noriega en América Latina (y que llevan a cabo igualmente los gobiernos de las repúblicas yugoslavas): la consolidación de la dependencia política y económica mundial a favor de un grupo selecto de Estados que por su desarrollo, estabilidad y actuación concertada pueden decidir indirectamente sobre el destino final de naciones o de grupos enteros de ellas.

Con su propio Partido Comunista transformado en una masa amorfa e inútil, que no fue capaz de defender a su propio líder, y por el que nadie preguntó durante los acontecimientos (todo fue cuestión de medios de difusión, aparatos de seguridad, ejércitos, masas populares espontáneas y diplomacia), Gorbachov sabe ahora que le debe la vida y, no sólo la vida política, ciertamente al pueblo soviético que le felicita, pero sobre todo el movimiento encabezado por Boris Yeltsin (que también luchaba por su vida) en lo interno y al aislamiento internacional atento a la voz de Washington, Londres y París para entrar en acción. La imagen de Gorbachov aparece fortificada sólo en lo inmediato, pues comienza la era Yeltsin. El compromiso y la deuda de la URSS con el Primer Mundo son ahora inmensos. Ni siquiera la ONU tuvo oportunidad de tomar cartas en el asunto.

¿Que nos invade el escepticismo y el pesimismo gratuito? No lo creemos: apenas acaba de pasar la pesadilla de ver a la segunda potencia militar mundial sumida en una confusión y desorden generalizados, dignos de una república bananera y, sin embargo, la reunión de emergencia la Organización del Tratado Transatlántico Norte (OTAN), convocada poco antes del también no menos sorpresivo desenlace afortunado a favor de Gorbachov, declaró, en boca del secretario de Estado, James Baker, que el gobierno soviético “no recibirá un cheque en blanco” de no avanzar consecuentemente en las reformas que exigen sus socios externos principales. Como si nada hubiera pasado.

Durante tres días la URSS se pareció a un loco con ametralladora en medio de la plaza pública, pero esta experiencia no les fue suficiente a las potencias industrializadas de Occidente para modificar radicalmente su actitud frente a la Unión Soviética, que se encuentra ahora ante la maniobra y el chantaje, cuando lo que urge es la solidaria real y consecuente. Lo que occidente temió perder por un momento fue un actor previsible por conocido en la construcción de su proyecto de nuevo orden internacional unipolar, y nada más.

Es cierto que Francia, Alemania y otros tienen una posición más cuidadosa y realista, pero en poco tiempo lo más probable es que se llegue a un acuerdo en torno a la línea de aprovecharse de la situación. ¿Si no es ahora, cuando? Y es que el apoyo al gobierno legítimo y la exigencia de restauración en su cargo fueron evidentes y definitivas sólo cuando estaba claro el fracaso de los golpistas. De haberse sostenido un poco más la aventura político-militar del Comité de Emergencia, occidente habría comenzado a aplicar la realpolitik pura y simple, para tener buenas relaciones con el poder “de facto”.

Glasnost y perestroika habrán de ser modificadas. Aunque Gorbachov aparece como un héroe, su estrella comienza a declinar definitivamente, dando lugar a la era Yeltsin, que con toda probabilidad será el próximo presidente de la URSS. De todos los cambios en la arena internacional, nada más éste nos faltaba, para presentar a Estados Unidos como el polo único económico, político y hasta moral por excelencia. Se ha salvado el contrapeso principal a Washington, ¡pero en qué condiciones!

GRUPOS SIN BANDERAS

Publicado en

21 de abril de 1991

Numerosos analistas han observado que en el jardín de los placeres del nuevo orden internacional, del que estamos comenzando a disfrutar, no hay lugar para “los condenados de la tierra”, es decir para los restos de aquello que alguna vez fue llamado sistema colonial del imperialismo, luego países en desarrollo, y hoy en día con más imprecisión que nunca: Tercer Mundo. Sola y abandonada a la suerte de la economía de libre mercado a escala internacional —a pesar de la buena fe de algunos sectores de los países industrializados— se encuentra la absoluta mayoría de los pueblos, cuya riqueza en materias primas fue la base del desarrollo y progreso los países ricos del orbe.

En otras ocasiones hemos llamado la atención sobre el grupo de los países más débiles, cuyos extremos de pobreza generalizada han llegado a tal nivel que ya se puede decir que existe un Cuarto Mundo, que conformaría ni más ni menos que la “extrema” o nueva pobreza internacional, en una analogía con economías nacionales que nada tiene de casual. Se ha festinado enfáticamente el aspecto del derrumbe de un sistema económico-social (asombrosamente no tanto de los regímenes políticos sobre los que se sustenta), olvidando fácilmente que poco ha ganado la civilización cuando al interior de los Estados y entre los mismos la diferenciación social y económica es más brutal y despiadada que nunca. El concepto del imperialismo ha desaparecido hasta del lenguaje de la izquierda, pero sin dejar claro que es eso que ahora rige en las relaciones de dominación entre los Estados. Es curioso, antes había dos imperialismos, ahora al parecer no queda ni uno; Y sin embargo, no encuentra difícilmente a alguien que se alegre verdaderamente por la situación creada.

Dentro de ese mar de sociedades del Tercer Mundo existe ahora, en plena agrupación, un conjunto de países intermedios que también buscan su propio espacio colectivo dentro del nuevo orden internacional y tienden a coaligarse del único modo en el que pueden hacerlo las naciones no dominantes, a las que les está vedado el camino legal de manipulación de los organismos internacionales: mediante la creación de un Grupo con el apellido del número que logran alcanzar. Por eso se llama a sí mismo el Grupo de los 15, que en su casa lo conocen.

A iniciativa del ex presidente de Tanzania y presidente de la Comisión del Sur, Julius Nyerere, y aprovechando la XI reunión cumbre del Movimiento de los Países no Alineados (Noal), se consiguió por fin construir este grupo que reúne a seis países de América Latina (Argentina, Brasil, Jamaica, México, Perú y Venezuela), cinco de África (Argelia, Egipto, Nigeria, Senegal y Zimbabue), tres de Asia (Indonesia, India, Malasia) y Yugoslavia. La idea original fue crear un grupo de consulta y cooperación sobre problemas económicos globales entre países en desarrollo, con el objetivo de llegar a un ambicioso plan de acción para la cooperación Sur-Sur, promoviendo su adopción por todos los países en desarrollo, para los cuales el plan se convertiría de hecho en una especie de ordenamiento de integración que se actualizaría periódicamente. Es evidente que esta concepción está dirigida primordialmente a enfrentar con una nueva estrategia aquello que no pudo ser logrado mediante el frustrado nuevo orden económico internacional, que tantos desvelos innecesarios y esfuerzos inútiles costó a legiones enteras de luchadores sociales. Un nuevo orden ya está aquí, pero no es muy nuevo y es sobre todo político.

El problema es que el G-15 cuenta ya con más de dos años de existencia (nació en septiembre de 1989) y todavía no es hora que deje sentir en la opinión pública su peso y la presión que en principio podría ejercer como una auténtica coalición de países líderes del Tercer Mundo, justamente en el momento en el que ya no existe esa regla no escrita de agrupación de los países dependientes en torno a demandas antiimperialistas lanzadas o apoyadas invariablemente por los Estados del extinto bloque socialista. Pero, en un orden que se está caracterizando por la desintegración unilateral de uno de los imperios, quedando el mundo a merced del otro, ¿a quién, le interesa ser “antiimperialista”? Y si nadie quiere serlo, ¿qué sentido tiene en el fondo agruparse para consultarse mutuamente sobre lo mal que le va a cada quien? ¿Cómo construir un movimiento que no quiere —en un sentido o en otro— confesar o admitir su contenido? Es muy desagradable e infortunado tratar de hacer política sin ideología. La primera gran cumbre del G-15, en Kuala Lumpur, en junio del año pasado, no pudo pasar encima de esta realidad.

La incapacidad de acción e iniciativa del G-15 se ve agravada además porque en su seno se han enseñoreado las tendencias más negativas de eso que se podría llamar cultura política tercermundista, teniendo como resultado un cierto afán de protagonismo por parte de algunos actores, así como la creación de estructuras burocráticas y aparatos formales para mantener su propia razón de ser.

El G-15 no llena ni de lejos el hueco que evidentemente está dejando el Movimiento de Países no Alineados, para no hablar del Grupo de los 77. Los participantes en el G-15 tratan de responder a la necesidad que tiene el Tercer Mundo de ubicarse ventajosamente en el orbe en transformación, pero lo hacen encerrados en el dilema de los tiempos: buscar el cambio favorable a sí mismos, pero aceptando el cambio más desventajoso para todos. Ya sin aspirar a elevar al resto de los países del Tercer Mundo a su nivel, sino teniendo como objetivo llegar a ser del Primero, los integrantes del G-15 habrán cerrado un brevísimo ciclo en buenas intenciones, iniciado cuando el mundo prometía ser mucho mejor. La última llamada sería la próxima cumbre en Caracas de fines de junio, de donde deberá salir el G-15 con algo concreto en las manos, o mejor desaparecer discretamente. Debería quedar claro en todo caso que para enfrentar al G-7 de los superpoderosos de la tierra hace falta algo más que un G-15.

PEQUEÑAS CUMBRES

Publicado en

28 de abril de 1991

Una cumbre lo es no sólo por la altura a la que tiene lugar, sino por su importancia inmediata y sobre todo por su trascendencia. Por lo mismo, es una lástima que la opinión pública ignore cierto tipo de cumbres de gran valor, tan sólo porque no se realizan entre superpotencias.

Tal es el caso de las conferencias de los presidentes de las repúblicas de Yugoslavia, en donde se resuelven temas importantes para el futuro de toda la región balcánica y de Europa en su conjunto, ya que la desintegración de Yugoslavia sería el segundo gran acontecimiento de la Europa de la posguerra fría, después de la unificación alemana.

Hasta hace poco, parecía reinar el caos en este país balcánico pero ahora se avanza en la búsqueda de un acuerdo definitivo sobre la futura división política. En ese estado multinacional parece estarse poniendo, a pesar de todas las dificultades, una actitud más tolerante, con todo y que las posiciones originales han variado poco: mientras que las repúblicas relativamente desarrolladas de Croacia y Eslovenia apoyan el establecimiento de una confederación, las repúblicas de desarrolló medio y bajo —Serbia y Montenegro— apoyan el mantenimiento del sistema federal prácticamente intacto; la débil Macedonia espera impaciente, por su parte, que se definan mejor los campos y Bosnia-Herzegovina se ha decidido por una alternativa tan intermedia entre la federación y la confederación que acaba por perder su propio perfil, coincidiendo con todos y con nadie.

A pesar de las más crudas amenazas verbales y de promesas y contrapromesas de anexión, cargadas siempre de una impetuosa pasión mediterránea, la verdad es que la cordura se impone al final, aunque sea con dificultades, en un ámbito geopolítico en donde por mucho menos que estos “problemillas” las partes suelen pasarse a cuchillo unas a otras.

Especialmente entre Serbia y Croacia se ha dejado sentir la cordura, cuando, por ejemplo, el Parlamento serbio rechazó la adhesión de regiones serbias de Croacia, al declarar que respetaría las decisiones de la presidencia colectiva. Del mismo modo, la acertada postura del gobierno federal de declarar como anticonstitucional la adhesión de Krajina a Serbia, contribuirá a que las cosas tomen en lo posible un rumbo a favor de la paz. Si bien es inevitable que los acontecimientos del pasado 10 de abril en Serbia siguen siendo motivo de debate y confrontación política a nivel federal y local, parece claro que los ajustes y reajustes de la dirigencia muestran que se dará poca oportunidad a agrupaciones como el Movimiento Serbio de Renovación para complicar más el ya de por sí grave problema entre las nacionalidades. Yugoslavia no debería transformarse en el Líbano de los Balcanes.

Otro elemento que ahora sí permite estar optimista, a diferencia de hace un par de semanas, es el acuerdo de los seis presidentes de resolver la cuestión de la futura organización política yugoslava mediante un referendo a más tardar el 6 de mayo. Así el gran dilema: Estado Federal demócrata y unificado contra alianza de Estados Soberanos se dejará en manos del pueblo yugoeslavo mismo. Ahora bien, esto es todavía música ideal, ya que, como se dice, “el diablo se esconden el detalle”. Falta una aclarar si la consulta popular se realizaría por naciones o de manera global. No necesita explicarse qué importancia tienen estas variantes debido al peso cuantitativo de las distintas nacionalidades.

En todo caso, las decisiones de Croacia y Eslovenia de iniciar ya unilateralmente el proceso de disolución de Yugoslavia no parece realmente un ultimátum brutal de los que estila el Consejo de Seguridad de la ONU (ojalá no se inmiscuya en la cuestión yugoslava), sino más bien una medida de presión para acelerar las cosas y ganar terreno.

Es inevitable el inicio de alguna forma de transición ya que, afortunadamente sin necesidad de una guerra civil, cada día queda más claro que es indispensable alguna forma distanciamiento, precisamente para que Yugoslavia se mantenga unida y no se precipite hacia una desintegración que no conviene a prácticamente a nadie en el mundo, tal como lo han manifestado numerosos e importantes espectadores mundiales. Es curioso, pero no sería improbable que la alternativa al final sea la del mercado común interno al estilo de la Comunidad Europea (CE), sostenido por Macedonia y Bosnia Herzegovina.

En el fondo de todo se encuentra, como siempre, la grosera realidad de los intereses económicos. El programa presentado por el presidente Ante Markovic el 19 de abril tiene a su favor el diálogo en marcha, pero no salva a ninguna de las repúblicas de la presión más grave que viene del Fondo Monetario Internacional, ya que sin su cumplimiento no habrá créditos para el saneamiento económico del país satisfactorio para todas las repúblicas. El problema es que hay una contradicción entre los intereses políticos y electorales de las dirigencias locales —que las lleva a rechazar las reformas y bloquear la operatividad de la federación— y el interés general de la federación misma que integran pues, como sucede en todo el mundo actualmente, exige cierto sacrificio de la soberanía en bien de la recuperación económica. No solo aquí, tampoco en Yugoslavia se puede tener todo al mismo tiempo.

“SUBVERSIÓN” TARDÍA E INNECESARIA

Publicado en

5 de marzo de 1991

“No me mueve capitalismo para quererte. La economía de mercado que me tienes prometida, ni me mueve el comunismo tan temido, para dejar por eso de ofenderte”. Me parece que está paráfrasis ocurrente refleja con alguna aproximación el contenido de la encíclica Centesimus Annus emitida en el Vaticano, que tardó bastante en reaccionar ante el derrumbe del comunismo para dar su juicio global sobre las transformaciones mundiales del último periodo. Por poco y este prudente silencio hubiera sido confundido con perplejidad y falta de conceptos acerca de cómo interpretar el mundo unipolar naciente, que en principio debería considerarse como un paradigma más cercano que antes a la idea de la realización de la voluntad del Señor en la Tierra.

De entrada, no deja de llamar la atención que la Victoria de Cristo aparezca al borde del “fin de la historia”, expresándose en términos negativos acerca de un modelo de sociedad que precisamente se preconiza ahora como un orden cristiano y definitivo (recuérdense las invocaciones de Bush al Dios Cristiano y sus referencias al carácter santo de su guerra en Levante, precisamente en bien del nuevo orden mundial).

El redescubrimiento velado de los conceptos (marxianos) del fetichismo de la mercancía y de la cosificación de las relaciones sociales —reflejados en Centesimus Annus, como “el dominio de las cosas sobre los hombres”— revela que esta nueva encíclica social trata de tapar ese hueco que se supone que tiene que dejar una doctrina necesariamente superada y sumamente desprestigiada (el marxismo, que al parecer cual Cid Campeador sigue dando guerra incluso después de muerto), en virtud del derrumbe de los regímenes políticos que decían sustentarse en sus principios.

En alguna ocasión, dijimos en este mismo espacio que el derrumbe de una utopía conduciría al surgimiento de una nueva aún por definir. Aunque estamos todavía muy lejanos de una suplantación de las utopías, sinceramente no nos pasó por la cabeza la posibilidad de que la Iglesia aspirara siquiera a presentarse como la alternativa al marxismo en retirada.

“Si por capitalismo se entiende…”, señaló el documento en cuestión, las ideas fuerza del capitalismo, que le han dado precisamente contenido a su ideología (libre empresa, propiedad privada, impulso a la productividad por medio de la competencia, etcétera), entonces el capitalismo es “ciertamente” vencedor para bien de todos y conforme a la voluntad de Dios. Pero, lamentablemente, el diablo está en los detalles. La desgracia —probablemente una prueba del Señor para medir nuestra fidelidad a El— es que el capitalismo puede entendérsele de otro modo (explotación, enajenación del hombre, guerras de rapiña, distribución injusta de la riqueza social, etcétera) y, sobretodo, nunca se ha podido ni se podrá entender sin mencionar todos sus aspectos y sus lados positivos y negativos, es decir sus contradicciones. Con ello no está resuelto el problema y volvemos a estar como al principio, con la pregunta de con qué nuevo orden social será menester sustituirlo. Pero, ¡quien piense ahora seriamente en hacer algo así!

No hay nada nuevo bajo el sol. La Sacro santa verdad es que el juicio emitido ahora sobre el capitalismo en Centesimus Annus pudo haber sido sostenido también en los mismos términos hace mucho tiempo, cuando todavía había dos sistemas y la cuestión de la alternativa era un asunto posible, necesario y urgente para resolver.

Se debe reflexionar más profundamente sobre esta octava encíclica social, pero por lo pronto nos parece más bien una “subversión” tardía y ya innecesaria, más destinada a asegurar la aceptación de las otrora ovejas descarriadas del rebaño el Tercer Mundo (principales destinatarios del documento), que a responder al problema del balance del fin del socialismo, cuya evaluación es, como lo reconoce la cita encíclica, “obviamente compleja”.

Que no andamos tan despistados con estos juicios, creo que queda demostrado con la sorprendente cálida recepción que está encíclica recibió, a pesar de todo, en la opinión pública estadounidense, que la entendió como “el más positivo tratamiento de la economía de mercado jamás contenida en un documento papal” (The New York Times); según esto, Centesimus Annus sí define el capitalismo como “el sistema social victorioso” y el tipo de economía que debería ser propuesto en todos los países, especialmente en el Tercer Mundo. En vista de estas inquietantes apreciaciones, resultó ridícula la aclaración del presidente del Pontificio Consejo de Paz y Justicia, Roger Etchegaray, quien se apresuró a declarar de antemano que, a pesar de las suaves críticas “al materialismo” capitalista, no se trata, ¡por el amor de Dios!, de una encíclica “antiestadounidense”(?).

UNIPOLARISMO GALOPANTE II

Publicado en

7 de abril de 1991

Me permito titular así esta contribución, porque en cierto modo su primera parte fue escrita hace ya más de cinco meses, cuando en este mismo espacio critiqué la resolución del Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas,(CS-ONU) 678/90, calificándola como la guillotina para Iraq, que el organismo mundial alistaba en realidad para sí mismo.

Aquella resolución del CS-ONU fue un grave error, que revelaba a la ONU en su peor aspecto: ser producto de la guerra fría y de las componendas entre las superpotencias. Se auguró para la ONU, a partir de ese momento, una crisis inevitable, puesto que una vez terminada la guerra en el golfo Pérsico, esta organización ya no sería la misma que antes.

Ahora que entre los analistas está de moda —y con justicia— reconocer públicamente los numerosos errores con respecto al desarrollo de la guerra en Levante, habría que buscar también aquellos aspectos del problema en los que las previsiones no eran tan desacertadas. El hecho es que la exageración acerca de la potencia militar iraquí (celosamente compartida por George Bush y Saddam Hussein, aunque con motivos opuestos), confundió a la opinión pública internacional, que ahora se ve ante hechos consumados, reflejados muy bien en la resolución 687/91 del CS-ONU, recientemente adoptada.

Algunos pensadores han señalado un supuesto paralelo histórico entre Adolfo Hitler y Hussein, acercándose así a la tesis que el presidente Bush sostuvo desde un principio. Sería interesante ver cuántos observadores encuentran ahora semejanzas entre la paz de Versalles, que dio pie a los preparativos de la Segunda Guerra Mundial, y la resolución 687/91, que contiene las condiciones básicas no para un acuerdo de paz, sino únicamente para el “cese oficial del fuego” en contra de Iraq. Uno no puede menos que preguntarse qué falta aún por exigir a Iraq —ya no a Hussein, sino a su pueblo— para dar por terminado el conflicto y volver a la normalidad.

Contrasta la brevedad e imprecisión de aquella primera resolución, en la cual se autorizaba a los Estados miembros de la ONU aliados de Kuwait a aplicar “todos los medios necesarios” (sic) para lograr su desocupación militar por parte de Iraq, con la extensión y detalle de esta segunda resolución, sin precedente en toda la historia del CS-ONU. Esta madre de todas la resoluciones es redactada en el comienzo en el dramático lenguaje de los preámbulos históricos (“Recordando…”, “reafirmando…”, “observando…”, “consiente de…”, etcétera para luego pasar al punto medular, en el cual, además de por liquidada cualquier consideración sobre la frontera Iraq-Kuwait, decide que Bagdad “deberá aceptar incondicionalmente la destrucción, remoción o neutralización, bajo la supervisión internacional, de “todos los tipos de armas que durante esta guerra causaron un particular daño a la “fuerza multinacional”, esto es, las armas químicas y biológicas, similares y conexos y todos los cohetes balísticos con alcance de más de 150 kilómetros.

Se decide igualmente que Iraq es el responsable de todos los daños y pérdidas directas o indirectas, causados por la guerra, incluidos los daños al medio ambiente, convocando al mismo tiempo a todo aquel que se sienta afectado por el conflicto a plantear sus reclamos. Igualmente, la mayoría de los miembros del CS-ONU decide que el rechazo de Iraq a su deuda externa es nulo y carente de validez y exigen que Bagdad pague “todas sus obligaciones relativas al servicio y amortización de la deuda externa”. En adelante, cualquier contacto de Iraq con la energía atómica, o lo que tenga que ver con ella, deberá tener lugar bajo el control estricto del CS-ONU, por medio del Secretario General y de la Organización Internacional de energía atómica. Mientras tanto, él CS-ONU decide también —faltan más— que se mantenga el bloqueo económico contra Iraq. El cese formal de las hostilidades entrará en vigor cuando Iraq acepte todas estas condiciones; si las rechaza, la “fuerza multinacional” se reserva desde luego el derecho de mantener ocupada la parte sur de Iraq e incluso de reanudar las hostilidades. No cabe duda de que lo que el CS-ONU inició con la resolución 678, lo terminó con las 687.

El unipolarismo galopante que anunciaba el nuevo el orden mundial se afianzó en forma asombrosa ante los ojos de todos nosotros y de la complacencia de otros actores mundiales, miembros permanentes del CS-ONU que suponíamos que ya habían aprendido la lección. Lo único que faltó resolver fue la división de Iraq. Consideramos que un juicio internacional, semejante al de Neuremberg, en donde hasta la canalla nazi-fascista tuvo derecho de defenderse, hubiera sido más adecuado.

Todo ha pasado tan rápido, que el mundo no ha podido todavía asimilar las consecuencias estratégicas del final de la guerra del Golfo. Comparada con el contenido fundamental de esta resolución, la famosa doctrina de la “soberanía limitada” de Brejnev nos parece casi una muestra de reverencia a la soberanía de los pueblos y Estados.

La proclamada “generosidad” de la “fuerza multinacional”, especialmente de Estados Unidos, respecto a Iraq vencido, al no haberlo desaparecido del mapa, consiste en esperar a que se debiliten mutuamente sus fuerzas internas para luego imponer a todos los iraquíes por igual, nuevamente con el aval y la legitimación de la ONU, las condiciones más onerosas posibles en el momento. La resolución 687 no es “dura y justa”, como dicen los voceros estadounidenses, sino brutal y deshonesta, porque incluye nuevas exigencias no contempladas al principio del conflicto y no garantiza para nada que éstas serán las últimas que tenga que atacar el pueblo iraquí para que se le dejen en paz y pueda así ajustar soberanamente sus cuentas con el dictador.

La resolución 687 del CS-ONU sienta un precedente tan grave como la 678 en su momento. No deja de admirar que numerosos actores de la arena internacional, otrora celosísimos defensores de la sagrada soberanía nacional, se muestren tan conformes ante esta paz, que tranquiliza por el momento a los pusilánimes, pero no asegura nada bueno para el futuro.

ÁNGELES FRUSTRADOS

Publicado en

4 de febrero de 1991

Pocas situaciones deben ser tan frustrantes como haber dedicado toda la vida a una causa perdida, o haber aplicado todo el esfuerzo a un oficio en decadencia. Para desgracia de los diplomáticos, se dice ahora que debido a la crisis en el Golfo Pérsico entramos en una época de decadencia de la diplomacia, a la que se considera “en crisis”, al contrario de la actividad militar, o la tecnocrático administrativa.

En todo caso, es como si la diplomacia volviera a sus peligrosos orígenes, cuando la labor del portador de los diploun (salvoconducto) era transmitir las comunicaciones entre los príncipes y los Estados en guerra, pudiendo esta tarea costarle la vida a los emisarios.

“Oficio de los Ángeles”, se le ha llamado a esta tarea política ligada a la defensa de los intereses generales del Estado. Algo hay de concierto en ello, porque los ángeles eran precisamente mensajeros y representantes plenipotenciarios del reino de los cielos o del infierno (Lucifer es un ángel carrerista que defeccionó), y lo mismo podían traer buenas nuevas o anunciar el inicio del juicio final.

Tal vez el concepto sobre la supuesta “crisis de diplomacia” toma su origen prestado de acepciones de lo que precisamente no es. Se entiende comúnmente por diplomacia la política exterior, la negociación y búsqueda de compromisos, el mecanismo de la negociación misma, una de las ramas, o todas, del Servicio Exterior, y la capacidad y tacto para realizar las tareas anteriores. En nuestra opinión —y con perdón de Nikito Nipongo— si resultan correctas las definiciones del Diccionario de Oxford y la Real Academia, que establecen el término (con matices diversos) delimitándolo a los tres últimos significados.

Desde el punto de vista de los procesos de integrativos, característicos de los cambios actuales en la arena internacional, en donde pasa a revisarse como nunca el concepto de “soberanía nacional” hasta prácticamente no dejar nada de su sentido clásico, no es de extrañar que tienda a considerarse a los representantes diplomáticos cada vez más como objetos y no sujetos de la conducción de las relaciones internacionales. ¿Cómo no va a cambiar el papel de los diplomáticos, si está cambiando profundamente el leitmotiv de su trabajo: la afirmación del Estado nacional, entendida como la defensa de su soberanía ante el resto de los Estados? Sin embargo, en realidad tampoco es nada nuevo el señalamiento de esta tendencia al “debilitamiento del papel del agente diplomático tradicional”, que fue comentada ya por Philippe Cahier hace más de dos décadas.

No debería confundirse la crisis de las relaciones internacionales del mundo de la posguerra con el fin de la diversidad de las concepciones vigentes sobre la política exterior en general, ni mucho menos con la debacle de la política exterior de un Estado o grupo de Estados en concreto. Del mismo modo, sería un error confundir el fin de la diplomacia tradicional con el fin de la labor diplomática en general.

La guerra del golfo Pérsico, con tal de que no nos conduzca a una catástrofe nuclear total y definitiva, se ha convertido, entre muchas otras cosas, en un motivo de reflexiones coligadas sobre diversos aspectos de la convivencia internacional y las maneras de conducirla. Al calor de las pasiones, se sostiene ahora por la ideología de la tecnocracia que “la diplomacia demostrado su fracaso”, y que —en virtud de que la soberanía nacional tiende a desaparecer y diluirse a través de innumerables líneas de intercambio que “filtran” las relaciones oficiales entre los Estados—, la conducción de las negociaciones internacionales no requiere más de agentes profesionales especializados en el trato entre los Estados y naciones, sino de especialistas restringidos a la materia de una negociación. En un sentido tenemos que admitir, dicho sea de paso, está bárbara concepción, y es que para iniciar una guerra no hace falta la formalidad de declararla, pero tampoco estar en claro de sus fatales y trascendentales consecuencias para la convivencia y el orden civilizado internacional.

Del extremo pernicioso de los viejos tiempos, en los que los diplomáticos se permitían resolver hasta sobre aquello de lo que no entendían nada y se consideraban representantes del todo estatal y nacional, se pasa ahora al extremo absurdo de pensar que ha desaparecido la especificidad del trabajo diplomático.

El conflicto bélico en el golfo Pérsico no es una muestra de lo inútil de intentar resolver los problemas por el recurso las negociaciones y los medios pacíficos en las nuevas condiciones internacionales, sino precisamente un ejemplo elocuente de lo indispensable que es evitar a toda costa las soluciones de fuerza, militares o “puramente técnicas”. El fracaso de los ministros del Exterior iraquí y estadounidense, Tareq Asiz y James Baker, es muy distinto del fracaso del Secretario General de la ONU, Javier Pérez de Cuéllar: los primeros buscaron simplemente —y consiguieron— los objetivos no diplomáticos de sus jefes, mientras que el segundo internó cumplir con su responsabilidad cabalmente dentro de los estrechos márgenes dictados por el Consejo de Seguridad de la ONU. El fracaso el Consejo de Seguridad no es el fracaso del Secretario General, ni de la ONU, ni mucho menos de la diplomacia general.

Tenemos que admitir que por ahora hablarán en Levante las armas, porque así lo han impuesto los enemigos de los métodos diplomáticos. Los observadores internacionales seguirán analizando el problema por lo pronto en términos de arte militar y no del arte diplomático: conoceremos más de movimientos envolventes y golpes de artillería y fuerza aérea, que de rondas de discusión, negociación y firma de convenios. Pero cuando se tome conciencia de que no hay solución militar posible a los nuevos problemas de un mundo global en transformación, y terminen las “hostilidades” (las matanzas), se buscará acudir nuevamente a esos “ángeles” frustrados indispensables, que, si para entonces han desaparecido, habrá que volver a inventarlos.

LA PAX AMERICANA

Publicado en

10 de febrero de 1991

“Nosotros somos los mejores, los únicos, los primeros. Únete a nosotros”, decía uno los numerosos anuncios propagandísticos para el reclutamiento de candidatos a entrar a la tropa de élite más distinguida de todos los tiempos: el cuerpo de infantería de marina de Estados Unidos, mejor conocido como los marines.

Independientemente de la situación peculiar de los jóvenes hispanos, que se enlistan en las listas del ejército de Estados Unidos para participar en la guerra del golfo Pérsico con la esperanza (equivocada) de conseguir de esa manera la ciudadanía estadounidense, el hecho es que para el joven estadounidense promedio —con sus sueños promedio también— debe resultar muy difícil resistirse a la tentación de participar en uno de los cuerpos armados más importantes del mundo, más aún cuando parece ser que esta terrible arma de política exterior de Washington vive auténticos días de auge.

Junto con la fuerza aérea, la marina está pasando por una de sus mejores épocas y supera las expectativas que en ella habían puesto sus dirigentes y los estrategas que más la han impulsado en los últimos años. Sin la capacidad de transporte, la movilidad y la fuerza combativa de los marines, el gobierno de EU y su presencia en el Golfo no sería ni de lejos el factor decisivo que es ahora dentro de la “fuerza multinacional” contra Saddam Hussein. La existencia de unidades de marina, que incluyen en sí mismas fuertes y bien equipadas armadas unidades de “infantería” —con artillería, transporte blindado y cohetes ligeros— permanentemente dispuestas a la acción en cualquier lugar del planeta en un plazo extraordinariamente breve, se mantendrá como un elemento indispensable y cada vez más importante en la estrategia estadounidense en su sentido más amplio, es decir, no sólo militar. Quedaron atrás los días de ridículo bloff del gobierno halconiano de Reagan, que amenazó el mundo con la famosa “fuerza de acción rápida”, que nunca sirvió realmente para nada, ni siquiera en una acción tan forzosamente festejada como la conquista militar de Granada; del mismo modo, las complejas concepciones del Pentágono acerca de las “guerras de intensidad limitada” pasarán a ser sustituidas por elaboraciones más francas y adecuadas a sus objetivos.

Las tres cuartas partes del mar que constituyen nuestro planeta son el camino natural de la marina para acceder prácticamente a cualquier lugar y luego desde allí poner en acción sus componentes aéreos mediante ese invento tan típicamente estadounidense que es el portaaviones. Si a esto sumamos el desarrollo y perfeccionamiento de los cohetes mar-tierra (Iraq no ha sido “bombardeado” sólo desde el aire, sino también desde el mar), y las posibilidades de equipar rápidamente el potencial nuclear de todos los vectores (aeronaves y cohetes) de la marina de EU, entonces nos encontramos en un cuadro del papel que tendrá en los próximos años esta fuerza militar —que diluye la diferencia entre armas tácticas y estratégicas— en la construcción y consolidación de la pax americana.

Por si no fuera suficiente, habría que recordar que cerca de la mitad del potencial en ojivas nucleares de los marines se encuentra en sus semivulnerables submarinos atómicos, que navegan discretamente bajo la superficie, pero que son todavía más destructivos que la flota descubierta, y que en no mucho tiempo (con los Trident-II/D-5) superarán el agravante de la relativa imprecisión de sus cohetes, ya que podrán atacar ¡desde bajo la superficie del mar!, silos de cohetes, centrales de mando, bases aéreas y otros objetivos militares enemigos. ¿No se podría convertir todo esto en una insuperable tentación para tratar de “compensar” por esta vía lo que se pierda capacidad de ofensiva debido al desmontaje de cohetes nucleares de alcance medio, desarme convencional y una eventual reducción de los arsenales estratégicos en un 50 por ciento, y obligado por la presión de la opinión pública internacional?

Últimamente se ha dicho con cierta frecuencia que el mundo posterior a la guerra fría se parece demasiado al periodo en la preguerra. Por un lado, se mantiene vivo el principio de la “disuasión” a pesar de los interminables discursos sobre el fin de la confrontación entre las superpotencias: por otro lado, se consolida una “paz armada”, bajo cuyo cobijo antes de que termine el siglo más de una docena países estarán en la posibilidad de construir y poseer y aquellos que participan directamente en programas espaciales y los que podrían acceder a esos mediante dinero), así como poseer armamento químico.
Para desgracia de muchos actores no implicados en la guerra del Pérsico, uno de los daños a las causas del Tercer Mundo que Saddam Hussein dice defender es haber demostrado la certeza de las previsiones de los estrategas de la marina y su activismo lobby, en el sentido de que la importancia de los marines se mantendrá y enriquecerá en las nuevas condiciones mundiales como aparato indispensable para la “administración de las situaciones críticas” de los países del sur, es decir para realizar escalaciones de control puro mediante desplazamiento flexible y rápido — avalado por el Consejo de Seguridad de la ONU— de ejércitos perfectamente equipados a cualquier zona del mundo, toda vez que absolutamente ningún enemigo deberá considerarse “pequeño”, por más inofensivo que parezca.
Es difícil por el momento predecir cuál será la suerte de la guerra de las galaxias en el marco del presupuesto estadounidense para la defensa; pero resulta curioso constatar que se ha encontrado un enemigo al frente mucho más terrible que las protestas de los pacifistas estadounidenses o los movimientos en defensa de la paz y la ecología en Europa (para no hablar de la otrora “amenaza soviética”, que ya da risa): se trata del lobby de la marina, que muy bien puede ahora decir: “¿para qué tanto dinero para un objetivo esencial que finalmente podemos conseguir con medios más económicos en vista de los cambios mundiales? Nosotros los mejores, los únicos, los primeros, lo hacemos mejor que cualquiera”.

EL JUICIO FINAL

Publicado en

20 de enero de 1991

Lo terrible del juicio final no es que llegue, sino que todos si excepción sean llamados a cuentas, incluso aquellos que estamos libres por completo de pecados. Por lo pronto, la Organización de las Naciones Unidas —especialmente su llamado Consejo de Seguridad— tendrá cuando menos una pendiente: el hecho de haber no sólo permitido, sino prácticamente llamado, en el momento en que parecía surgir una nueva era de paz y estabilidad, a que se aplicara la fuerza y la violencia en bien de detener la fuerza y la violencia, echando así por la borda todo los principios en que debería inspirarse y las responsabilidades para las que fue creado.

De esta manera, cuando la humanidad parecía por fin superar la aberración ética que la aprisionó durante siglos (“el fin justifica los medios”), tenemos que no hubo nada más falso e ingenuo que haberlo creído. En “el fin” podemos estar todos de acuerdo, pero se trata de quien tiene “los medios”, y como y cuales aplica; es allí donde la ONU en general, y su dizque Consejo de Seguridad en particular, han fracasado estrepitosamente.

Al haber emitido este órgano el famoso ultimátum del 15 de enero (resolución 678), comenzó no sólo el principio del fin para Saddam Hussein y su aventura anexionista, sino la cuenta regresiva para la ONU tal como la conocemos. Por lo pronto, la comunidad internacional está más preocupada de cómo acabar pronto con este conflicto en marcha —que apenas empieza—, pero al concluir, si es que no termina en la tercera guerra mundial total y definitiva, tendrá que ocuparse de cómo reordenar la ONU por completo. Más vale que sea así, porque si al final triunfa la pax americana, Washington se encargará de hacerlo solo.

Por lo pronto, para aquellos que les gusta pensar en el futuro, se podrían adelantar algunas ideas en ese sentido:
1.–Bajo las nuevas condiciones mundiales, la Asamblea General —que hasta ahora había pasado por la más alta tribuna de diálogo y entendimiento internacionales— ha sido puesta más que nunca en ridículo y se ha revelado como un órgano completamente inútil en la prevención, administración y control de un conflicto peligroso para todos los miembros de la organización. Cuando se inició su 45 periodo de sesiones, en el otoño del año pasado, hacía más de un mes que Iraq había invadido Kuwait. Sin embargo, no se emprendió nada serio por parte de los integrantes de la plenaria (el solo hecho de plantearlo hubiera sido concebido como ingenuo y utópico), es decir, de todos los miembros de la ONU; en consecuencia, todo el problema se dejó en manos del supuesto Consejo de Seguridad, con los conocidos resultados.

Se diría que, conforme a la carta de la ONU, corresponde a dicho consejo y no a la Asamblea General tomar las resoluciones correspondientes para asegurar la paz y el equilibro mundiales, y de esta manera posibilitar una negociación ágil entre las potencias nucleares, principales responsables de evitar una hecatombe. Es cierto, ése es ahora el problema: que en la realidad lo que hasta ahora había funcionado ya no resulta correcto.

2.–El mismísimo Consejo de Seguridad ha encontrado sus límites ya en la falta de equilibrio bipolar de sus miembros permanentes con derecho de veto. ¿Qué sentido puede tener confrontar organizadamente a las superpotencias de occidente (Francia, Estados Unidos y Gran Bretaña) con las dos superpotencias del Oriente (URSS y China), cuando estas últimas se encuentran debilitadas seriamente, si no es que en franca crisis?. ¿Qué papel se supone que deben jugar los miembros no permanentes sin derecho de veto en este juego? La guerra del golfo Pérsico conducirá necesariamente a replantearse críticamente toda la ley interna este órgano que ya no tiene sentido fuera del viejo bipolarismo. ¿No deberíamos concluir —utilizando un viejo método de análisis ahora en desuso— que la guerra en Levante es el modo espontáneo en el que el mundo globalizado intenta resolver las nuevas contradicciones económicas y políticas en que se encuentra al finalizar la posguerra?

3.–Javier Pérez de Cuéllar, el Secretario General de la ONU —que no es “el jefe” de esta organización, como suele manejarse en los medios masivos de comunicación, sino su órgano representante—, ha mostrado también sus límites objetivos. Independientemente de que se encuentre en un diplomático de la extraordinaria calidad y talla moral de su actual titular el hecho es que —atado cómo se encontraba por el Consejo de Seguridad (la preeminencia de EU y la debilidad soviética y china)— tampoco ha sido suficiente su autoridad para detener el conflicto actual, que amenaza con convertirse en el fin del mundo civilizado. Su viaje intempestivo a Bagdad en el último minuto fue más bien una muestra de desesperación que un paso político decidido.

Por si fuera poco, en esta ocasión tampoco tuvo lugar por ninguna parte una iniciativa de tipo “sociedad civil mundial” característica de otras épocas. Ahora que era necesario defender la paz a como diera lugar, ¿dónde estaban los otrora activos Estados protagónicos del antiguo Grupo de los seis, cuando empezó esta historia? ¿De qué sirvieron las diferentes “formas novedosas de agrupación interregional” (G-8, G-3, G-12, “Pentagrupo”,etcétera), si no tuvieron ningún peso ni iniciativa ante la catástrofe que se avecinaba?

Si de algo fue presa el mundo durante décadas fue de la visión maniqueísta. Por ello sorprende que la necesaria reflexión sobre lo que está sucediendo se resuelva para las buenas conciencias por el simple expediente de que Hussein “el malo” tiene la culpa de todo. Hay mucho más trasfondo en esta guerra de marras. Ya lo dijo Bush en un gesto amable de sinceridad: “lo que está en juego es el nuevo orden mundial”. Entiéndalo como usted guste, amigo lector.

ACTORES SUMAMENTE “RESPONSABLES”

Publicado en

27 de enero de 1991

En un conocidísimo estudio sobre política internacional al finalizar el siglo pasado, de cuyo nombre y autor nadie quiere acordarse, se dice que la política expansionista por colonias y territorios se convierte en un factor indispensable para asegurar ciertas condiciones de desarrollo interno y capacidad de competencia entre las principales potencias mundiales. Al investigar este fenómeno histórico, se pone el acento en el hecho de que el ámbito territorial del orbe ha sido ocupado todo en un tiempo sumamente breve por los Estados más poderosos, y que en adelante se tienen que realizar nuevos acomodos (“repartos”), es decir, pasos de un propietario a otro, en virtud de que ya no hay tierra sin dueño ni colonia y propietario.

Esta simple tesis —que por azares del destino ha pasado a decorar las vitrinas de los museos intelectuales, a donde ya nadie va ni siquiera por casualidad— resulta sumamente incómoda, ya que su corolario es la inevitabilidad de la política expansionista y la realización de esta mediante las guerras por territorio, influencia y materias primas.

Por si no fuera suficientemente inquietante señalar esto, resulta que en la lista de esas potencias mundiales de entonces se mantienen como tales Estados Unidos, Francia y Gran Bretaña, tres países que ahora son miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas(CSONU) y que acaban de vetar la iniciativa de tregua de Magreb para el cese del fuego en la guerra del golfo Pérsico, una cuarta potencia mundial era Rusia, que ahora equivale a la URSS, la cual también es parte del CSONU e igualmente votó a favor de la ya histórica resolución 678 que diera luz verde a la guerra actual. Por otra parte, encontramos también a Alemania (ahora le podemos decir “unificada”) y a Japón, que todavía no son miembros del CSONU (¿quién duda de cuál hubiera sido su voto en la resolución de marras?), pero que participan en la guerra contra Iraq aportando sobretodo sendas artilleras de divisas, que son tan efectivas como las de deberás. Quedaría por mencionar al otro miembro permanente del CSONU, que al finalizar el siglo era una colonia (China), pero ahora es toda una potencia y como tal se abstuvo de usar su derecho de veto para impedir la resolución 67.

La voluntad, el deseo y la convicción de poder son esos otros elementos “extraeconómicos” que no se pueden despreciar y que convierten la política de ciertos Estados dominantes, bajo determinadas circunstancias, en sujetos de una política exterior que ahora se antoja como no muy distinta a la del siglo anterior, a pesar de las profundísimas transformaciones en el orbe en todo este siglo, para no hablar de los últimos años.

Los suspiros y añoranzas —más o menos inconfesables o no— que ahora cunden por doquier al pensar en el viejo equilibrio de terror bipolar tienen que ver con el reconocimiento implícito de que el presente del mundo se está pareciendo demasiado a su pasado: es decir, en vista de que la supuesta contratendencia al modo violento de resolver las disputas de intereses (el socialismo) ya no existe, la humanidad simplemente está demostrando su incapacidad de encontrar las autoprometidas formas novedosas de convivencia que parecía estar a punto de alcanzar. Esto significa que la guerra se puede entender nuevamente como “la continuación de la política por otros medios”, una idea que según nuestros datos estuvo cerca de ser desterrada. La muerte tiene de nuevo permiso.

No se trata aquí, esencialmente, de la “culpa” de los participantes principales. La anexión militar de Kuwait por parte Iraq no es más que el correlato “plebeyo”, “desde el Sur”, de la tendencia adoptada por el proceso de la globalización mundial, en rumbo al unipolarismo galopante y no a la tierra prometida del multipolarismo. En ese sentido, se puede decir que el conflicto en el golfo comenzó en el Canal de Panamá sin que nos diéramos cuenta ni hubiéramos podido hacer realmente algo en contra. La guerra iraquí no es para nada de “liberación Nacional”, sino precisamente lo contrario: un producto perverso expansionista del “imperialismo en la gente pobre” que aspira a jugar al “primer mundo” a su manera. Afortunados los Estados del Tercer Mundo que no han caído en ese juego donde no tienen nada que ganar y sí mucho que perder.

Actualmente, se deja oír por parte de los ideólogos de determinados Estados la queja de que sus países no están actuando todavía de acuerdo con la “responsabilidad que les corresponde por el lugar que ocupan en el mundo contemporáneo”. “Responsabilidad” es lo que siente Washington al autoadjudicarse el papel de gendarme mundial a la cabeza de otros Estados que se sienten no menos “responsables” del “nuevo orden del mundial”; del mismo modo, Bagdad —por su lugar como cuarta potencia militar mundial y país petrolero de primer rango— se siente responsable de dar el paso decisivo para devolver a la nación árabe la dignidad arrebatada por las añejas potencias y el papel que “le corresponde” en el concierto internacional.

En Alemania, las principales fuerzas políticas sienten su legislación interna, que les prohíbe aplicar su limitado pero considerable potencial militar fuera del ámbito de la Organización del Tratado Atlántico Norte (OTAN), como una verdadera camisa de fuerza para ejercer sus “responsabilidades”. Sin duda, fue el nombre de su “responsabilidad internacional” —independientemente de la profunda crisis en la que se encuentran—  que la URSS y China adoptaron en el CSONU posturas que se consideraban simplemente impensables y que, en el caso soviético, le costaron al gobierno el sacrificio de su brillante ministro de Relaciones Exteriores.

Responsabilidad, y no “solidaridad” se está convirtiendo en la consigna, de los Estados fuertes con respecto a los más débiles, incluyendo las relaciones de países menos desarrollados entre sí. Al parafrasear a Churchill, se podría decir que “nunca tantos le debieron tanta responsabilidad a tan pocos”. Esperemos que cuando menos en el ejercicio de su “deber”, los fuertes de este mundo nos puedan prometer algo más que “sangre, sudor y lágrimas”.

EL OTRO 18 DE MARZO

Publicado en

18 de marzo de 1991

Los acontecimientos del mundo moderno apenas salido de bipolarismo se suceden con tal rapidez y precipitación que nos acostumbramos muy pronto a ellos. Por ejemplo, el 18 de marzo pasado (curiosa coincidencia de fecha importante en la historia de México) se cumplió un primer aniversario que pasó inadvertido de tan discreto; ese día tuvieron lugar las primeras elecciones democráticas en el territorio de de la entonces RDA, cuyos resultados sorprendieron absolutamente a todo el mundo, que esperaba una victoria holgada de los socialdemócratas (SPD).

El supuesto entonces era que la sociedad alemana oriental, acostumbrar al mejor nivel de vida de los países socialistas, deseaba reformas profundas en sus sistemas político, económico y social, pero no estaría dispuesta a tirar por la borda todas las ventajas sociales adquiridas gracias a la economía central planificada y la economía ficción con base en los subsidios del Estado.

Esta idea equivocada la compartimos todos por la misma razón por la que también compartimos espontáneamente una serie de concepciones erróneas que hicieron fallar los pronósticos más seguros sobre la guerra del golfo Pérsico y su conocido desenlace: no se puede tomar el pulso a los acontecimientos ni prevenirlos pensándolos en un mundo ya desaparecido. Es más fácil hablar del fin de los esquemas, que dejar de aplicarlos espontánea y automáticamente, con la misma facilidad con la que volvemos de nuevo a las verdades que siempre nos han funcionado.

Todos los pronósticos se vinieron abajo con los resultados electorales del 18 de marzo de 1990. De un día para otro, cambió por completo la correlación de fuerzas políticas en la RDA y en la RFA y el rumbo y ritmo que habría de seguirse en pos de la unificación alemana, que ya era un propósito declarado de la población alemana oriental, aceptado y retomado por las dirigencias políticas de ambos Estados (recuérdense los planes de unificación de Helmut Kohl y Hans Modrow). La democracia cristiana y los socialcristianos(CDU/CSU) del Este y el Oeste recibieron un impulso sorpresivo que ni ellos mismos se esperaban, y como aspecto ilustrativo de la época que se vivía, el desconocido político democristiano alemán oriental, Lothar Maiziere, se transformó en uno de los actores principales de la historia universal.

A partir de las primeras elecciones libres en la RDA se abrió la vía para emprender el camino hacia las elecciones panalemanas mediante el acuerdo sobre la unificación monetaria, económica y social del pasado primero de julio, y con la unificación política estatal entre los dos Estados, el 3 de octubre (otra curiosa coincidencia de fechas históricas). El 2 de diciembre, es decir nueve meses después de las primeras y únicas elecciones libres de la RDA, tuvieron lugar los primeros comicios panalemanes democráticos después de 58 años (6 noviembre 1932: toma el poder por Hitler). Sólo uno de cada 20 alemanes, aquellos con 78 años de edad y más, pudo compartir el gusto de haber participado en ambas elecciones (y no pocos de entre ellos la responsabilidad de haber elegido a Hitler en las primeras).

Se decía, y no sin razón, que los alemanes orientales no pudieron elegir mejor sus intereses en virtud de su inexperiencia en cuestiones de democracia, que los condujo a hacerles creer en promesas que evidentemente no se cumplirían, y a no prever la toma de medidas impopulares inmediatamente después de realizados los comicios. Sin embargo —conforme a los resultados—, la gran experiencia democrática de la población alemana occidental no evitó que los ciudadanos creyeran que se les elevarían los impuestos para financiar los costos de la unificación, con la misma candidez con que los alemanes orientales creyeron en su momento, justamente hace un año, la consigna de que “a nadie le irá más mal” que entonces en la futura Alemania unificada. El hecho es que el resultado sorpresivo de los comicios del 18 de marzo en Alemania Democrática fue lo que dio pauta al resultado perfectamente previsible, casi hasta lo aburrido, de las elecciones del 2 de diciembre, cuando se trataba no ver quién ganaría, si no por cuánto.

A un año de “sus” elecciones, los alemanes de los cinco nuevos estados federales se manifiestan por las calles Leipzig (ciudad varias veces heroica), Chemmnitz (antes Ciudad de Karl-Marx) y desde luego Berlín, entre otras; pero esta vez no para pedir el derrocamiento del régimen y la disolución de su Estado, sino para exigir una política económica acorde con las promesas de hace un año cuando se les pedía su voto.

Sencillamente no pueden comprender o aceptar que, siendo ciudadanos del mismo Estado y habiendo aportado tan decisivamente a la unificación de Alemania, tengan ahora que sentirse “alemanes de segunda clase”, ganar menos por el mismo trabajo y aguardar a que el capital occidental se decida finalmente a realizar las prometidas inversiones productivas masivas que sacarían a la ex RDA del atraso económico y del desastre ecológico.

Al mismo tiempo, crece notablemente el descontento entre la población de Alemania occidental ante una dirigencia política que admite que sencillamente “se equivocó” en el cálculo inicial de los costos previstos para conseguir la patria alemana unificada, que está resultando mucho más cara de lo que habían esperado, y para la cual nunca estuvieron en realidad muy dispuestos a hacer sacrificios económicos, tal como lo revelaron anteriormente numerosas encuestas de opinión.

En más de una ocasión las voces más autorizadas y respetables de Alemania advirtieron que una epopeya histórica como la unificación alemana, con todo el peso histórico y la responsabilidad que implica, haría decaer las intenciones inmediatas y de tipo puramente electoral. No estamos seguros de que dicha consideración haya sido tomada en serio por algunos de los principales actores de este capítulo en la historia. Ahora el mundo ve, casi ya acostumbrado a él, el resultado del proceso desatado por las elecciones del 18 de marzo de 1990, que merecen recordarse porque dieron la verdadera luz verde a la “patria unidad alemana”.

¿NUEVA BALCANIZACIÓN?

Publicado en

1 de abril de 1991

La situación prevaleciente en algún país o región genera, por sus peculiares condiciones históricas, un término geopolítico que explica por sí mismo su contenido. Por ejemplo, aunque hace tiempo que no se utiliza, casi se podría volver hablar de argentinización, cuando queremos referirnos a situaciones prolongadas de descomposición económica, social y política, generadas por la incapacidad e incompetencia de las clases dominantes locales.

En los países del euroccidente y del norte de Europa, “Estado balcánico” significa aproximadamente “país bananero de aquí al lado”, y equivale a un estereotipo de retraso semejante al del Tercer Mundo, llegando incluso a negársele a los países entre el Mar Adriático y el Mar Negro el honroso estatus de “europeo”. En todo caso, lo cierto es que el término político balcanización implica un estado de división de “entidades continentales, subcontinentales o regionales, en unidades políticamente separadas y/o hostiles entre sí” (Anna M. Gentili). El concepto fue generado en las condiciones prevalecientes durante el periodo de las guerras balcánicas de 1912-1913, que dejaran las condiciones para que las contradicciones entre las potencias de la época adquirieran naturaleza global y tuvieran que resolverse mediante la Primera Guerra Mundial. Cuando se habló hace tiempo de la balcanización de África por parte de Francia, el término ya era moneda corriente.

Curioso es el mosaico de Estados que integran esta parte del mundo (Albania, Bulgaria, Grecia, Rumanía, Turquía y Yugoslavia), donde se es suficientemente “occidental” como para integrar o ser considerado en la formación de grandes bloques económicos como la CE (Grecia), o en alianzas militares euroatlánticas como la OTAN (Grecia y Turquía, que desea fervientemente entrar a la CE); o tan “oriental” como para formar las contrapartes correspondientes: el Consejo de Ayuda Mutua Económica y el Pacto de Varsovia, ambos en extinción en su actual forma (Rumanía y Bulgaria).

Tenía que ser en medio de este disímbolo grupo de países balcánicos balcanizados por la guerra fría, de donde surgiera el Estado fundador del Movimiento de Países No Alineados (Yugoslavia), y al mismo tiempo el país más perfectamente aislado del mundo gracias a su propio gusto y convicción (Albania).

Desde la conferencia regional de “expertos” de 1976 no se había podido conseguir prácticamente nada a favor de mecanismos de colaboración entre estos Estados. Fue a principios de 1984 cuando la república helénica, ansiosa como siempre de liderazgo balcánico, pudo convocarse a una nueva conferencia “de expertos” en Atenas. Como todavía faltaban algunos años para que se superara el obstáculo principal al entendimiento interbalcánico (la guerra fría), no pudo avanzar casi nada en el gran dilema de siempre entre Estados que tienen que construir su integración y no parte de ella: comenzar con la cooperación política para introducir la cooperación económica, o viceversa.

Ya en pleno “deshielo” entre las superpotencias se pudo organizar, nuevamente por Grecia, la relativamente exitosa Primera Conferencia Interbalcánica de Ministros de Asuntos Exteriores, en Belgrado en febrero de 1988. Fue entonces cuando Albania se integró al proceso y se decidió establecer reuniones periódicas, que continúan en principio, pero cuyas condiciones actuales se han modificado profundamente otra vez y a tal grado, que tal vez sea necesario revisar las bases del diálogo interbalcánico.

Resulta curioso que la iniciativa regional hasta ahora más exitosa políticamente —al menos de palabra—: la liberación de los Balcanes del armamento nuclear, químico y biológico, haya perdido en valor precisamente cuando más posibilidades de realización tiene, en virtud del fin de la guerra fría, ya que —dicho sea de paso— el peligro que entraña el armamento de exterminio masivo no estriba sólo en su posesión por ciertos actores, sino en su existencia misma. Difícilmente se puede argumentar este olvido concertado por parte de los diversos gobiernos de la región.

Por otro lado, es un penoso espectáculo que los Estados balcánicos, considerablemente más libres de las ataduras impuestas por sus respectivas alianzas, o de las tensiones entre ellas, se vean “congeladas” en su iniciativa internacional, al parecer, por la falta de un liderazgo adecuado, mismo que Grecia —que parecía el país más adecuado— perdió la oportunidad de ejercer debido a su crisis interna desde el verano de 1988 hasta abril de 1990. En el marco de las tensiones en el golfo Pérsico, todos estos Estados sufrieron considerables pérdidas económicas y efectos negativos en su situación estratégica, y sin embargo fueron incapaces de llegar a una política concertada para enfrentar la situación; es decir no hubo, ni de lejos, posición de los países balcánicos como la hubo de los “mediterráneos” o “nórdicos”, a pesar de que se trataba de las naciones europeas más cercanos al círculo del conflicto.

Mientras que la crisis de Yugoslavia se parece cada día más a los prolegómenos de una guerra civil (el acuerdo reciente entre presidentes locales equivale más bien a una tregua puramente temporal), el gobierno de Rumanía lucha desesperadamente por la legitimación interna y externa; entretanto, Bulgaria hace lo mismo, pero en base a un proceso de reforma incompleto y pusilánime. Albania es una incógnita, ya que con sus reformas económicas y políticas llegan tarde a donde las cosas ya pasaron. Comparados, Grecia y Turquía se encuentran en mucha mejor situación, pero se anulan mutuamente y carecen de condiciones básicas para ejercer un liderazgo balcánico, es decir carecen de estabilidad asegurada, recursos económicos y suficiente autoridad política y moral entre sus interlocutores de la zona.

De los restos del mundo euroriental “socialista”, son los Estados balcánicos los que se ven en peligro de una nueva “balcanización” a la altura de su concepto, a favor de las superpotencias.

JUSTOS POR PECADORES

Publicado en

10 de marzo de 1991

Uno de los aspectos más importantes del nuevo orden mundial, que ya está aquí, es el papel que debe asumir la nueva Alemania que durante el conflicto del Golfo Pérsico logró, a pesar de muchas dificultades, mantener una posición equilibrar en general que le permitió salir relativamente exitosa de su primer dilema internacional.

Es paradójico que los mismos que veían con recelo hace poco el posible renacimiento de una nueva potencia belicosa y ansiosa de actuar militarmente sean los mismos que nos meses después reclaman el gobierno y a la población de la RFA por igual, por comprometerse demasiado poco con la “fuerza multinacional” anti-Saddam Hussein, acusándolas incluso de deslealtad y “desagradecimiento”. Con razón el sabio presiente Richard Von Weizsaecker y el agudo ministro Relaciones Exteriores, Hans Dietrich Genscher —con el jefe de gobierno Helmut Kohl es otra la historia—, rechazaron diplomáticamente el reproche, diciendo a sus acusadores aliados que antes que nada habría que pensar si el mundo estaba preparado para ver soldados alemanes en acción fuera de su amito mundialmente reconocido y aceptado (la OTAN), sin sentir un cierto escalofrío en la espalda.

En Oriente Cercano, Alemania sólo hizo lo que debía, es decir, seguir una línea que conjugara en lo posible sus compromisos internacionales con sus intereses de Estado recién constituido (bajo el signo de la RFA). Por otro lado, el gobierno federal tuvo que tomar en cuenta a la propia sociedad civil, que todo el tiempo se mostró como la más activa y militante de Europa en contra de la guerra en el Golfo, y poseedora de un enfoque global crítico —muy distinto al romanticismo de imperio rancio renacido en Gran Bretaña—, al grado de que algunos personeros de su clase política tuvieron que ruborizarse públicamente por el “antiamericanismo” de las demostraciones populares alemanas, calificativo primitivo que, por cierto, rechaza tajantemente la misma población de la RFA.

El hecho es que, a pesar de que dos tercios de la población alemana consideraron la guerra como necesaria, sólo la mitad estaba de acuerdo en que su ejército entrara en acción, y esto sólo en el caso de ataques a Turquía, pero más de dos tercios preferían que se dispare artillería pesada en forma de divisas y se aportase “ayuda humanitaria” (datos del Instituto Emnid). Igualmente, se sabe que en febrero pasado, cerca de 30 mil jóvenes rechazaron el servicio militar obligatorio, “por razones de conciencia” (36 por ciento más que en enero). Los alemanes de la nueva generación ya no querían ser los militarotes prusianos con los que suele identificárseles, ni siquiera en el nuevo orden mundial de Bush, y no debería reprochárseles esta muestra de madurez y actitud tan contrastante con la de sus padres y abuelos.

Por otro lado, también las cifras económicas explican la razonable postura alemana. La RFA importa menos del 11 por ciento de sus requerimientos de petróleo de la región del golfo Pérsico, cuya importancia ha disminuido también para los inversionistas alemanes desde hace algunos años (sólo tres empresas alemanas están registradas como activas en el lugar y se realizaron inversiones por sólo 225 millones de marcos en 1982 y 85). Asimismo, el consumo de petróleo en Alemania está altamente nacionalizado, al grado de que en poco más de 10 años se redujo la importación y 40 mil millones de toneladas de crudo, lo que representa el 6 por ciento de las importaciones totales (19.2 por ciento en 1981). La RFA, además, depende de todos y de nadie en cuestiones de petróleo, ya que recibe el crudo de 11 países proveedores (ojo, ideólogos de la “diversificación económica”) entre los que reparte las cuotas equitativamente, toda vez que a Iraq le corresponde sólo el 0.9 por ciento del total.

En esas circunstancias, ¿por qué debería Alemania, en pleno proceso de consolidación, arriesgarse a que el mundo entero le recordara, de una u otra manera, las vergonzosas barbaridades del ejército hitleriano, si no veía amenazada su situación estratégica, ni deseaba ser atropellada y comprometida por la intransigencia de Washington y de Bagdad? Además, la Ley Fundamental de la RFA para complacencia de todo el mundo durante décadas prohíbe la actividad de tropas alemanas fuera del ámbito de la OTAN; la reciente presencia militar alemana en Turquía se debe sólo a que es su aliado dentro de la OTAN.

Lo más grave es que, tomando como pretexto una supuesta línea “poco solidaria y leal” ante Washington, Londres, París y la “diplomacia de chequera” —en alusión a las partidas para financiar la fuerza multinacional—, los círculos socialcristianos bárbaros (CSU) respiran nuevamente por la herida que dejó abierta su frustración por la eterna candidatura fallida a la cartera del Exterior de su ya desaparecido líder, el legendario Strauss, y demandan “acabar de una vez” con el “monopolio liberal” (Genscher y su FDP) de la política exterior alemana, ante la mirada cómplice de sectores de la Unión Cristiano Demócrata (CDU), molestos porque en las primeras elecciones panalemanas el electorado convirtió al FDP en el gran ganador de hecho, quitándole a Kohl la victoria pírrica que tanto anhelaba. No hay duda de que no poco importantes sectores de la halconería estadounidense y británica se sentirían también muy complacidos por quitarse de enfrente este aliado, tan necesario pero tan incómodo.

Sería lamentable que una de las consecuencias de la guerra en Levante fuera mi más ni menos que la remoción del decano de los ministros del Exterior del mundo y uno de los verdaderos arquitectos de la era de la posguerra fría que ahora vivimos. No creemos que esto suceda, pero vale la pena llamar la atención sobre el particular.

ATRAPADOS SIN SALIDA

Publicado en

24 de febrero de 1991

¿Quién suponía de verdad hace una semana que Iraq estaría dispuesto a retirarse de Kuwait, acatando en lo fundamental las resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU? Lamentablemente, si la anterior suposición era inconcebible hace unos días hay otra que se antoja ahora imposible. ¿Quién pensó alguna vez seriamente que los sectores más recalcitrantes y agresivos de Estados Unidos impulsaron a su gobierno y a sus soldados a simple “liberación” de Kuwait?

Sabemos que empezó ya la carnicería en las arenas de Levante y conocemos con certeza que el daño principal que podía hacer este conflicto ha comenzado ya: el enfrentamiento en la relaciones entre Moscú y Washington y la amenaza de la halconería estadounidense de reiniciar una nueva etapa de la guerra fría, o toda una nueva edición de este negro periodo, que hace apenas cuatro meses se había dado por superado, cuando en noviembre del año pasado se firmó el acuerdo de desarme convencional entre el Pacto de Varsovia y la Organización del Tratado Atlántico Norte (OTAN), comenzando las negociaciones para el desarme estratégico, en el marco de la concertación de la Conferencia de Seguridad y Cooperación en Europa.

Uno no puede menos que asombrarse de que tan ilusoria era esta perspectiva, de la que todos nos felicitamos en su momento, y que tan frágil era esta concertación, que ha necesitado de sólo unos cuantos días para verse seriamente en peligro por factores “externos”. Parecía como si sorpresivamente ciertos sectores de la política mundial nos volvieran la cara a la cruda verdad de que bajo el imperio de las leyes de las fuerzas mágicas del mercado —es decir, el imperio irrestricto de los interese económicos—, no hay forma más adecuada de resolver los conflictos de intereses por el reparto de mercados, materias primas y energéticos, que la violencia y la fuerza concretada en las guerras. ¡Y pensar que alguien trató de vendernos no hace mucho la tesis del “fin de la historia”!

Mientras que el mundo ha seguido atentamente la Guerra del Golfo, casi no ha tomado nota de que las negociaciones para la reducción del armamento estratégico están congeladas, en virtud de que los estadounidenses han manifestado sus “dudas acerca de la buena fe de la URSS” respecto de la interpretación de los acuerdos de disminución del armamento convencional. Esto no es atribuible a un cambio radical de ninguno de los sectores principales respecto a la necesidad del desarme convencional y estratégico, sino a los acontecimientos en Oriente Cercano. Con su ofensiva diplomática, Gorbachov sólo trata acertadamente de echar hacia atrás el inmenso error de haber votado en el Consejo de Seguridad (CS) de la ONU a favor de una resolución que convertía a la URSS en un cero a la izquierda en política mundial.

Sería simplista considerar como una pura “concesión de Gorbachov a los sectores militares conservadores” el que ahora su gobierno ponga un énfasis particular en la cuestión de la seguridad amenazada en su flanco suroeste (Irán, Iraq, Afganistán y Pakistán), en el caso de una victoria aplastante de los militares estadounidenses en Iraq: se trata de una reflexión de estrategia en su sentido más amplio, propia de Estados que se preocupan de la preservación de su seguridad nacional frente a un interlocutor que nada ha hecho en ese conflicto para tranquilizar la inquietud soviética en ese sentido, y si en cambio, se ha congraciado irónicamente de lo razonables que se han vuelto los soviéticos (desde que aprobaron la infame resolución 678/ 90 del CS), o les ha “agradecido” sus buenas intenciones al arriesgarse al ridículo mundial, en el caso de que Hussein hubiera rechazado el plan de paz propuesto por Moscú.

Pero el hecho es que Estados Unidos se encuentra atrapado en la lógica de su propia se cerrazón, obligado a adoptar posiciones que no le convienen, y en las que es menester salvarlos, en bien de todos nosotros. Al asumir la iniciativa de paz de la Unión Soviética casi como un insulto personal, Estados Unidos se ve de repente acorralado en un esquema muy propio de la mentalidad estadounidense prepotente, bravucona y utilitaria (“esta es nuestra guerra, Saddam Hussein tiene que negociar con nosotros”); que al mismo tiempo no sean capaces de encontrar una iniciativa para ganar satisfactoriamente “su guerra” y no dejar satisfechos ni si quiera a sus cada vez más inquietos aliados de la “fuerza multinacional” (excepto la Gran Bretaña e Israel, que como nunca antes se aprovechan de la desesperación de los estadounidenses), es algo que no pase por su cabeza.

En esta segunda variante el plan de paz soviético, que ya fue aceptado por Iraq, han sido tomados en cuenta los comentarios y las reservas iniciales de diversos aliados occidentales al primer plan, llegando incluso a desvincular la cuestión palestina del conflicto en el Pérsico (otro aspecto inimaginable hace unos días), lo que en verdad debería satisfacer al mismo Israel; sin embargo, el rechazo ha sido apresurado, sin siquiera buscar medidas que sean susceptibles de negociación, y declarando que “toda concesión (a Iraq) será inaceptable”, ya que supuestamente el plan soviético “no cumple los objetivos del Consejo de Seguridad de la ONU”.

Con lo que este nuevo plan de paz y el más mínimo cese del fuego no cumplen es con las intenciones de infringir a Iraq una derrota total y absoluta, ocuparlo militarmente y establecer allí un régimen dócil y un gobierno títere, dominar estratégicamente la zona petrolera más importante de la tierra, abrir un frente de presión y vigilancia militar ante las puertas de la potencia rival más importante, asegurarse en lo esencial de manipulación de los precios del mercado petrolero y declarar una vez para siempre e indiscutiblemente un “nuevo orden mundial”, caracterizado por la hegemonía irreprochable de Estados Unidos. Las resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU, con todo lo errático que han sido, en el último periodo, pueden ser satisfechas ahora; las de ciertos estadounidenses todavía no. Ese es el problema.

PRECURSORES DEL CONTROL

Publicado en

17 de marzo de 1991

Uno de los problemas principales y más complejos acerca del armamento moderno es que no se puede hablar de armas propiamente, sino de sistemas de las mismas. Es aquí donde entra el famoso problema de los vectores o transportadores. De lo que se trata es de que determinados tipos de armas, como las ojivas químicas binarias o las nucleares —sean múltiples o sencillas—, cambian drásticamente su alcance, carácter de aplicación y naturalmente su importancia, según sean transportadas por uno u otro medio; baste recordar que dentro del famoso proyecto de la así llamada Iniciativa de Defensa Estratégica (IDE) se incluía el uso de aviones F-16 cuya función es la de cazabombarderos y combate directo.

Viene al caso esto, porque una de las miles de experiencias que dejó la “madre de todas las derrotas” (del Tercer Mundo) es el papel decisivo en los cohetes para darle a la guerra un nuevo contenido desde el punto de vista de la moral de la tropa y de los altos mandos. Recuérdese el impacto político y sicológico causado en la población judía debido a que por primera vez Tel Aviv fue alcanzada por el enemigo árabe, para su humillación, puesto que los aliados de ese participante discreto de las hostilidades no le permitieron responder.

Es en los cohetes en donde se establece uno los principales puentes entre al armamento convencional y el no convencional. Esto se refiere, primero que nada, a su combinación con cabezas armadas químicamente con distintos tipos de gases o sustancias (como el napalm, que fue el arma química usada por Estados Unidos en Oriente Cercano. Si Saddam Hussein se hubiera decidido a equipar con cabezas químicas los cohetes que sí alcanzaron Tel Aviv, provocando la muerte de miles de personas y el ingreso directo de inevitable de Israel en el conflicto, ¿cómo se hubiera calificado a las armas aplicadas?, ¿de tácticas o estratégicas, de convencionales o no convencionales?

Durante la década pasada se generó una tendencia en la convergencia de tecnologías requeridas para la producción civil y militar. El hecho es que el armamento de destrucción masiva está basado en equipo que se emplea también para propósitos civiles legítimos (las leyes químicas y físicas no conocen la intención de quien las aprehende); por ejemplo, en el desarrollo e investigación de la energía nuclear, y en la producción de químicofarmacéuticos. Los programas más importantes y avanzados de cohetes en el Tercer Mundo están basados en la tecnología de investigación civil del espacio.

Surgen entonces algunas incógnitas y problemas de no poca importancia. Por ejemplo, ¿cómo no restringir la transferencia de tecnología y la ayuda para el desarrollo científico-técnico en bien del control necesario para que no prolifere el “armamentismo los pobres”, sin que al mismo tiempo el mundo acabe aún de profundizar su división, cuando los poseen y generan la ciencia y la tecnología avanzadas (frecuentemente con cerebros fugados del Sur) y deciden además que se permiten transferir para parte de sus éxitos a los países en desarrollo desde un punto de vista político-estratégico? Del mismo modo, ¿cómo se supone que actuarán las mágicas “fuerzas libres del mercado” tan pregonadas al “Sur”, si se ha de regular de antemano desde el Estado lo que se encuentra en el mercado mundial a disposición o no para ciertos países?

Ya en abril de 1987, el grupo de Los Siete (EU, Gran Bretaña, Francia, Italia, Canadá, Japón) decidió limitar la proliferación de cohetes y de la tecnología para fabricarlos. Fue cuando surgió un organismo para el control de la tecnología de esas armas, al que accedieron sucesivamente Australia, Bélgica, Luxemburgo, los Países Bajos, España y Noruega. Por otro lado, ya desde hace algunos años, cerca de 20 países occidentales, prácticamente toda la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), han colaborado en el marco del grupo de Australia para prevenir la distribución de sustancias químicas para uso civil que pueden ser empleados para producir armamento químico (los famosos “precursores”).

Por fin en agosto de 1988 la comunidad internacional actúo y el Consejo de Seguridad de la ONU (que no era, lo que es hoy) adoptó por unanimidad una resolución en la que llamó a sus miembros a introducir estrictas medidas de control de exportación de químicos para uso civil susceptibles de aplicarse en armamento.

Al calor del trauma de Oriente Cercano, no pocos países exportadores de tecnología en químicos y cohetes recordaron sus tareas pendientes en este sentido. Como ejemplo figura Suecia, que ya el 24 de enero pasado —apenas iniciada la guerra en el Pérsico— decidió presentar el Consejo legislativo una iniciativa de ley para prohibir la exportación de “precursores” y tecnología coheteril. Este reglamento contempla restringir la exportación de: 1.– cohetes completos y otros sistemas aéreos capaces de transportar más de 500 kilogramos y con un alcance más de 300 kilómetros; 2.– subsistemas, componentes y materiales para sistemas de cohetes; 3.– equipo especialmente diseñado para producir y probar sistemas de cohetes; 4.– software diseñado especialmente para los productos mencionados arriba; 5.– equipo susceptible de ser utilizado para la manufactura de armamento químico y biológico; 6.– productos químicos utilizables para producir “precursores”.

A pesar de que su producción de armamento es de importancia para su economía interna, es evidente que en Suecia no son los barones del armamento los que dictan la relación de Estocolmo con el resto del mundo, especialmente con el Tercer Mundo. Sin embargo, es evidente también que la amplitud de las disposiciones en Suecia no son suficientes para garantizar a los países menos desarrollados garantías de no convertirse en rehenes de los industrializados en materia de ciencia y tecnología, en nombre de la paz y la estabilidad. Lo correcto sería establecer dichas disposiciones generales como producto de una conferencia internacional armamento convencional, urgente ya desde hace tiempo.

EL ÚLTIMO DELOS MODELOS

Publicado en

17 de febrero de 1991

Huérfano como está el mundo de las antiguas e intensas discusiones acerca la superioridad de un modelo social u otro, cabe señalar que es mucho más fácil encontrar personas que “admiten” el fracaso del socialismo que individuos que presumen de la superioridad del capitalismo.

En medio de esa antigua polémica, supuestamente superada, se mantiene, sin embargo, incólume ese paradigma extraordinario al que numerosos estudios y publicistas se refirieron siempre, describiéndolo a veces sin su nombre y apellidos como “el modelo” de la estabilidad, paz y justicia social: la Suecia nuestros días.

Para aquellos que nos acordamos de Suecia sólo cada vez que alguno de nuestros orgullosos escritores recibe el Premio Nobel de Literatura, resulta fascinante detenerse un poco a reflexionar, porque precisamente este país mantiene su lugar todavía como ejemplo mundial de regulación de las relaciones sociales y el crecimiento económico.

La verdad es que cuando las derechas admiten que el capitalismo no es el sistema ideal, y cuando las izquierdas no quieren pasar por extremistas, ambas partes se buscan y encuentran en Estocolmo, la tierra donde el capitalismo fue realmente “absorbido en las instituciones” —como acertadamente señala C. Buci Glucksmann—, gracias a que la conducción macroeconómica encontró senderos abiertos en la racionalidad social y la capacidad de regulación otorgada por el más auténtico de los pactos.

Suecia era ya (a diferencia Gran Bretaña) “moderna” y hacia sus “pactos para la estabilidad y el crecimiento” mucho antes de que estas concepciones se pusieran tan de moda: no se planteó tener que alcanzar un desarrollo equivalente al de los grandes países industrializados (no es parte del grupo de Los Siete) y estableció prácticamente desde el principio la idea del “desarrollo compartido”, pero de verdad demostró, dicho de otro modo, que para ir al primer mundo hay que entrar a sus puertas desde el principio y con todas sus consecuencias.

Es a partir del Acuerdo de Saltsjoebaden, de 1938, cuando se construyó esa forma de arreglo clásico de la autonomía tarifaria “concertada” (otro término familiar) entre trabajadores y patrones, que es ahora la gran envía de los trabajadores (y de los patrones) en todo el mundo. Lo característico de este sistema es que a nadie le pasó por la cabeza negar el papel del Estado en la responsabilidad de mantener la ocupación plena e introducir las correspondientes correcciones sociales a los resultados de la economía de mercado que mantuvo siempre ese país escandinavo.

La experiencia sueca demuestra que la condición necesaria para que tenga sentido el “adelgazamiento” fructífero del estado es una correlación equitativa entre las fuerzas sociales y la libertad plena para confrontarlas. Dicho de otro modo, la modernización real no se puede imponer desde el Estado; sólo puede ser obra de la sociedad civil, cosa que por poco perdemos de vista en nuestro entusiasmo por la perestroika de Mijail Gorbachov, que no está a punto de “fracasar”, sino simplemente de agotarse al dar todo lo que pudo haber dado.

El “modelo sueco” buscó siempre una nivelación relativa en el ingreso global de los trabajadores de las diversas ramas industriales, eliminando así, en cierto modo, la desigualdad y la más o menos mala situación coyuntural de las empresas. De esta manera, los empresarios se vieron acicateados para elevar la productividad del trabajo y a participar eficientemente en la competencia (racionalizando la producción) sobre la base de costos de fuerza de trabajo relativamente altos y no sobre el “sacrificio solidario” de nadie; los resultados no fueron tan malos al final.

Esta línea constructiva es uno de los factores principales —otro es una inteligente y discreta ubicación en el concierto internacional político y económico— que explican la atractivo casi mágico del “modelo sueco”, del que muchos se quieren acordar para demostrar que el capital puede hacer feliz al mundo, pero del que pocos quieren saber sobre qué bases debería conseguirlo. La modernización no tiene que pasar forzosamente por el tatcheterismo que, como se ha visto en Gran Bretaña, también puede ser bastante ingrato con sus precursores.

Entre tanto, el proceso de globalización mundial y de reestructuración de la división internacional del trabajo sigue adelante y Suecia toma parte en ambos procesos sin que nadie se le ocurra seriamente que se esté quedando atrás; al contrario, en el proceso de reconversión de la planta productiva, con sus correspondientes programas de clasificación de los asalariados para el mercado de trabajo, han sido los sindicatos el mecanismo principal para avanzar sin las tensiones sociales características de otros países desarrollados, para no hablar de las economías en desarrollo.

Sin embargo, ante esta experiencia sueca parece presentarse un límite que no viene en principio de sus propias contradicciones, sino de un proceso externo inevitable. La realización del proyecto Europa 92, de Los Doce, aunado a la realización más ambiciosa aún de un espacio económico europeo producto de las negociaciones entre la Asociación Europea de Libre Comercio y la Comunidad Europea, puede convertirse fácilmente en la prueba de fuego para el “modelo sueco”, independientemente de la forma e intensidad con se ligue Estocolmo a la nueva Europa. ¿Cómo podría sobrevivir un paradigma tan peculiar ajustándose a políticas tarifarias —la esencia del sistema sueco— ajenas o completamente opuestas a las mantenías? ¿No sería éste lamentable y peligrosamente, el fin de la última las utopías decentes de este mundo?

 

DUCE DE COLOR

Publicado en

6 de enero de 1991

Ovimbundu es el nombre de la más importante y numerosa de las tribus que componen el abigarrado cuadro de la población africana en la altiplanicie que es Angola. Es de este grupo del que surgió Jonás Savimbi, una especie de führer negro, que se ha encargado de dar una notable y exitosa contribución para impedir que está ex colonia portuguesa consolide su estabilidad y paz a más de 15 años de haber conseguido la independencia, (a raíz de la Revolución de los Claveles en Portugal, una más de esas revoluciones de las que ahora se avergüenza la historia). Angola es otra de las regiones de conflicto local en África que indudablemente volverán a llamar la atención próximamente, tal como ahora sucede con Somalia, Liberia y Chad.

Si inmediatamente después del Acuerdo de Albor, firmado en noviembre 1975 entre Portugal y los tres principales movimientos armados anticolonialistas angoleños (el Movimiento Popular para la Liberación de Angola, MPLA; la Unión Nacional para la Independencia Total de Angola, UNITA; y el Frente Nacional de Liberación de Angola, FNLA), hubiera tenido lugar elecciones libres organizadas bajo criterios tribales, no es difícil suponer que UNITA y su líder, Savimbi, habrían ganado por un respetable margen. Pero el cuadro ha cambiado y ahora la “oficialidad” ovimbundu de la UNITA considera “hostil” cualquier comunidad cuyo líder de tribu no esté dispuesto a colaborar para su peculiar “leva” o a entregar bastimentos a sus tropas y su terrible castigo es ejemplar.

Es difícil creerlo, pero en pocos casos dependen los procesos sociales históricos en tal medida de los caprichos y la personalidad de un solo miembro de la elite autóctona, que estudió en Suiza “para futuro presidente”, y en donde se dirigió ya en 1961 a la embajada de Estados Unidos para solicitar apoyo a sus planes, con la misma frescura y consecuencia con la que después se ha encaminado a alianzas con la China maoísta (que no de Mao), Namibia (la de antes) y hasta con el régimen de apartheid de Sudáfrica —que detestaba su negro pellejo, pero les resultaba sumamente útil para contener al gobierno del MPLA y las tropas cubanas en Angola— y desde luego con la CIA de Estados Unidos. Este último maridaje entre Savimbi, Pretoria y Lanbgley (Virginia,EU) ha demostrado su persistencia con el correr del tiempo, a pesar de todas las dificultades e independientemente de cualquier cambio en el mundo en los últimos dos años. Dejemos a la reflexión lógica, si es cierto que en la “Operación Madeira” de 1971 la UNITA fue verdaderamente capaz de entregar al Portugal colonial información sobre las bases del MPLA a cambio de la libertad de acción en sus dominios.

“Guerra, guerra a Lucifer” —pero en la figura del MPLA— es lo que ha movido a Savimbi a fundar su UNITA en 1966 e integrar, después de su rompimiento con los viejos aliados del MPLA y FNLA en 1976, un movimiento armado que ha mantenido asolado al joven Estado africano hasta la fecha, gracias a los miles de eficaces y salvajes soldados Savimbianos, entrenados en Dodge City, que no es la tierra del legendario sheriff Matt Dylon, sino un campo de entrenamiento militar en Sudáfrica.

A fines de 1975 se impuso en el congreso estadounidense una de esas enmiendas odiosas a la “rambonería” (la enmienda Clark), que prohibió cualquier tipo de intervención directa en Angola; como en Cuba no hay enmienda —a veces para mal—, nada impidió que las tropas de Castro entraran a salvar al gobierno del MPLA cuando todo parecía perdido. Para Angola fue un mal comienzo y esperemos que no haya un mal final. Desde entonces Savimbi se puso peor que nunca. En todo caso, no fue a la CIA, sino a los contribuyentes estadounidenses a los que les ha salido cara esta añeja aventura de apoyo a la UNITA; según diversas fuentes, Washington le entregó entre 1976 y 1979 10 millones de dólares y, a partir de 1985, entre 45 y 65 millones de dólares en ayuda militar directa e indirecta; esto sin contar, según se dice, las 600 toneladas de armas que China aportó en 1978, gracias a gestiones de Washington. Nadie lo ha pensado, pero tal vez sea las altiplanicies de África donde se encuentran las raíces de aquel Iran Gate que le causó un susto tan grande a toda la halconería, reaganiana.

Después de años de guerra civil, con morteros de alta y baja intensidad, se impuso algo de razón cuando en los convenios de Brazaville y Nueva York se establecieron algunas condiciones para solucionar desde fuera la guerra civil en Angola: salida de las tropas cubanas, independencia total de Namibia y no intervención de Sudáfrica. Sin embargo, de poco ha servido el abrazo negro de Acatempan entre Savimbi y el líder del MPLA, Dos santos, ante la presencia del presidente de Zaire, Mobutu Sese Seko, a fines de junio de 1989; la comisión interafricana creada no logra el objetivo de concretar la integración de las fuerzas de la UNITA en el ejército regular angoleño ni la abstinencia política del “contra Savimbi”, ni mucho menos garantizar la tregua entre las partes.

Tal vez un poco inquieto por los últimos éxitos militares del MPLA, la UNITA ha aceptado hablar en Portugal “en principio” de reformas, pluralismo, pluripartidismo, democracia y otras cosas tan de moda ahora; sin embargo, es difícil imaginarse que este Duce de color esté dispuesto a llegar a un arreglo de no aceptarse la condición de reconocimiento de UNITA prácticamente como fuerza político-militar regular, y para el mismo el estatus de vicepresidente, ni más ni menos, pero a la de ya. ¿Quién decía que los del tercer mundo no son ambiciosos?

 

MORIR EN LEVANTE

Publicado en

13 de enero de 1991

Es inevitable hablar de lo inevitable. La muerte, por ejemplo, que es el más inevitable de los destinos, es tema permanente de nuestras reflexiones, angustias y temores. La guerra, en cambio, no es inevitable, pero si trae consigo a manos llenas muerte y destrucción, y por eso se convierte en tema obligado, aun cuando quisiéramos hablar y escribir sobre otros asuntos.

Mientras que el Secretario General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), Javier Pérez de Cuéllar, se encuentra en Bagdad para tratar de salvar por última vez la situación de preguerra en la zona del Golfo Pérsico, comienzan ya los movimientos de rutina y se ajustan los últimos detalles de los planes secretos de golpes y acciones de los estados mayores de los ejércitos enfrentados. Como jefe de la ONU, Pérez de Cuéllar trata de cumplir con su deber y al mismo tiempo implícitamente de salvar de antemano la indignidad en la que el Consejo de Seguridad ha sumido a toda esta organización mundial, al haber dado el banderazo para aplicar “todos los medios necesarios” para sacar a Iraq de Kuwait. La historia dará cuenta de la utilidad o inutilidad relativa de su desesperado viaje.

Nadie ha dicho que a las 12 de la noche del 14 de enero se disparará el primer cohete, pero a partir de ese momento estará consumada la legitimación para actuar, a la que tanto se ha aferrado Washington, consciente de todo lo que vale una autorización mundial para actuar en nombre del orbe cumpliendo al mismo tiempo sus propios intereses. Por otro lado, Saddam Hussein ha logrado —también con una maniobra ilegítima y oportunista— establecerse ante el mundo árabe, que es mucho más que los emires y gobernantes de Oriente Cercano, como el brazo armado de Alá, de la nación árabe y hasta de la causa palestina, convirtiendo su propia aventura militar anexionista en una guerra santa contra los infieles y las fuerzas del mal. Se equivocan gravemente los que opinan que el resto del mundo árabe se mantendrá al margen o en contra de Iraq durante un conflicto bélico prolongado.

La suerte está echada y la guerra es inevitable, sencillamente porque sus principales actores en pugna la desean en forma ferviente, cada uno de sus respectivos motivos. Ahora tenemos que hablar de muerte y destrucción.

No hace falta ser un experto militar para entender que en el Golfo Pérsico es imposible una “guerra relámpago”, como aquella con la que empezó en la Primera Guerra Mundial y que duró cuatro años. Como el ejército iraquí prácticamente no tiene fuerza aérea, pondrá el acento en los movimientos masivos de arsenal y tropas blindadas, así como artillería defensiva hacia las posibles zonas de entrada de las fuerzas enemigas. Una buena parte de su potencial estará permanentemente preparado para destruir los pozos petroleros; al mismo tiempo, sus cohetes de mayor alcance, precisión y potencial destructivo estar apuntados a Israel —provocando su entrada inmediata al conflicto— y zonas de concentración de tropas estadounidenses. La táctica iraquí, será de fuego más bien selectivo contra objetivos militares, golpes espectaculares ante tropas enemigas concentradas, y búsqueda de “lucha cuerpo a cuerpo”.

Las fuerzas multinacionales, encabezadas por Estados Unidos, requerirán de una estrategia exactamente opuesta a la de la prolongación de la guerra que se proponen los iraquíes. Y es que combatirán en el terreno del enemigo, conocedor y experto de las condiciones, apoyados por su enorme potencial militar y conscientes de que sus líneas existentes de abastecimiento tienen que ser suficientes —por razones técnicas y políticas— buscarán enviar a la infantería sólo constantemente apoyada por golpes brutales de fuerza aérea y de cohetes, que siempre estarán apuntando a la cabeza de la dirección político-militar del enemigo en donde crean que esté, aún a costa de castigar inmisericordiosamente a la población civil. Se evitará, a toda costa la lucha prolongada “cuerpo a cuerpo”, en la que los estadounidenses suelen verse rápidamente desalentados si encuentran resistencia inesperada. Es difícil imaginar cómo tratará Washington de salvar las fuentes petroleras en manos del enemigo, pero es probable que en este momento cuente ya con su destrucción, que al fin y al cabo tendría efectos mucho más negativos en sus aliados europeos que en Estados Unidos que cuenta con otras opciones como la del petróleo mexicano. La victoria sobre Hussein tratará de conseguirse primero desde el aire, después mediante el desembarco y finalmente en marcha hacia Bagdad.

Los factores imprevisibles en este escenario puramente militar se encuentran en las medidas autónomas que pueda tomar excelente ejército israelí, de sentirse amenazado por el alcance del fuego iraquí y las primeras manifestaciones de simpatía generalizada del mundo árabe en torno a Hussein. El punto máximo será alcanzado cuando Iraq comience a hacer uso de las armas de destrucción masiva de que dispone, ante lo cual Israel se sentirá libre para utilizar la suyas y las aplicará sin duda alguna.

La inteligencia militar —en su sentido amplio— ha realizado ya todo lo que podía y por sus frutos la conoceremos. Al iniciarse las acciones ésta pasará sólo a funcionar como observación de los movimientos y recuperará su papel estratégico en caso de que Iraq logre imponer su concepto de movimientos pesados y guerra prolongada.

Lo más seguro es que —independientemente de cuál sea la variante que se imponga, guerra relámpago o prolongación de la guerra— se difumine rápidamente la distinción entre objetivos militares y civiles, característica de otro periodo en el que las armas eran verdaderamente “convencionales”. Esto implica que, para cualquiera de las dos concepciones, está previsto un holocausto espantoso para un mundo que apenas hace unos meses se prometía una nueva era de paz, estabilidad y nuevos valores de diálogo y entendimiento.

Es muy difícil construir y muy fácil destruir. A veces es muy difícil vivir, pero con frecuencia es más fácil matar. El valor de la paz estriba en el reconocimiento de estas verdades, que esperemos que se impongan milagrosamente antes de que hablen las armas, para que todo lo que hemos descrito en las líneas anteriores sea pura fantasía y no sirva para nada.

DELORS, COCKFIELD Y MÉXICO/I

Publicado en

10 de agosto de 1990

El año de 1992 será la clave en el futuro de Europa y de las relaciones internacionales, y en ese sentido también de la capacidad de la política exterior mexicana. En el marco de los cambios que caracterizan la paulatina disolución del esquema bipolar, uno de los más significativos es la realización del proyecto “Europa 92”, que fue impulsado propiamente a partir del “paquete Delors” de 1985, en el que se propone un desarrollo libre del sistema comunitario europeo en los terrenos económico político y monetario, para mencionar sólo lo esencial. El “libro blanco” de Lord Cockfield, estableció posteriormente un catálogo de medidas conducentes a un espacio europeo sin fronteras, que permite la total libertad de circulación de personas, capitales, mercancías y servicios, mediante la toma de decisiones por mayoría calificada en lo tocante a disposiciones legales, reglamentarias y administrativas. Casi una utopía.

Este proceso genera un auténtico mercado común, entendido como integración económica global, del cual surgirá el ámbito económico más importante del planeta. Ya hoy en día el desarrollo esa región, tomada en su conjunto, la ha convertido en la segunda potencia del mundo.

Con sus 2.3 millones de kilómetros cuadrados y sus 323 millones de habitantes, la Comunidad Europea (CE) contribuye al 30 por ciento del producto mundial, y su PIB es superior a los 4.2 billones de dólares. Las exportaciones de la CE equivalen al 20.4 por ciento, y sus importaciones al 19.5 por ciento del volumen del comercio mundial, es decir, están por encima de Estados Unidos y Japón. La integración potenciará sin duda estas enormes capacidades.

En el plano político el proceso se mueve en el marco del paradigma de una asociación pragmática de naciones independientes o una verdadera confederación, que gira en torno al avance efectivo de lo ejes económico-monetario y político-estatal, en donde las tres fuerzas principales serán: la economía alemana, la política de alianzas francesa y la posición inglesa de intervención protagónica. La cuestión básica es que aquí la búsqueda de formas de creciente interdependencia inevitable, que permitan combinarse con la persistencia, todavía prolongada, de las soberanías nacionales y de las peculiaridades administrativas —e incluso culturales— de cada país.

Independientemente de las previsibles dificultades, es un hecho que en los Estados comunitarios existe el deseo de hacer irreversible este rumbo mediante algunas medidas infraestructurales tales como: la regulación de normas técnicas, la supresión de obstáculos al comercio, la circulación de capitales, el reconocimiento recíproco de estudios académicos y la legislación bancaria.

Finalmente, cabe señalar que los cambios acontecidos en Europa Oriental, en rumbo a la democratización política y la creación de economías de mercado, elevará sin duda el valor estratégico de la CE como zona de integración “natural” para la incorporación de los antiguos países socialistas a la economía internacional.

Los lineamientos de una política exterior de México hacia la CE han de enmarcarse dentro de la estrategia global de nuestro país ante el entorno internacional. Por ello, son también objeto de la necesaria reflexión indispensable para lograr la tan buscada “interpretación creativa” de los conocidos principios básicos de la diplomacia mexicana. De esta elaboración han surgido hasta ahora los objetivos generales, los propósitos específicos y los enfoques geográficos, que están expuestos en el Plan Nacional de Desarrollo de la actual administración.

En la elaboración actual de la política exterior mexicana se registra, por un lado de la distensión este-oeste y por otro la globalización de la economía, el surgimiento de “bloques distintos que responden más a razones económicas y de geografía que a alianzas políticas”. Uno de ellos es la CE, a la que nuestro país dio siempre una gran importancia, ya desde el establecimiento de las relaciones formales México-CE en 1960, y más aún con el Acuerdo con la CE del 15 de julio de 1975.

A México le interesa fortalecer los vínculos con los países comunitarios y con la CE en su conjunto, consideraba como un mercado proveedor estratégico, como inversionista y como socio en el campo de la cooperación tecnológica, para buscar una incorporación más equilibrada y favorable en la economía internacional. El establecimiento de “Europa 92” debería ser contemplado como una oportunidad valiosa y novedosa —tal vez irrepetible— para reducir nuestra virtual dependencia de un solo mercado. Es importante lograr la comprensión y despertar la actitud favorable de la CE por atender el interés de México en este sentido.

Nuestra relación con la CE es ya actualmente significativa. Esto lo testimonia la celebración periódica de la reuniones de la Comisión Mixta México-CE a lo largo de 14 años, la designación de un Embajador representante de México ante la CE en Bruselas; la visita del Canciller de México al presidente de la CE; los seminarios conjunto sobre inversiones y sobre el sistema generalizado de preferencias, y la firma de los convenios marco de cooperación financiera por mencionar sólo lo principal.

EL FIN DE LO “CONVENCIONAL”

Publicado en

9 de diciembre de 1990

La reciente Conferencia sobre Seguridad y Cooperación en Europa (CSCE), efectuada del 19 al 21 de noviembre pasado en París, es un acontecimiento de transcendencia histórico-universal, debido a que marca el fin de una era y el inicio de otra. Este mecanismo de 34 naciones significa la intención verdadera de construir un orden europeo a la altura de las transformaciones reales de los últimos dos años. Tan solo por la creación de los nuevos organismos de esta convención internacional de facto —el secretariado, con sede en Praga; el Centro Para la Prevención de Conflictos (en Viena) y la muy importante Oficina de Elecciones Libres (en Varsovia)—, este encuentro institucionalizador abre perspectivas y establece los cimientos de lo que en un futuro no demasiado lejano se podría llamar los Estados Unidos de Europa.

Las conclusiones más importantes de la Carta de Paris se refieren tanto a la cuestión de las minorías nacionales, como a las transformaciones democráticas en Europa y a la manera de consolidarlas; igualmente al fin de la guerra fría y su consecuente correlato de medidas de reducción de armas convencionales acordadas entre la OTAN y el Pacto de Varsovia. Es francamente alentador que ahora se dé por sobrentendido el objetivo de que hace un par de años solo era pretexto para interminables negociaciones y maniobras políticas: el desarme convencional. Sin embargo, esto no debería conducir a subestimar su importancia y pasar inadvertido. El problema de las negociaciones comienza, como en muchos otros tópicos, por la dificultad para encontrar una definición univoca de lo que hay que negociar. Por armas convencionales suele entenderse todas aquellas que no son nucleares, químicas, bacteriológicas o radiológicas. Es decir, se entiende que lo “convencional” para eliminar o romper la resistencia del enemigo (objetivo clásicos de la guerra) es matar o destruir impactando, aplastando, penetrando o atravesando la integridad física del oponente. Como se ve, la definición no se refiere la amplitud de la aplicación (radio de acción o de impacto), o a la capacidad destructiva de las armas en cuestión, sino a la calidad de los fundamentos tecnológicos fundamentales de las armas.

Esto es más preocupante, pues se sabe que el desarrollo de la ciencia y la tecnología militares han conducido a un cambio cualitativo en el desarrollo del armamento. Los factores que se consideran en las armas convencionales, tales como la movilidad, la cadencia de tiro, la calidad de los explosivos, la resistencia y liviandad de los materiales, la automatización, etcétera, han adquirido tal nivel, que difícilmente se puede ya hablar de armas —por ejemplo “tanques”—, Sino de sistemas de armas. ¿Es convencional un super cazabombardero que puede disparar cohetes teledirigidos con cabeza automática a gran profundidad detrás de las filas enemigas?

De haber tenido lugar la Segunda Guerra Mundial con el potencial militar “convencional” actual, la muerte y destrucción hubieran sido 20 veces mayor. Resulta curioso constatar que llegamos al punto en que es más fácil destruir el armamento nuclear que el convencional; nos queda al menos como consuelo saber que este último tipo de armas y las instalaciones donde se producen—a diferencia las no convencionales—son más susceptibles de ser “reconvertidas” para su utilización civil.

Es evidente que sólo una Europa transformada, como la actual, era posible dar pasos radicales hacia el desarme convencional como el reciente convenio OTAN/Pacto de Varsovia. Aun cuando se remonta a 1986 (después del comienzo de la perestroika) el inició negociaciones, mediante el documento de Estocolmo de la CSCE para el establecimiento de “medidas que generan confianza y seguridad”, no es casual que sea hasta 1989, con Europa oriental en plena transformación, cuando se empiezan a dar paso serios para aceptar la idea de que hay una “seguridad razonable” sobre la base del equipamiento militar suficiente para no poder iniciar ataques de sorpresa, ni emprender operaciones de agresión de gran envergadura en amplios espacios, que es el sentido de las negociaciones para el desarme convencional.

Apresado como estaba el mundo en la lógica de la construcción bipolar, la vida se ha encargado de demostrar que la ideologización de las relaciones internacionales es mucho más difícil de desmontar de lo que se pretendía. De muy poco sirvieron interminables propuestas y contrapropuestas de las principales alianzas militares, presentadas durante años en foros bilaterales y multilaterales (desmovilización de tropas, cese de ensayos nucleares, reducción del presupuesto militar, etcétera), mientras no se llegó a que uno de los polos mundiales comenzara prácticamente a autonegarse. En la literatura de importantes ideólogos de la perestroika se puede registrar la conclusión de que de poco serviría tener la “razón histórica” en un mundo autodestruido por la “solución” militar de las diferencias.

Richard Von Weiszaecker, admirable Presidente de la Alemania unificada, sostiene con razón que si bien el Estado nacional no ha llegado a su fin, ninguna nación puede resolver sus problemas pensando sólo en términos nacionales, y que la “soberanía significa en estos tiempos la participación de la comunidad de los Estados”. La verdad que se encuentra contenida en estas palabras es una de las tareas más difíciles y urgentes para la reflexión sobre las nuevas relaciones internacionales. Pero, aún sin precisar definitivamente su certeza, resulta aberrante que se siga pensando en términos de armas nucleares o “no convencionales”, cuando ya está demostrado que la relaciones de poder entre los Estados pueden regularse sin poner el acento en las armas convencionales. En el siguiente capítulo de la evolución histórica de la CSCE —que será posterior a la Europa 92— debería conseguirse el inicio de la erradicación definitiva de las armas nucleares.

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